Archivo para Abril 2008

La fe cristiana III.

De la religión revelada que contienen los libros sagrados de los Veda en la India, aprendemos que Brahma, después de crear el universo y el mundo, creó un hombre y una mujer y los hizo superiores al resto de la creación. Les llamó Adima y Heva y los alojó en un lugar privilegiado de espléndida vegetación, un paraíso terrenal situado en Ceilán, del que no debían salir y donde debían adorarle eternamente. Pero ellos, como era de esperar desobedecieron, por lo que el encanto natural que les rodeaba desapareció y se transformó en tierra inculta que tuvieron que trabajar para siempre, ellos y sus descendientes[1].

            No resulta, cuanto menos, sorprendente, que la imaginación de los mortales sea tan escasa que no hayan sido capaces de concebir una historia diferente para los diferentes pueblos. Aquí tenemos dos opciones, o aceptamos la historia como un mito universal, por lo que el Dios que creemos ser único no es más que una forma de llamar al Dios de los otros, o partimos de la base de que el Dios que tenemos en los altares no es más que un advenedizo que ha eliminado a un Dios más antiguo y anterior.

            Eso, o creer, como algunos creen, que la creación así revelada es una historia real, lo que no deja de ser curioso, porque si aceptamos esto como una historia real estaríamos proviniendo de los genes únicos de dos seres específicos, lo que supondría, científicamente, que nuestra raza se estaría degenerando generación tras generación por la mezcla de los mismos esquemas genéticos. Estamos ante un callejón sin salida, porque la cegazón de algunos impide, incluso, buscar una respuesta más objetiva a los problemas que su propia ignorancia a provocado.

            Siguiendo el esquema establecido, en la religión persa, Ormuz, espíritu sin cuerpo y principio del bien, prometió felicidad al primer hombre y a la primera mujer si se comportaban conforme a sus preceptos, Pero vino Arimán, el principio del mal, a tentarles con frutos deliciosos. Finalmente, la pareja terminó expulsada del lugar feliz y se vio obligada a matar animales para alimentarse y cubrirse. Y no solo ellos, sino también las siguientes generaciones fueron malditos[2].

             A que nos suena. Estamos ante la misma historia, una y otra vez, porque todos tenemos, al final, un inicio igual, un principio de miedo que genera seres superiores que puedan controlar el destino de los hombres, abandonados a sus necesidades dentro de la tierra, salvaje y cruel.


[1] A. MARTOS. Pablo de Tarso ¿Apóstol o hereje?, Madrid 2007, pág. 33.

[2] Ibidem.

La fe cristiana II.

Los propios padres de la iglesia[1], entre los que podemos destacar a Clemente de Alejandría, estaban dispuestos a considerar que:

“la filosofía, esta cosa tan útil, floreció por tanto en épocas antiguas entre los bárbaros, manifestándose según las razas, y sólo más tarde llegó a los griegos. Los que la presiden son los profetas de Egipto y los caldeos de Asiria y los druidas de la Galia y los filósofos de los celtas y los magos de los persas y gimnosofistas de

la India, y aún añadiría otros filósofos bárbaros que formas dos familias, los sármatas y los brahamanes. Entre los indios están también los que obedecen los preceptos de Buda”[2].

  

            Ahora bien, se cuidaban muy mucho de considerar que dichas visiones fueran anteriores a la de los profetas judíos, por lo que rompían el continuo histórico sin ningún pudor. Es una situación absolutamente Kafkiana pero real, porque sólo se utiliza el arma concreta que conviene, pero se niega la contemplación de lo que no encaja, lo que supone que nunca se va a llegar a la verdad, porque la explicación necesita de todos los datos, no sólo de los que son adecuados a nuestras ideas.

 

            En  un ejercicio de bastante cinismo, se señala que[3]:

“si bien es cierto que ha de haber enseñanza, preciso es que haya también un maestro. Cleantes reconoce a Zenón, Teofrasto a Aristóteles y Platón a Sócrates. Pero si me remonto a Pitágoras., a Ferecicles y a Tales y a los primeros sabios, busco incesantemente a su mestro. Y si tú dices que son los egipcipcios y los indios y los babilonios y los magos, no dejaré de buscar al maestro de éstos. De este modo te hag;o remontarte hasta la creación del hombre. Y entonces empIezo de nuevo a buscar quién es el maestro, y no será un hombre, y no habrán sido todavía instruidos; ni siquiera es un ángel, pues hemas recibido que los ángeles mismos han sido instruidos en la verdad. Sólo nos queda, después de habernos elevado sobre nosotros mismos, desear el maestro de éstos”[4].

  

            A pesar de la utilidad de la filosofía para explicar las cosas, para reforzar las tesis creadas por los propios cristianos, a pesar de ello, se considera que la misma fue robada, y que provine del diablo[5], como si todo aquello que es más complejo que una castaña fuera malo por naturaleza, y el conocimiento no sirviera para nada, o, tal vez, sirviera para demasiado, porque liberaba al hombre de las ataduras de una religión inconsciente y que dejaba perplejo a los más sabios con sus estúpidas reglas. Ante ese hecho, y teniendo en cuenta que la filosofía era un instrumento esencial de conquista emocional, el fundamento de su mantenimiento no puede ser más radical, el bien no puede brotar del mal, por lo que, si la filosofía es buena para el hombre, ha debido venir del demiurgo que creen que es Dios.

De todas formas, no se le caén los anillos cuando señala que, “En su Providencia, el Señor de todos, griegos y bárbaros, busca el modo de persuadir a los que le quieren. Es él quien da a los griegos la filosofía `por mediación de los ángeles inferiores. Los ángeles, en efecto, están repartidos en virtud de una ordenanza divina antigua según las naciones”[6]. Después, en una inspiración totalmente delirante, concreta que “las invenciones de los hombres eminentes proceden de una inspiración divina; cuando el alma está bien dispuesta, la voluntad divina se comunica a las almas y los servidores de Dios cooperan en parte en estos servicios. En efecto, las presidencias de los ángeles están repartidas según las naciones y las ciudades y hasta puede que algunos de los que están asignados a las cosas particulares estén reservados a determinados individuos”[7].

             Esto lo dice sin el menor pudor una persona que ha luchado por destruir las ideas más cercanas al conocimiento filosófico griego dentro de la fe, que son las ideas gnósticas cristianas, que proliferaban en aquellos momentos por doquier. Es una verdadera pesadilla ver como un ser tan poco preparado es capaz de utilizar silogismos y argumentos sin fortaleza intelectual para convecer de lo eterno de un nuevo mensaje, un mensaje que, se dicho de paso, fue copiado de otros muchos más antiguos.


[1] Ver, J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 62 ss.

[2] C. DE ALEJANDRÍA, Los Stromata, i,15,71,3-6.

[3] Ver, J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 68.

[4] C. DE ALEJANDRÍA, Los Stromata, vi,7,57,2-3.

[5] Cfr., C. DE ALEJANDRÍA, Los Stromata, i,16,80,5.

[6] C. DE ALEJANDRÍA, Los Stromata, vi,2,6,3-4.

[7] C. DE ALEJANDRÍA, Los Stromata, vi,17,157,4-5.

La fe cristiana I.

Justino, como no puede serde otro modo, ve en los misterios paganos una deformación de las profecías bajo la influencia de los demonios que disuelve en los mitos lo que en realidad tenía una significación histórica que se ha cumplido con Jesús. De esta forma Justino se convierte en el testigo mismo del estado de la demostración evangélica a mediados del siglo II[1]. Con este sistema, ignorando de forma absoluta la antigüedad de cada una de las historias que se superponen, que determina la primacía de los misterios paganos sobre los misterios judíos y cristianos, convence a los iletrados y convierte toda demostración de la existencia de un espíritu común de fe en algo irrisorio, porque lo transforma en una añagaza de los demonios.

 

La fe cristiana se presenta ante todo como la transmisión oral del depósito revelado[2]. Sin comprender este particular punto de partida no se puede entender ni explicar los sucesivos cambios que ha sufrido la fe y la doctrina, porque sólo a través de la historia desmitificada sabemos lo que se ha cambiado y lo que se ha mantenido. No obstante, existe un problema, cuando los literalistas asumieron el poder cambiaron todo, destruyenron textos, modificarón párrafos enteros, por eso resulta tan complicado llegar a conclusiones de importancia en esta materia, porque ha sido manipulada.

 

            Es perentorio que entendamos este primer principio, todo lo que nos ha venido de la historia que estamos tratando o fue escondido para que nadie lo viera y ha aparecido posteriormente, o ha sido destruido, o ha sido manipulado. Sólo después de descubrimientos como los de Nag Hamadi o Qumram se ha podido desentrañar la madeja que se había tejido con el fin de permitir la visión de una sola perspectiva de la historia, que, como suele suceder habitualmente, es la historia de los vencedores, nunca de los vencidos, que acaban olvidados en fosas comunes.

 

            Yo, como estudioso amater en estos temas, no es que me importe demasiado lo que sucedió, porque es normal, es la regla esencial de la supervivencia, no dejar nada detrás que pueda atacarte más tarde, pero dicha regla no ha sido buena para los buscadores de verdades en nuestro occidentalizado mundo civilizado, pues se han encontrado con tantas travas que muchos han desistido antes de empezar. Es una pena.

 

            Para Clemente de Alejandría[3], los Testamentos son dos en cuanto al número y de fecha, habiendo sido dados conforme a un sabio ordenamiento según el crecimiento y el progreso de la humanidad, y sin embargo son uno solo por su virtud, el antiguo y el nuevo, llegados por mediación del Hijo de Dios único[4].

 

            Pero esa idea es contradictoria con todo su planteamiento, primero porque si el Hijo de Dios hubiera establecido el Antiguo Testamento, estaríamos ante el propio Demiurgo, la primera creación de Dios, y no del Ungido; o, en otro caso, las contradicciones de ambos textos exigiría que el Hijo de Dios rompiera, como hizo, con el texto original en muchos casos, puesto que, además de ser simples alegorías, no alcanzaban la alianza posterior pretendida por el cristianismo y el propio gnosticismo.

 

            La realidad que nos debemos plantear es que el mayor número de errores en las aplicaciones debe suponer, al menos, confusión en la interpretación y transmisión del mensaje, so pena de considerar, en todo caso, que el error no es error porque la idea que estamos defendiendo es la idea que pretendemos imponer a los demás como  sistema de control del pueblo.

             Esta actitud es negar la racionalidad y el camino de la filosofía occidental, que pretendía explicar ciertos supuestos de hecho concretos constatados de forma natural, y que tienen una supuesta explicación real, que se puede conseguir a través del propio conocimiento humano, sin intervención posterior.


[1] J. DANIÉLOU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglos I y III, Madrid 2002, pág. 210.

 

[2] Ver J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 141.

 

[3] C. DE ALEJANDRÍA, Los Stromata, ii,6,29,2.

 

[4] J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 231.

 

Disculpas.

Siento el parón, necesario sanitariamente, de la página durante un tiempo. El cuerpo del hombre siemrpe es un poco menos fuerte de lo que parece o de lo que debería, y me han acabado operando.

Cristianos no cristianos IX. Filón de Alejandría.

FILON DE ALEJANDRÍA, UN CRISTIANO SIN CRISTO.

 Filón fue judío, fue contemporáneo de Jesús de Nazaret, su doctrina idealo fue la de los esenios y su filosofía, aunque él dijo no considerarse filósofo, fue la judia adaptada a la cultura griega. Pero nunca conoció a Cristo. Nació hacia el año 30 antes de nuestra era en Alejandría, de padres judíos, su lengua materna fue el griego y fue rabino en su ciudad, pero su pensamiento fue helenístico y, por tanto, universal. Hay autores  que aseguran que su patria no fue Alejandría, ni Egipto ni Palestina, ni Grecia, sino el Imperio romano[1].


[1] A. MARTOS. Pablo de Tarso ¿Apóstol o hereje?, Madrid 2007, pág. 96 – 100.

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