Archivo para Febrero 2008

Existencia de Cristo.

Pfleiderer[1] señala que el autor del Evangelio no pudo haber inventado este cuento totalmente, a pesar de lo no histórico que pueda ser, sino que tiene que haberlo tomado de leyendas que habrían llegado a su conocimiento de alguna manera, posiblemente leyendas antiguas que eran comunes a todas las del Asia occidental. “Porque encontramos las mismas leyendas, a veces con las mismas sorprendentes marcas, en la historia de la infancia del salvador Buda (que vivió en el siglo V a. n. e.), de las Indias Orientales. Él (Buda) nació también milagrosamente de la virgen reina Maya, en cuyo cuerpo inmaculado había penetrado como un rayo de luz del Cielo. En su nacimiento también aparecieron espíritus celestiales que entonaron el siguiente canto de alabanza: Un maravilloso héroe, un héroe incomparable ha nacido. ¡Salud al mundo, oh misericordioso, hoy tú extiendes tu benevolencia sobre todas las cosas del espacio universal! Venga el goce y la satisfacción a todas las criaturas, para que puedan tener calma, ser dueñas de sí mismas y felices’  Duda es también conducido por su madre al templo, para cumplir con la costumbre legal; allí lo encuentra el viejo ermitaño Asita, quien había sido inducido por un presentimiento a descender del Himalaya; Asita profetiza que este niño será el Burla, el redentor de todos los males, un guía hacia la libertad, la luz y la inmortalidad [ …]. y fmalmente tenemos una relación sumaria de cómo el niño real gana diariamente en perfección mental, en fuerza corporal y en belleza, que es precisamente lo que se dice del niño Jesús en Lucas, II: 40 y 52[2].

 

En realidad, el caminar de Jesús sobre las aguas no es un acontecimiento histórico auténtico, sino un mito - un relato en forma de historia que trata de comunicar una verdad. El mito funciona de esta forma: era común en la religión antigua, observa Strauss, y en el cristianismo primitivo en particular, comparar las pruebas y aflicciones de esta vida con un mar embravecido por la tempestad que amenaza la vida. ¿Quién es capaz de elevarse por encima de los miedos, los odios y las enemistades de este mundo? ¿Quién puede superar las persecuciones, los sufrimientos, los reveses de esta vida? ¿Quién puede sobreponerse a las pruebas y aflicciones de nuestra existencia diaria? ¿Quién puede caminar erguido sobre el mar tempestuoso? Según este relato, Jesús puede hacerlo. Él es el que se eleva por encima de todo, el que puede hacer frente al viento y dominar las olas, el que puede vencer todos los miedos, disipar todas las dudas y superar todo sufrimiento. A él es a quién debemos seguir. Pues, si lo hacemos, también nosotros podemos elevarnos por encima de todo y caminar en el mar tempestuoso de la vida, sin ser azotados por los vientos ni molestados por las olas. Pero debemos tener cuidado para no vernos perturbados ni sacudidos en nuestra fe; de lo contrario, como Pedro, empezaremos de nuevo a hundirnos. Según Strauss, el relato del caminar de Jesús sobre las aguas era un mito. No es algo que sucedió. Es algo que sucede[3].

 

Ejemplos de sabiduría precoz se cuentan también del joven Gautama. Entre otras historias, se nos dice que durante un festival de su pueblo el niño se perdió y que después de una activa búsqueda lo encontró su padre en un círculo de hombres santos, abstraído en piadosas reflexiones, y entonces amonestó al asombrado padre hacia la búsqueda de cosas superiores[4].

 En el libro arriba citado, Pfleiderer señala elementos adicionales que fueron tomados por el cristianismo de otras formas de adoración; por ejemplo, de la adoración a Mitra. Ya hemos citado la referencia de Pfleiderer[5] a la cena del Señor, que era uno de los sacramentos de Mitra. Probablemente hay también elementos paganos en la doctrina de la resurrección. “Quizás Pablo fue intluenciado por la idea popular del dios que muere y retorna a la vida, que dominaba en aquel tiempo en los cultos de Adonis, Atis y Osiris, del Cercano Oriente ( con varios nombres y costumbres muy parecidos en todas partes). En Antioquía, la capital Siria, en la que Pablo actuó por un período considerable, la celebración principal en la fiesta de Adonis tenía lugar en la primavera. El primer día ( en la celebración de Osiris era el tercer día después de la muerte, mientras que en la de Atis la celebración era el cuarto día) se celebraba la muerte de Adonis, el Señor, mientras que al siguiente día se efectuaba, entre cantos salvajes de lamentaciones de mujeres, el entierro de su cuerpo (representado por una imagen); al otro día, se proclamaba que el dios vivía y se hacía a su imagen levantarse en el aire, etcétera” [6].


[1] PFLEIFERER, Primitive Christianity, Londres, 1906 – 1911, pág. 108 – 110. 

[2] K. KAUTSKY, El cristianismo. Sus orígenes y fundamentos, Barcelona 2006, pág. 177 – 178. 

[3] B. D. EHRMAN, Jesús, el profeta judío apocalíptico, Barcelona 2001, pág. 47. 

[4] PFLEIFERER, Christian Origins, Nueva York, 1906, pág. 229. 

[5] Ibidem., pág. 175. 

[6] K. KAUTSKY, El cristianismo. Sus orígenes y fundamentos, Barcelona 2006, pág. 178. 

Antiguo Testamento IV.

 Los egipcios eran, como hemos dicho, politeistas, pero en tiempos de Amenofis III, algo cambió en su religión. Amón-Ra, que hasta entonces había sido el Sol, el astro solar, empezó a aparecer en los himnos como el misterioso, el único, el que no tiene nombre, no tiene forma aparente, el que es uno e invisible. Todos los demás dioses no son más que distintos aspectos de Amón-Ra. De esto a la revolución religiosa que surgió en Amarna durante el reinado de Amenofis IV (1370-1352 antes de nuestra Era), hijo del anterior rey, no hay más que un pequeño impulso, el que propicio el primer faraón monoteísta de la Historia. La Estela de la Restauración de Tutankhamon describe con detalle cómo fue y cómo se desarrolló aquella revolución religiosa que se inició en la escuela sacerdotal del templo solar de On, en Heliópolis, donde parece que nació la idea de un dios único y excluyente, es decir, no solamente de un monoteísmo, sino de una intolerancIa religiosa que llegó a extrañar profundamente a todos los que no la profesaron. Una revolución religiosa que no solo estableció la fe en un único dios, Atón, sino que prohibió tajantemente la adoración de otros dioses y se ocupó de destruir todas las representaciones físicas de dioses y diosas, porque Atón era incorpóreo, espíritu puro y no tenía representación física. El verdadero Dios no tiene forma. Esta religión, auspiciada y fortalecida por el faraón Amenofis duró oficialmente diecisiete años, es decir, los años que duró su reinado[1].

Las ideas de la India también se hicieron corrientes en el Imperio romano; por ejemplo, Apolonio de Tiana, a quien ya hemos tenido ocasión de mencionar, hizo un viaje especial a la India para estudiar las doctrinas religiosas y filosóficas en boga en el país. También hemos oído, en relación con Plotino, que viajó por Persia a fin de familiarizarse mejor con las doctrinas persas e indias[2].

Los poemas y libros sagrados hindúes, que narran el mito de la primera pareja que desobedeció y fue expulsada del paraíso terrenal de Ceilán, afirman que Brahma finalmente les perdonó, pero que, puesto que era un dios, conocía de sobra la naturaleza humana y supo de antemano que habían de continuar pecando y ofendiéndole, porque el mal ya había entrado en el mundo y no era fácil arrojarle de allí. Por ello, decidió enviar a Vischnú, la segunda persona de la Trinidad, para que se encarnara en el vientre de una mujer mortal y redimiera al género humano del mal y de la muerte eterna. Dado que la religión hindú basa el perfeccionamiento de las almas en la reencarnación, Vischnú se encarnó más de una vez. La octava reencarnación fue Cristna y, la novena, Buda. 3500 años antes de nuestra Era, Cristna nació de madre virgen, habiendo sido profetizada su venida al mundo por los libros santos, porque el mismo Brahma, que arrojó a Heva y Adima del paraíso, ya les anunció que enviaría a Vischnú, a salvar a los hombres[3].

Como se supone que Yahvé hizo en la última historia del evangelio, en la mitología india Ganesha «empreñó a la diosa virgen Maya, que posteriormente dio a luz a Buda. Si Yahvé es el dios padre monoteísta que hizo que naciera Jesús, también debe haber hecho nacer a Buda. Sin embargo, como el dios hebreo Behemoth, Ganesha fue posteriormente demonizado por los cristianos. Yahvé también tomó muchos de los atributos del dios babilonio Marduk[4], que «creó el mundo separando las aguas celestiales y abisales». De hecho, Marduk e Ishtar eran adorados por los judíos en Elam. Entre estos muchos dioses reverenciados por los hebreos estaba también la diosa s!lmerio-babilonia Aruru, que era adorada en el templo judío[5].

Los misioneros budistas penetraron en cada porción del mundo conocido entonces, incluyendo Grecia, Egipto, Baktria, Asia Menor, y el segundo Imperio Persa. Palestina debe haberse permeado de la ideología budista durante el primer siglo. ..La literatura de la India prueba que Jesús se sirvió en gran medida del budismo, directa o indirectamente, para obtener no simplemente el contenido de Su ética, sino la misma forma en que fue entregada. Tanto Gautama como Jesús encontraron parábolas efectivas[6].

Todas estas ideas y cultos no dejaron de hacer huella entre los cristianos que se esforzaban por la redención y exaltación; fueron una de las influencias más poderosas en las primeras etapas del culto y de las leyendas del cristianismo. Eusebio, un Padre de la Iglesia, trató este culto egipcio desdeñosamente como una’ sabiduría de insectos’, y, sin embargo, el mito de la Virgen María es sólo un eco de los originados en las riberas del Nilo. Osiris era representado en la tierra por el buey Apis. Osiris mismo había sido concebido por su madre sin la intervención de un dios; así también fue necesario que su representante en la tierra fuese concebido por una vaca virgen sin la asistencia de un toro. Herodoto nos informa que la madre de Apis había concebido por un rayo de sol, mientras que, de acuerdo con Plutarco[7], había concebido por un rayo de la luna.Como Apis, Jesús no tuvo padre, habiendo sido engendrado por un rayo de luz del Cielo. Apis era un utrero, pero representaba un dios; Jesús era un dios representado por un cordero. Pero a Osiris mismo se lo representaba teniendo la cabeza de un morueco[8].

La Bella fiesta de Opet, celebrada en la ciudad de Tebas, en la que se realizaba una solemne procesión que discurría desde el templo de Karnak hasta el de Luxor, durante la cual el poderoso dios Amón, junto a su divina esposa Mut y su hijo Khonsu, era paseado en su barca sagrada entre los cánticos de alabanza de su pueblo. El rey en persona solía acudir a esta celebración, sobre todo tras su coronación, pues en el interior del templo de Luxor el dios Amón le aceptaba como a su hijo dándole su reconocimiento[9]. Efectivamente, un mofador hizo notar, quizás en el siglo III, cuando el cristianismo era ya bastante fuerte, que no había gran diferencia en Egipto entre cristianos y paganos: “Aquellos que adoran a Serapis en Egipto son también cristianos, y aquellos que se llaman obispos cristianos son también adoradores de Serapis; cada gran rabí de los judíos, cada samaritano, cada sacerdote cristiano en Egipto era al mismo tiempo un hechicero, un profeta, un saltimbanqui (aliptes). Hasta cuando el patriarca viene a Egipto, algunos quieren de él que ruegue a Serapis, mientras otros desean que ruegue a Cristo”. Más aún, la historia del nacimiento de Cristo como aparece en Lucas, tiene ciertos caracteres budistas[10].


[1] A. MARTOS. Pablo de Tarso ¿Apóstol o hereje?, Madrid 2007, pág. 48 – 49. 

[2] K. KAUTSKY, El cristianismo. Sus orígenes y fundamentos, Barcelona 2006, pág. 176. 

[3] A. MARTOS. Pablo de Tarso ¿Apóstol o hereje?, Madrid 2007, pág. 65. 

[4] Ver, F. DE ORBANEJA, Historia impía de las religiones, Madrid 2003, pág. 69 ss. 

[5] ACHARYA S., La conspiración de Cristo, Madrid 2005, pág. 23. 

[6] ACHARYA S., La conspiración de Cristo, Madrid 2005, pág. 191. 

[7] Ver, F. DE ORBANEJA, Historia impía de las religiones, Madrid 2003, pág. 80 ss. 

[8] K. KAUTSKY, El cristianismo. Sus orígenes y fundamentos, Barcelona 2006, pág. 176. 

[9] A. CABANAS, Los secretos de Osiris, Madrid 2006, pág. 155. 

[10] K. KAUTSKY, El cristianismo. Sus orígenes y fundamentos, Barcelona 2006, pág. 176 – 177. 

Antiguo Testamento III.

            Desde el punto de vista de los pueblos nómadas, el agricultor malvado atacó al pastor inocente. Desde el punto de vista de los pueblos sedentarios, la civilización agrícola se impuso a la nómada y el progreso dio un paso hacia delante. En el relato de la Biblia, Caín, agricultor y herrero, mató a Abel, pastor nómada, y después se retiró al este del Edén, a la tierra de Nod. Y precisamente en la tierra de Nod, Elam, que está al este del Edén, floreció una civilización que tuvo numerosos enfrentamiento s con los nómadas sumerios[1].

              La ruptura con Dios (rechazo de la gracia) se explicita aquí en forma de lucha y se vuelve principio de muerte. La primera muerte específicamente humana es un asesinato. En lugar de la gracia, que se expresa en gozo por el bien del otro (¡Caín debería alegrarse porque Dios acepta el sacrificio de Abel!), surge ya la envidia, expresada como lucha entre varones: Caín no consiente que Abel, su hermano, tenga un don más alto, de manera que la diversidad, que debería haber sido fuente de enriquecimiento mutuo y diálogo, se convierte en principio de muerte. Caín tenía que haber empezado aceptando a su hermano como distinto; Abel, por su parte, debería haber compartido con Caín la riqueza que «Dios» le concedía. Pero no lo han hecho. ¿Por qué? El texto no responde, pero supone que no ha existido diálogo. Envidia y falta de diálogo llevan a la muerte. Caín no soporta que Abel reciba una bendición que a él le falta y por eso le mata. La carencia de diálogo se vuelve homicidio, de manera que podríamos decir que la muerte (asesinato) es falta de comunicación. En el fondo, toda ruptura de diálogo es un asesinato, una negación del otro. El «pecador» se refugia en su soledad y así queda encerrado en su finitud de muerte, en un gesto que comienza por la envidia y crece en forma de lucha interior, hasta que esa misma lucha domina al homicida, como una fiera oculta que ruge quitándole la paz ( cf. Gn 4, 6-9). El homicida busca por la violencia la paz que le falta (la comunicación que no logra establecer) y por eso mata, pensando que así podrá pacificarse[2]

           Lo mismo sucede con Moisés, que tiene implicaciones griegas clarísimas. Dionisos (el Baco romano) nació en Egipto y fue expuesto en el Nilo de donde fue salvado. De adulto, pasó caminando el mar Rojo, hizo detener el sol y fue capaz de hacer surgir no agua, sino vino, de una roca, golpeándola con un palo. También parece que Sargón fue abandonado en una cestilla y después recogido y educado por un extraño. Años después, se convirtió en el primer rey de Akad[3]

            Sí, pero, ¿quién fue Moisés? Según la Biblia, el libertador del pueblo hebreo de la esclavitud que padecía en Egipto y el legisladar encargado de transmitirles la ley de Dios. También Hammurabi había recibido del dios solar la ley divina, su célebre Código. Y también Gudea recibió de los dioses la legislación sumeria y fue tan justa y benevolente que aquel monarca dejó un grato recuerdo en la historia de Mesopotamia. Parece, pues, que no fue Moisés el único en recibir la Ley de manos divinas para transmitirla al pueblo. Hay otros tres hombres que recibieron la ley directamente de un dios, para entregarla a su pueblo y los tres tienen un nombre similar: Manú en la India, Manes en Egipto y Minas en Creta[4].

              El pueblo hebreo emigró a Egipto donde vivió tiempos de abundancia. No hay más que leer sus lamentos cuando salieron de allí siguiendo a Moisés y añorando la las ollas de carne omían en tierra egipcia (Éxodo 16,2). En realidad, los hebreos no eran esclavos, sino emigrantes y vivían un régimen justo según el cual no tenían que pagar impuestos, pero tenían que dar a cambio una contraprestación que consistía en fabricar ladrillos de adobe. Podemos regocijarnos una y mil veces en esta historia, pero la realidad es que los judios representaban un colectivo bastante integrado en una sociedad, no un colectivo esclavizado. Una de las cosas más importantes que aprendieron los hebreos en tierras egipcias fue abandonar su bárbara práctica de sacrificios humanos. Los egipcios jamás hubieran sacrificado a una persona a sus dioses, que eran bondadosos y comprensivos y no sanguinarios ni vengativos como los dioses semitas[5].

               Esa transición es la que narra el mito de Abraham cuando está a punto de sacrificar a su hijo y aparece un ángel que cambia al niño por un carnero (Génesis 22). No más sacrificios humanos. Más adelante, Dios prefirió la misericordia a los sacrificios (Oseas 6.6) cuando los dioses sanguinarios de los hebreos, Elohim (que significa «dioses»), se hubieron humanizado con el contacto egipcio y se hubieron convertido en Yahveh (nombre propio de una divinidad). Y, como ya hemos dicho que los mitos son universales, encontramos una historia similar en la India que narra el tránsito de los sacrificios humanos a los sacrificios de animales y ofrendas de flores u objetos inanimados. Adgigata, como Abraham, fue un hombre bueno y justo y, como él, aunque predilecto de Brahma, no pudo tener hijos hasta una edad muy avanzada, en la que su esposa concibió ya de forma milagrosa. Pero también Brahma pidió a Adgigata que le sacrificase a su único hijo, tan amado y tan esperado. Y asimismo, cuando Adgigata se disponía a cumplir la demanda de Brahma, una paloma acudió puntual a librar al niño del holocausto y, además, a advertir al padre que aquel niño tan amado y esperado tendría larga y fructífera vida, porque de su estirpe nacería la virgen destinada a concebir el fruto celestial del germen divino. Otra costumbre heredada o aprendida en Egipto, que cita también Herodoto, fue la prohibición de la carne de cerdo, algo de que los egipcios abominaban porque Set, el maligno, hirió al dios Raros convertido en cerdo negro[6].   

 

           Pero con las mercancías orientales también venían al Oeste los mercaderes orientales, trayendo con ellos sus formas de adoración. Éstas eran bastante aceptables a las necesidades del Occidente, por razón del hecho de que ya habían existido en el Oriente similares condiciones sociales, aunque quizá no desarrolladas en las proporciones desastrosas que habían alcanzado ahora en todo el Imperio romano. La idea de redención por una divinidad, cuya gracia se adquiría mediante una renunciación de los placeres terrenales, idea peculiar a casi todos estos cultos, se extendía ahora por el Imperio, especialmente el culto egipcio a Isis y el culto persa a Mitra. Particularmente Isis, cuya adoración había empezado en Roma en tiempos de Sila y había ganado favor especial bajo Vespasiano, se extendía ahora hasta los lugares más apartados del Oeste, alcanzando gradualmente un enorme y amplio significado, primero como una diosa de la curación, en el estrecho sentido físico .Su adoración era rica en magníficas procesiones y también en castigos, expiaciones, estrictas observancias, y particularmente en misterios. Era precisamente el deseo religioso, la esperanza del perdón en los pecados, el deseo de penitencias severas y la aspiración de ganar una inmortalidad llena de felicidad, por la sumisión completa a una divinidad, lo que animaba a propagar tan exóticos cultos en el Olimpo griego o romano, que anteriormente había sido más bien indiferente a semejantes ceremonias misteriosas, arrebatados éxtasis, prácticas mágicas, negación de sí mismo, ilimitada sumisión a la divinidad, renunciación y penitencia, como condición para la purificación y la santidad. Todavía más poderoso era el culto secreto de Mitra, diseminado especialmente por los ejércitos, y el cual también ofrecía redención e inmortalidad; este culto fue conocido primero en tiempos de Tiberio[7].


[1] A. MARTOS. Pablo de Tarso ¿Apóstol o hereje?, Madrid 2007, pág. 36. 

[2] X. PIKAZA, Antropología Bíblica. Tiempos de Gracia, Salamanca 2006, pág. 81. 

[3] A. MARTOS. Pablo de Tarso ¿Apóstol o hereje?, Madrid 2007, pág. 54. 

[4] A. MARTOS. Pablo de Tarso ¿Apóstol o hereje?, Madrid 2007, pág. 55. 

[5] Ibidem., pág. 38 – 39. 

[6] Ibidem., pág. 39 – 41. 

[7] K. KAUTSKY, El cristianismo. Sus orígenes y fundamentos, Barcelona 2006, pág. 175 – 176. 

Antiguo testamento II.

El control es el centro de toda religión, es la necesidad de un grupo por conquistar el todo, la voluntad y la vida de los hombres que, por desgracia, no tienen las posibilidades de estructurar el mundo como los poderosos. El sistema de valores es, en muchas ocasiones, una forma de establecer los mitos propios y las formas mismas de control. Además, la cuestión misma del texto a seguir no siempre ha sido, como luego veremos con más detenimiento, el mismo.

La versión del Éxodo de Flavio Josefo es bastante más realista y menos romántica que la de la Biblia. Citando al también historiador egipcio Manetón, afirma que el faraón dictó medidas severas a fin de terminar con una plaga de lepra que infestaba su reino y amenazaba con contagiar a todos sus habitantes. Para ello ordenó reunir a todos los leprosos, muchos de ellos de origen semita, y conducirlos al otro lado del río hasta la antigua capital de los hicsos: Avaris. El objetivo era purificar el resto del país, concentrando a todos los afectados en el mismo punto y, de paso, utilizarlos como mano de obra en las minas. Un sacerdote de Heliópolis llamado Osarsef, que acababa de contraer la enfermedad, se ofreció a dirigir la expedición a través del desierto (he aquí un detalle curioso: si sustituimos la partícula Osar, en referencia a Osiris, por lo, en referencia a Jehová, nos encontramos con que el nombre de este sacerdote es el mismo de Josef: el judío que fue vendido por sus propios hermanos a unos mercaderes y que acabó siendo la mano derecha del faraón gracias a su habilidad para in- terpretar los sueños) y su iniciativa fue aceptada. Según las referencias de Manetón recogidas por Flavio Josefo, Osarsef dirigió una auténtica revolución religiosa y social en Avaris. Enseñó a los nuevos trabajadores mineros a despreciar la religión egipcia, introduciéndolos en el culto monoteísta judío. Además, los organizó no sólo para sobrevivir, sino para lograr la autosuficiencia, de manera que, a pesar de la enfermedad, la ciudad consiguió salir adelante y atraer a gentes nómadas ya grupos de hicsos que permanecían en la región. Con el tiempo se hizo lo bastante fuerte como para que sus dirigentes se plantearan la posibilidad de una venganza por el desprecio social y el desarraigo que habían sufrido. Manetón afirma que los habitantes de Avaris reunieron con ayuda de los hicsos, ansiosos de vengar la pérdida del control de Egipto, un ejército de doscientos mil hombres con el que marcharon contra el faraón y le obligaron a huir a Etiopía. Más tarde, el faraón se reorganizó y su contraofensiva alcanzó la ciudad rebelde, de la que huyeron sus habitantes con destino hacia el noreste, hasta otra ciudad fundada por los propios hicsos en tierras de Palestina y llamada Jerusalén[1].

En el ambiente de religión que existen en todas las sociedades, cada una de ellas se asemaja a otra en la forma de desarrollar los arquetipos[2] religiosos[3]. El éxodo azteca fue bastante más largo que el judío, pero las circunstancias que lo rodearon son asombrosamente similares[4]:

1.- La personalidad de Jehová y la de Huitzilopochtli es similar (ambos se presentaban como «padres protectores», pero después se mostraban muy exigentes, dados a la ira e implacables en sus castigos, que solían ser frecuentes) y cada uno de ellos eligió a un interlocutor único: Moisés entre los judíos, Mexi entre los aztecas.

2.- Las dos deidades obligaron a sus pueblos escogidos a un largo viaje (de cuarenta años para los judíos y unos dos siglos para los aztecas), cubriendo distancias enormes (más de mil quinientos kilómetros en el primer caso, unos tres mil en el segundo).

3.- Los acompañaron «personalmente», ayudándolos a superar toda suerte de dificultades Oehová encabezaba la expedición disfrazado de «columna de fuego y humo», mientras Huitzilopochtli lo hacía como una «gran águila blanca»), incluyendo las numerosas guerras que tuvieron que librar con los pueblos que ya ocupaban su tierra prometida (los judíos contra los filisteos, amorreos, amalecitas y otros, mientras los aztecas luchaban con chichimecas, otomíes, xochimilcos y otros).

4.- Los judíos viajaban con el Arca de la Alianza, para la cual levantaban al final de cada jornada un templo desmontable, exactamente lo mismo que hacían los aztecas, quienes, según relata el fraile franciscano Diego Durán, lo primero que hacían al terminar la diaria caminata era levantar un pequeño templo «para depositar en él el arca que transportaban» y mediante la cual «se comunicaban con su dios». Al final de los respectivos éxodos, unos y otros fueron instruidos con detalle para construir un gran edificio sagrado donde depositar estos obje- tos en el centro de la ciudad que convirtieron en su capital. Desde allí irradiaron su poder hasta convertirse en los pueblos más fuertes de la región, avasallaron a sus vecinos y llegaron a la cúspide de su poder aproximadamente a los dos siglos de su establecimiento.

5.- Los dos dioses impusieron la circuncisión como prueba de pertenencia a la comunidad de elegidos y, además, exigieron sacrificios con derramamiento de sangre. Son tristemente famosas las matanzas de miles de prisioneros en el gran templo de Tenochtitlán, donde los sacerdotes aztecas arrancaban el corazón a sus víctimas antes de arrojarlas escaleras abajo, mientras que en la Biblia tenemos diversos ejemplos de sangrientos sacrificios animales (hoy en día, la comida kosher o purificada según el rito judío sigue exigiendo que el animal sacrificado muera desangrado por completo antes de ser procesado) y algunas pruebas terribles, como la que padeció Abraham con su hijo Isaac o Jefté con su hija.

6.- Tanto Jehová como Huitzilopochcli desaparecieron de escena, al menos físicamente, cuando sus respectivos pueblos se encontraron con sendas invasiones de pueblos más poderosos que terminaron con su preeminencia. El Imperio romano sojuzgó a los judíos y el Imperio español a los aztecas.

7.- Un aporte más de Freixedo: igual que el Jehová judío tuvo su contrapartida en el Huitzilopochcli azteca, Jesucristo también se vio reflejado en Quetzalcoatl. Ambos, mensajeros divinos, instructores y salvadores. Ambos, apareciendo en el mundo de forma un tanto misteriosa, viviendo en él como hombres y abandonándolo de manera extraña, prometiendo que algún día volverían. 

Ejemplo claro de la extraña estructura de la Biblia, en concreto del Antiguo Testamento, podemos ver como la historia de Caín y Abel se determina de una forma etológica y sociológica, antes que de forma moral. Esto es explicado de forma magistral Ana Martos.


[1] P. H. KOCH, La Historia oculta del mundo, Barcelona 2007, pág. 182 – 183. 

[2] Ver, C. G. JUNG, Los arquetipos y lo inconsciente colectivo, Madrid 2002. 

[3] Ver, S. A. HOELLER, Jung y los evangelios perdidos, Barcelona 2005. 

[4] P. H. KOCH, La Historia oculta del mundo, Barcelona 2007, pág. 185 – 186. 

Palabras de un maestro. A. Crowley.

Según el citado autor, en el “Libro 4″ deberíamos evitar toda retórica y deberíamos investigar, libres de cualquier perjuicio, el fenómeno que ocurrió con los grandes líderes religiosos de la humanidad.

Los métodos aconsejados por todos se parecen asombrosamente los unos con los otros. Se habla de virtud, ausencia de excitación, soledad, moderación en la dieta y meditación.

Al investigar el autor lo que significan estas cosas, encontramos que sólo son una ¿Para qué sirve el estado de la oración o la meditación? Para el comedimiento de la mente a un acto, estado o pensamiento único.

Al liberar la mente de las influencias externas, sean éstas emocionales o fortuitas, se obtiene la capacidad de ver algo de la verdad de las cosas. En ese momento el hombre es el amo de nuestra mente. Así, para A. C., nuestro tiempo de meditación debe tener prioridad sobre otras actividades.

Antiguo testamento.

En la antigüedad china se decía que gigante Pan-ku creó el mundo cuando separó el cielo y la tierra con una gran hacha. Las montañas y lares cayeron en los lugares donde ahora están; las hierbas y los árboles germinaron del suelo y los animales comenzaron a vagar sobre la tierra. Entonces la diosa Un tomó polvo amarillo, lo mezcló con agua de manantiales y formó una pequeña figura. Cuando la puso en el suelo, esta minúscula cosa saltó, corrió e hizo extraños ruidos con la boca. Su nombre era humanidad[1].

Los primeros capítulos de la Biblia son de tipo simbólico-mítico, acogiendo y elaborando tradiciones antiguas de otros pueblos, exponiendo el sentido del hombre en el mundo y su función en la historia. Por hallarse al comienzo de la Biblia, como prólogo y compendio de todo lo que sigue, ofrecen una visión de conjunto del hombre, considerándolo protagonista de una historia de diálogo con Dios[2].

            Existe una especial sabiduría humana que viene de la propia naturaleza del hombre. De esta forma, por ejemplo, los médicos chijos utilizaban contra las inflamaciones de los párpados una pomada hecha con excrementos de murciélago: esto parecía una superstición ridícula hasta que un químico, al analizar dichos excrementos, ha descubierto que contienen más vitamina A que el aceite de hígado de bacalao[3].

            Esto tiene un claro significado, el hombre es capáz de encontrar lo que parece escondido en la naturaleza, e, incluso, fuera de la vía normal que todos los hombres siguen, en la vía oculta. Pero para ello se debe perder el miedo a saber, se debe comprender que la sabiduría es lo más importante para el hombre.

            Gn 2-3 asume y trasciende una visión meramente pactual de algunos estratos de la teología israelita, en los que la ley (bien y mal) se entiende como la única y definitiva palabra de la vida. Ciertamente, en un nivel es necesario ese modelo de ley como distinción moral que define a los hombres por aquello que realizan. Pero Gn 2-3, con los textos más hondos de la profecía (desde Oseas hasta el Déutero-Isaías, pasando por el PrimerIsaías y Jeremías), supone que el plano pactual ha de ser sobrepasado: más allá de la moral (distinción del bien y mal) se encuentra la palabra fundante, es decir, la gracia que nos conecta a lo divino como fuente y sustento de aquello que somos y hacemos. La ley en sí resulta insuficiente. Hay algo previo y más profundo: la gracia creadora, que es fuente de toda existencia. Por eso, cuando el texto pide que no comas del árbol del bien y del mal, está diciendo que aceptemos la vida como don y aprendamos a ser agradecidos, respondiendo a Dios en gratuidad, porque allí donde intentemos fundar nuestra existencia únicamente en aquello que nosotros mismos hacemos (comiendo el fruto del árbol del bien y del mal como si fuera otro árbol cualquiera que Dios nos dio para comer), caeremos bajo el poder de la muerte. Sin responsabilidad, entendida como respuesta al don previo de la gracia, la vida no es humana; pero sin gracia superior, el árbol del bien y del mal nos acaba encerrando en la muerte. La distinción del bien y el mal constituye un elemento posterior, que sólo podemos asumir si aceptamos la vida como gracia y no intentamos convertirla en objeto de conquista y dominio, según una ley. Gn 2-3 no penetra en el interior de la ley, para distinguir de un modo «material» entre frutos buenos y malos, entre una derecha de bien y una izquierda de mal, diciendo «comed sólo los frutos buenos», en la línea de una tradición legal, sino que estatuye, de un modo formal o universal: «No comas del árbol del conocimiento del bien y del mal». Este es, sin duda, un árbol «atractivo y codiciable para alcanzar sabiduría» (Gn 3, 6) en la línea de este mundo, un árbol que deriva de Dios, pero este árbol de ley no es Dios, no es la gracia creadora de la Vida. Ciertamente, el día en que los hombres coman de ese árbol, abrirán sus ojos y «serán como Elohim, conocedores del bien y del mal» (Gn 3, 5). Sin embargo, se habrán alejado del Dios de la gracia y la vida (Yahvé Elohim)[4].


[1] LIE TSE, “introducción a los dones del cielo”, Lie Tse, una guía taoísta sobre el arte de vivir. Madrid 2005, pág. 47. 

[2] X. PIKAZA, Antropología Bíblica. Tiempos de Gracia, Salamanca 2006, pág. 29 – 30. 

[3] S. ALEXANDRIAN, Historia de la Filosofía oculta, Madrid 2003, pág. 16. 

[4] X. PIKAZA, Antropología Bíblica. Tiempos de Gracia, Salamanca 2006, pág. 59. 

Mundo judío Vrs mundo cristiano.

                 Es una creencia común que el pueblo hebreo, empezando por Moisés, era monoteísta, cuyo único Dios, Yahvé, era el único dios verdadero, revelado exclusivamente a los profetas hebreos. Estos originales monoteístas, se cree, eran superiores y tenían derecho a destruir las culturas politeístas que los rodeaban matando a sus pueblos y robando sus ciudades, botines y vírgenes, que es lo que se cuenta en todo el Antiguo Testamento que hacían los “elegidos de Dios”. El monoteísmo de la religión persa del zoroastrismo, de hecho, es virtualmente idéntico al del judaísmo, o yahveísmo, que es, en parte, un vástago del zoroastrismo. Orrmuzd dice a Zoroastro, en el Boundehesch: “Yo soy quien mantiene el Cielo brillante de estrellas en el espacio etéreo; quien hace de esta esfera, que una vez estuvo sepultada en la oscuridad, un chorro de luz. A través de mí la Tierra se convirtió en un mundo firme y duradero: la tierra sobre la que pisa el Señor del mundo. Yo soy quien hace que la luz del sol, de la luna y de las estrellas atraviese las nubes. Yo hago que el maíz germine, que cuando muere en la tierra retoñe de nuevo. ..Yo creé al hombre, cuyo ojo es luz, cuya vida es la respiración de las ventanas de su nariz. Yo puse en su interior el poder inextinguible de la vida”. Antes de la intrusión del yahveísmo monoteísta, los hebreos no eran monoteístas separados y aparte de sus vecinos «gentiles» politeístas, ni antes ni después de Moisés. Este politeísmo hebreo es la razón por la que “Los elegidos” constantemente aparecen en el Antiguo Testamento «siguiendo» a otros dioses y por lo que «el Señor Dios» cambia él mismo de héroe en héroe, de rey en rey y de libro en libro[1].

El personaje bíblico tan difamado de Jezabel era en realidad una refinada sacerdotisa de Baal y Astoreth, la diosa, mientras que su principal vengador, Elías, un zelote yahveísta, como evidencia su nombre, era un salvaje grosero, sucio y greñudo. Excepto a ojos de los yahveístas, Jezabel era considerada de la realeza hebrea, y su culto de la Gran Diosa era consistente con el hecho de que había existido antes de la invasión yahveísta. De hecho, en el Antiguo Testamento los sacerdotes yahveístas se representan echando espumarajos por la boca al describir a «su» pueblo adorando a Baal y Astoreth, pero mucha de «su» gente en ese momento eran jóvenes vírgenes que habían sido las únicas perdonadas cuando los matones yahveístas capturaban una ciudad tras otra, masacrando a sus habitantes, robando sus propiedades y violando a sus jóvenes (Nm 31, 17-18, et ál.). Estas chicas supervivientes continuaron su antigua tradición de culto, incluyendo el de la diosa y varios Baals, causando la frustración y cólera constantes los yahveístas sexistas, patriarcales y esclavizadores de virgenes[2].

Con el fin de establecer su supremacía, el credo y la obligación de los yahveístas era el siguiente: “Debéis destruir por completo todos los lugares donde han dado culto a sus dioses los pueblos de los que vais a apropiaros: sobre las altas montañas, encima de las colinas y bajo todo árbol frondoso. Demoleréis sus altares; haréis pedazos sus columnas, y quemaréis sus aserás y quemaréis al fuego las esculturas de sus dioses; así extirparéis su nombre de aquel lugar” (Dt 12,2-3)[3].

De los dos reinos en que Israel se había dividido a la muerte de Salomón, el del Norte desapareció ante la expansión asiria en una fecha que hemos de situar en torno al 720 antes de nuestra era. Las diez tribus “perdidas” se vieron sustituidas por una población mezclada -se los nombra «samaritanos» en el Evangelio- que no eran reconocidos corno judíos, aunque pretendiesen continuar en la fe de Yahvé. Fue, precisamente, por eso por lo que los samaritanos fueron señalados como unos de los hombres más cercanos a Cristo, porque eran los abandonados, los despreciados de una sociedad estratificada de forma absoluta. Ser judío no consistía únicamente en profesar determinadas creencias. Era condición indispensable hallarse integrado en el Pueblo mediante ese signo de alianza con Yahvé que significa la circuncisión[4].

El Antihuo Testamento señala en un momento: “Confía plenamente en Dios, y no te apoyes en tu propia inteligencla”[5]. Esta es la raíz misma del control por parte de los sacerdotes respecto de los siervos de Dios. El siervo debe confiar siempre en Dios, cuya palabra transmite el sacerdote por encima de cualquier otra consideración, antes que en su propia inteligenica, puesto que si confiara en su inteligencia, lo cierto es que podría acabar comprendiendo alguna situación extraña y pensando por si mismo, y tendríamos a herejes y librepensadores intentando desarrollar una actividad intelectual dentro de la esfera puramente religiosa.

La iglesia, cualquier iglesia, no quiere gente que piense por si misma, y si lo hace lo que quiere es que se dedique a investigar los temas más importantes para ellla misma, y que no dude de una verdad impuesta, una verdad creada de una masa de mentiras por mentes que ni siquiera son inteligentes para cubrir el contexto de tal forma que algunos de los datos, al menos, parezcan creíbles. En las comunidades primitivas había varias figuras apostólicas en competencia, con autoridad, funciones y jurisdicciones poco claras. Representaban distintas corrientes y grupos cristianos, con intereses y teologías encontradas. Los problemas se concentraron en torno a Pedro, Santiago y Pablo, las tres instancias de poder en el cristianismo primitivo[6]. Esto nos obliga a analizar como ha podido evolucionar el cristianismo de ser una religión pequeña y limitada a un ambiente concreto, con pocos visos de extensión, hasta convertirse en una religión mesiánica que se ha extendido por todo el mundo y que se ha convertido en un poder fundamental en el esquema mundial, sobre todo hasta el Siglo XIX, que eran verdaderamente un centro de poder.


[1] ACHARYA S., La conspiración de Cristo, Madrid 2005, pág. 159 – 160. 

[2] ACHARYA S., La conspiración de Cristo, Madrid 2005, pág. 177. 

[3] Ibidem., pág. 177 – 178. 

[4] F. SUÁREZ BILBAO, De Jerusalén a Roma. La historia del judaísmo al cristianismo (de 272 a. C. A 392 d.C.), Barcelona 2006, pág. 13 – 14. 

[5] Libro de Los Proverbios del Antiguo Testamento., pág. 40. 

[6] J. A. ESTRADA, “La primeras comunidades cristianas”, en M. SOTOMAYOR y J. FERNÁNDEZ UBIÑA (Coord.), Historia del Cristianismo I. El Mundo Antiguo, Granada 2003, pág. 173. 

Mundo judío Vrs mundo cristiano.

            Ireneo conoció a personas que afirmaban ser cristianas y que decían que había dos Dioses separados — el Dios del Antiguo Testamento y el Dios de Jesús - y que el Dios de Jesús, que era el Dios de la misericordia y el amor, había venido a redimir a las gentes del Dios del Antiguo Testamento — el Creador del mundo que impuso su severa e impracticable Ley a Moisés -. Ireneo conoció también a otros que se autoproclamaban cristianos pero creían que había doce dioses; ya otros que afirmaban que los dioses eran trece. Algunos de esos «cristianos» insistían en que el Antiguo Testamento fue inspirado por una divinidad malvada, que el Creador era el enemigo de Jesús y que Jesús no fue realmente un ser humano, sino que sólo «parecía» humano a fin de engañar al Creador. Estas creencias – y otras muchas que pueden resultar igualmente extrañas a los cristianos de nuestros días- eran sostenidas por cientos, o posiblemente miles, de personas en tiempos de Ireneo. Y lo sorprendente es que cada uno de los grupos que promovían estas creencias tenía pruebas de ellas: libros supuestamente escritos por los apóstoles de Jesús[1].

            En los Apófricos del Antiguo Testamento,  concretamente en los Salmos de Salomón, el autor, o autores, menciona o alude a hechos y circunstancias históricas de su tiempo (siglo I a.C.; cf.III), que interpreta teológicamente desde la perspectiva de una alianza de Dios con el pueblo de Israel. Insiste en la alabanza de Dios, en la justicia del hombre como resultado de la observancia de la Ley, en el castigo ejemplar de los pecadores y en la esperanza de una era mejor, presidida por el Rey-Mesías, llena de venturas espirituales y materiales[2].

El politeísmo hebreo se refleja en los diversos nombres bíblicos de «Dios», los más viejos de los cuales eran los plurales Elohim, Baalim y Adonai, que representaban deidades tanto masculinas como femeninas. Con el fin de hacer aparecer a los hebreos como monoteístas, los escritores y traductores bíblicos confundieron estos diversos términos y los tradujeron por el singular «Dios» (Elohim), «el Señor» (Adonai), «El SEÑOR Dios» (Elohim YHWH) o «el SEÑOR» (YHWH/IEUE). Elohim se refiere tanto a «dioses» como a «diosas», y su forma singular, “El”, servía como prefijo o sufijo de los nombres de dioses, gente, lugares, de aquí Emmanu-el, Gabri-el, Bet-el, etc. Incluso «Satán» era uno de los Elohim. En la redacción original, Satán era uno de los bene haelohim, hijos de “Los dioses”; pero los traductores de la Biblia siempre singularizaban los plurales para ocultar el hecho de que judíos bíblicos adoraban a un panteón de múltiples dioses[3].

Mythos es, en la lengua griega, ante todo «palabra» (lenguaje, pues, y no acción, gesto u objeto), palabra que se precisa como narración, sobre todo cuando se desenvuelve el término alternativo lógos (palabra argumentativa, razonadora). Frente a éste y su creciente relevancia social, mythos irá acentuando su índole simbólica. y especializando su índole narrativa en el ámbito sagrado. De aquí el que hemos de tener por su significado primario y que puede formularse así: «narración simbólica referida a acontecimientos originarios, que en una tradición religiosa son tenidos por fundantes y que son actualizados en el recuerdo para dar su genuino sentido a lo que esa tradición vive ya sus acciones rituales»[4].

El mito del monoteísmo hebreo procede de los propagandistas yahveístas que empezaron a formular “la” religión judía. Mientras que los Elohim eran los dioses especiales de las tribus del norte y del reino de Israe, el Yahvé levítico era de hecho el dios local del reino sur de Judá. Como tal, se hace a Yahvé elevar a Judá por encima de todas las otras tribus haciéndole el progenitor de los reyes de Israel. De hecho, Yahvé y Judá son básicamente la misma palabra, pues Judá es «Yahuda», que significa «Yahvé, a quien yo alabaré”. Este nombre de Judá es también el mismo que el de Judas, que era asimismo el nombre del dios tribal. Por lo tanto, eran los judíos y no todos los hebreos e israelitas quienes eran fanáticos yahveístas[5].

                   En virtud de su propia personalidad, Moisés impuso el monoteísmo, la creencia en un solo dios omnipotente, a todos los hebreos. Aunque es posible que determinados hebreos abrigasen creencias monoteístas incluso antes de llegar a Egipto, fue Moisés quien entregó el monoteísmo a la masa del pueblo y quien les devolvió a él cuando, como hicieron más de una vez, se apartaron en el culto a otros dioses. Pero si aceptamos la tesis de Freud se plantea un problema y es que el monoteísmo no era una tradición egipcia. Por el contrario, la nación era famosa por su riqueza en dioses, entre ellos, Osiris, el dios de los muertos; Isis, su esposa; Set, dios del mal (a quien se atribuía el asesinato de su hermano Osiris en un ataque de celos); y Thoth, dios de la sabiduría, a veces considerado como el demiurgo que creó el mundo con el sonido de su voz. El dios Amón (casi desconocido hasta la duodécima dinastía, alrededor de 1800 a.C.) terminaría siendo reconocido como el rey de los dioses y ascendió a la más alta posición en el panteón cuando fue asociado a Ra, el dios sol, como Amón-Ra. En el decimoctava dinastía Amón-Ra estaba considerado como el dios del estado de Egipto y el faraón como su hijo físico, cuya autoridad para gobernar era otorgada por el dios. Cada uno de estos dioses eran venerados en sus propios templos con sus propios sacerdotes, según sus propios rituales y encarnaciones que podían variar de un lugar a otro (por ejemplo, en Tebas se rendía culto a Amón en su forma humana y en Karnak, donde se cuidaba a un camero sagrado como encarnación viviente del dios, adoptaba la forma de un hombre con cabeza de cordero. En Karnak también había un ganso sagrado, otro animal consagrado a Amón). ¿Cómo, entonces, puede el monoteísmo ser considerado como una religión egipcia que se transmitió a los judíos? ¿y cómo puede Moisés ser identificado no como un judío sino como egipcio? La teoría no habría salido a la luz si no fuera por un breve periodo de veinticinco años en la historia de Egipto. Sólo durante este único espacio de tiempo en toda la larga historia del país apareció un hombre que rindió culto a un solo dios como el creador de todas las cosas y de todos los seres humanos, y quien persiguió su visión con una determinación inquebrantable. Sólo una vez fue el magnífico panteón egipcio barrido por una revolución religiosa monoteísta de impresionante alcance: en la época de Akenatón y los reyes de Amarna[6].


[1] B. D. EHRMAN, Jesús, el profeta judío apocalíptico, Barcelona 2001, pág. 65. 

[2] A. DÍEZ MACHO; A. PIÑERO SÁENZ, Apócrifos del Antiguo Testamento III, Ediciones Cristiandad, Madrid, 2ª edición, 2002, pág. 15. 

[3] ACHARYA S., La conspiración de Cristo, Madrid 2005, pág. 161 – 165. 

[4] J. GÓMEZ CAFFARENA, El enigma y el Misterio. Una filosofía de la religión, Madrid 2007, pág. 52. 

[5] ACHARYA S., La conspiración de Cristo, Madrid 2005, pág. 176. 

[6] K. LAIDLER, La cabeza de Dios. Tesoro oculto de los templarios, Madrid 2007, pág. 28 – 29. 

Las religiones IV.

Ciertas tradiciones iniciáticas enseñan que los elementales constituyen el «tercer reino», al margen del reino de los ángeles y del de los hombres. Si los ángeles, esos mensajeros del cielo, representan unas entidades puramente espirituales cuya función consiste en asegurar el vínculo entre los seres humanos y la Divinidad, las hadas y los elfos forman entidades «energéticas» que animan la materia con su energía y la protegen de todos los desórdenes que podrían afectar a su integridad. Son, en cierto modo, los espíritus guardianes de la naturaleza y de la materia, de la misma manera que existen ángeles custodios para los hombres. Vigilan el crecimiento y la buena salud de los animales y las plantas y componen la parte espiritual de la tierra, de las piedras, de los ríos o del viento[1].

Dentro de las tradiciones, surge la idea de un sistema desequilibrado entre el mal y el bien. EI ángel se hizo apóstata, a causa de la envidia que concibió contrata plasmación de Dios. Por eso lo separó Dios de su comunión. Pero en cuanto al hombre que había consentido en la desobediencia, tuvo piedad de él (Ireneo, iv,40,3). Las mismas secuelas del pecado parecen en Ireneo inspiradas por la misericordia más que por la cólera divina. Así ocurre con la privación del árbol de la vida: “He aquí por qué Dios lo expulsó del Paraíso y lo alejó del árbol de la vida: no porque le negara por celos este árbol de vida, como algunos han tenido la audacia de afirmar, sino que lo hizo por piedad, a fin de que el hombre no fuera eternamente transgresor. Lo detuvo en su transgresión, interponiendo la muerte y haciendo cesar el pecado mediante la disolución de la carne” (iii,23,6)[2].

Es, pues, curioso ver como la religión domina a los hombres, como les convierte en esclavos de la mentira, basando el poder en el control y en la propia tranquilidad de los humanos. Los pilares básicos de toda religión son; la fe, sin la cula no podría sostenerse por ser contraria a la razón, y la moral, que rige las normas de conducta de sus adeptos y sin la que estaría vacía de contenido[3].

Para que aparezcan las representaciones religiosas se necesitan varios sentimientos negativos conscientes: miedo, ignorancia, impotencia, insatisfacción y la esperanza en algo mejor, menos duro. Esas emociones negativas crean la necesidad perentoria de recibir consuelo, y esto se consigue mediante las creaciones fantásticas. El hombre, acobardado e impotente, necesita una salida o por lo menos un alivio a su desesperada situación, por lo que se aferra a la creencia en ciertas quimeras que le proporcionan esperanza y consuelo. También algunas emociones positivas influyeron en los mitos religiosos, como: la alegría por un éxito, la recuperación de la salud, la sensación de fuerza o de dominio, etc. Emociones que provocan un sentimiento de alivio y de agradecimiento, que se plasmaron en canciones, danzas o festejos y que sirven, a su vez, de forma de comunicación con los seres sobrenaturales previamente creados por la imaginación. Se originan de esta forma los cultos. El pensamiento primitivo se centraba sobre cosas y fenómenos que formaban parte de su entorno, que tenían una importancia vital y que se relacionaban con sus actividades[4].


[1] E. BRASEY, Hadas y Elfos. El Universo feérico I, Barcelona 2000, pág. 28. 

[2] J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 391. 

[3] F. DE ORBANEJA, Historia impía de las religiones, Madrid 2003, pág. 29. 

[4] F. DE ORBANEJA, Historia impía de las religiones, Madrid 2003, pág. 35. 

Las religiones III.

La religión se nos presenta como una institución social, formada por una comunidad de personas unidas por la creencia en un algo superior y por el cumplimiento de determinados ritos regulares. A ese algo superior se cree poder llegar a través de ciertos requisitos exclusivos de un subgrupo, llamado clero, y se le concibe bien de forma difusa e indeterminada -como en las religiones primitivas-, bien como múltiple -politeísmo-, o bien como un solo ser -monoteísmo-. Las religiones son obras humanas, creadas y elaboradas por el hombre, que han ido evolucionando con el desarrollo y evolución de la humanidad, siendo de destacar la increíble osadía del hombre que le lleva a hablar ya razonar sobre lo que no conoce en absoluto -como Dios o el más allá -, siendo capaz de construir un tremendo edificio teológico, sin cimientos para ello. Los temas rníticos se contaban para entretener al pueblo, pero al caer en manos religiosas no sólo se aceptan como verdades reveladas, sino que los teólogos y los profetas los interpretan, los poetas los cantan, los artistas los representan y los más débiles psíquicamente hasta sufren visiones y éxtasis. Dice Joseph Campbell en Las máscaras de Dios: “Cuando un mito se ha tomado literalmente, su sentido se ha pervertido; pero también, recíprocamente, cuando se ha desdeñado como un mero engaño de sacerdotes o como señal de inteligencia inferior, la verdad ha salido por la otra puerta” (F. DE ORBANEJA, Historia impía de las religiones, Madrid 2003, pág. 27 – 28).

Hesíodo, poeta griego del siglo VIII antes de J.C., es el autor de una Cosmogonía según la cual la Tierra y el Cielo se unieron en el origen para dar nacimiento al universo ya los dioses que vivían en cada uno de los cuatro elementos: el aire, el fuego, el agua y la tierra. Los cuatro elementos formaban, pues, la morada primera de los dioses. Los más poderosos de ellos subieron después al cielo, mientras que las divinidades secundarias, es decir, las hadas y los elementales, siguieron viviendo en los elementos. Estos espíritus elementales, como se ha visto, se dividen en cuatro clases, que corresponden a los cuatro elementos de la naturaleza. Siguiendo a Paracelso, Jules Garinet, autor de La Sorcellerie en France, publicado en 1820, precisó los detalles de esta nomenclatura (E. BRASEY, Hadas y Elfos. El Universo feérico I, Barcelona 2000, pág. 27 – 28):

1.- Los demonios terrestres se llaman gnomos; son mentirosos, amantes de las mujeres y guardianes de los tesoros.

2.- Los silfos están compuestos de los átomos más puros del aire; gozan sin contradicción de lo que aman y hacen huir a los demonios.

3.- Los ninfos u ondinos están compuestos de las partes más finas del agua. Se los hace aparecer a voluntad con una receta particular.

4.- Las salamandras están compuestas de las partes más sutiles del fuego universal, en cuya esfera habitan.

5.- Las hadas, mujeres de los druidas, son inmortales. Danzan al claro de luna y asisten algunas veces al nacimiento de los príncipes para hacerles un don. Las hay buenas y malas.

6.- Por último, los ogros participan todavía del Imperio Tenebroso; les gusta la carne fresca de los niños y las niñas. Hubo un ogro, como todo el mundo sabe, que tenía unas botas de siete leguas.