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Archivo para Julio 2008
El primer Cristo XIII.
29. Julio 2008 por admin.
El anuncio del reinado de Dios iba acompañado de un acercamiento real a pobres[1], enfermos y marginados, y de una desautorización de los poderosos. No puede extrañar que el establishment temiera a este galileo, que sectores populares y nacionalistas pretendieran aproplarselo, que las autoridades romanas desconfiaran de él y le consideraran peligroso[2].
Para los cristianos originales, la historia de Jesús era un mito que se utilizaba para presentar a los principiantes el camino espiritual. Para quienes deseaban profundizar más allá de los «Misterios exteriores», que sólo eran «para las masas», había enseñanzas secretas o «Misterios interiores», «las tradiciones secretas de la auténtica gnosis» que, según el «padre de la Iglesia» Clemente de Alejandría, se transmitían «a unos pocos a través de unos maestros de sucesión». Quienes se iniciaban en aquellos Misterios interiores descubrían que el cristianismo no tenía que ver sólo con la muerte y resurrección del Hijo de Dios, sino que se les explicaba otro mito del que pocos cristianos han oído hablar: la historia de la amante de Jesús,
Simplemente fijándonos en todo el desarrollo de la historia bíblica, mitológica casi toda ella, podemos comprender como el hijo de Dios se ve perseguido desde el nacimiento, como Moises, en una muestra esperpéntica de la necesidad de crear correlaciones entre el antiguo y el nuevo Testamento, pues la aprobación de los textos es tan importante como lo que sucede en realidad.
En 586 antes de nuestra Era, Nabucodonosor tomó Jerusalén, destruyó el Templo y se llevó al pueblo hebreo a Babilonia, donde vivieron en cautiverio hasta que Ciro, casi cincuenta años más tarde, tomó Babilonia y devolvió al pueblo judío su nación, permitiéndole regresar a Judea. Ciro fue su salvador, por lo que en muchas citas se le denomina “el Ungido”[4].
El cristianismo no era el culto de un Mesías del siglo I, sino una adaptación judía de la antigua religión del Misterio pagano. Los gnósticos interpretaban las historias y enseñanzas de su tradición espiritual como indicadores que apuntaban más allá de las palabras, hacía la experiencia mística del Misterio inefable. En cambio, los literalistas creen que sus escrituras son las palabras de Dios. Consideran que sus enseñanzas, historias y mitos de iniciación eran historias reales. Se centran en las palabras como expresión literal de la verdad[5].
La simbología numeral del I H es por el contrario específicamente helenística. Aparece entre los gnósticos[6]. “Las dos primeras letras del nombre de Jesús significan para ellos los doce eones”[7].
Resulta curioso dicha interpretación, porque, aún admitiéndola, no supone una base segura de la inexistencia o de la existencia de Dios y de Cristo, lo que sucede es que, ciertamente, pocos entienden que los hechos revelados no son un sustento específico para la creencia en la existencia de Dios, sino que no es posible encontrar una base determinada concreta.
Los interpretadores literalistas rompieron la unidad de la especie, de la gente, para volver a uno como a otros, para llevar a las personas a una guerra sin cuartel y sin sentido, con el fin de alcanzar un poder que no necesitaban, porque su palabra debería haber sido, necesariamente, otra.
[1] Ver X. PIKAZA, Antropología Bíblica. Tiempos de Gracia, Salamanca 2006, pág. 278 ss.
[2] M. PÉREZ FERNÁNDEZ, “Jesús de Galilea”, en M. SOTOMAYOR y J. FERNÁNDEZ UBIÑA (Coord.), Historia del Cristianismo I. El Mundo Antiguo, Granada 2003, pág. 110
[3] T. FREKE y P. GANDY, Jesús y la Diosa Perdida, Barcelona 2006, pág. 9.
[4] A. MARTOS. Pablo de Tarso ¿Apóstol o hereje?, Madrid 2007, pág. 43.
[5] T. FREKE y P. GANDY, Jesús y la Diosa Perdida, Barcelona 2006, pág. 16 – 19.
[6] J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 239.
[7] IRENEO, Adversus Haereses, (i,3,2).
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El primer Cristo XII.
17. Julio 2008 por admin.
Algunos pensadores judíos no se sentían satisfechos con esta respuesta, porque no podía explicar de manera adecuada las realidades históricas. De hecho, no sufrían sólo los pecadores sino también los justos. y la situación no mejoraba nunca, ni siquiera cuando el pueblo se arrepentía, volvía a Dios y se comprometía a guardar su Ley. ¿Por qué continuaba Israel sufriendo después de retornar a Dios, mientras que otras naciones que no hacían ningún esfuerzo por agradarle prosperaban? En torno a la época de la rebelión macabea, cuando la política opresora de Antíoco Epífanes se hizo excesiva y muchos judíos en Palestina no podían soportarla, cuando se les prohibía bajo pena de muerte observar la Ley de Moisés, algunos de ellos encontraron otra solución. A su modo de ver, el sufrimiento del pueblo de Dios no se podía explicar como un castigo por su pecado. Ciertamente, Dios no iba a castigar a su pueblo por hacer lo que era recto, por guardar sus leyes, por ejemplo. Entonces, ¿por qué sufría el pueblo? Tenía que haber otro agente sobrenatural; el responsable tenía que ser algún otro poder sobrehumano. No era Dios quien hacía sufrir a su pueblo, sino Satán, su enemigo. Según esta nueva forma de pensar, en definitiva y de alguna manera Dios aún tenía el control de este mundo. Pero por razones desconocidas y misteriosas, había dejado provisionalmente su control en manos de las fuerzas del mal que se oponían a él. No obstante, este estado de cosas no iba a durar eternamente. Muy pronto Dios iba a reafirmarse y a conducir este mundo de nuevo a sí mismo, destruyendo las fuerzas del mal y estableciendo a su pueblo como soberano sobre la tierra. Cuando este nuevo Reino llegara Dios cumpliría las promesas que había hecho a su pueblo[1].
Cuando en su última cena dijo a sus discípulos que no iba a beber vino hasta que lo bebiera de nuevo con ellos, no pensaba que esto iba a suceder dos mil años después, sino al día siguiente o al cabo de dos días. Resulta que Jesús se equivocó. Murió en la cruz equivocado acerca de su propia identidad y del plan de Dios[2].
A diferencia de algunos de sus colegas entre los profetas (por ejemplo, Jeremías), Jesús no pensaba que el juicio venidero tendría un alcance limitado. Es decir, no iba a afectar sólo a los individuos judíos o a instituciones judías como el Templo. Para Jesús, como para la mayoría de los apocalípticos, el juicio iba a ser universal[3].
Históricamente, los primeros escritores cristianos no pretenden informar sobre la historia, sino presentar a las iglesias un modelo de lo que deben ser. Cuentan lo que pasó y, al mismo tiempo, proponen un modelo de identidad[4]. El hecho histórico es idealizado, narrado basándose en la irrrealidad.
[1] B. D. EHRMAN, Jesús, el profeta judío apocalíptico, Barcelona 2001, pág. 156.
[2] Ibidem., pág. 163.
[3] B. D. EHRMAN, Jesús, el profeta judío apocalíptico, Barcelona 2001, pág. 200.
[4] J. A. ESTRADA, “Las primeras comunidades cristianas”, en M. SOTOMAYOR y J. FERNÁNDEZ UBIÑA (Coord.), Historia del Cristianismo I. El Mundo Antiguo, Granada 2003, pág. 123 – 124.
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El primer Cristo XI.
7. Julio 2008 por admin.
En los Evangelios el propio Jesús incurre en algunas contradicciones ilógicas relativas a algunas de sus más importantes enseñanzas. Primero declara que ha sido enviado sólo «para la oveja perdida de Israel» y prohíbe a sus discípulos predicar a los gentiles. Después se le hace decir: «Marchad en consecuencia, y enseñad a todas las naciones. ..»[1].
A pesar de este hecho, sin embargo, básicamente no hay referencias no bíblicas a un Jesús histórico en ningún historiador conocido ni durante ni después de la supuesta venida de Jesús. Como dice Walker: «Ninguna persona culta de su época le menciona en ningún escrito». El eminente historiador y filósofo judío helenista Filón (
Como se ha demostrado, los registros históricos y arqueológicos no logran proporcionar ninguna evidencia de que la historia del Nuevo Testamento sea cierta[3]. Ni tampoco sostienen las historias principales del Antiguo Testamento, de forma que tampoco queda confirmado que la religión cristiana está, como se supone, basada en ellas. De hecho, la propia noción del Dios monoteísta hebreo, que pretendidamente se representa en el Antiguo Testamento, que pudo tener un hijo, no tiene fundamento[4].
Conocemos la apocalíptica judía gracias a varias fuentes judías antiguas. Los primeros testimonios se encuentran en algunos de los últimos escritos de la Biblia hebrea, especialmente el libro de Daniel, que los estudiosos datan en tiempos de la rebelión macabea. La apocalíptica ocupa así mismo un lugar destacado en los manuscritos el Mar Muerto, los escritos de la comunidad esenia de Qumrán procedentes de un tiempo próximo al de Jesús; Además, se encuentra en otros escritos judíos que no entraron en el canon de la Biblia; se trata de libros llamados «Apocalipsis» porque sus autores afirman que les había sido «revelado» el verdadero curso de los acontecimientos futuros. La mayoría de los antiguos judíos creían que Dios había hecho una alianza con su pueblo para ser su protector divino si se entregaban a él mediante la observancia de su Ley. Naturalmente este punto se vio puesto en tela de juicio por la historia política de Palestina. Si Dios había prometido proteger y defender a Israel contra sus enemigos, ¿por qué era constantemente dominado por extranjeros? ¿Por qué había sido conquistado sucesivamente por los asirios, los babilonios, los persas, los griegos, los sirios y los romanos? ¿Cómo podían los judíos pretender que Dios estaba de su parte, los protegía y los defendía si eran constantemente oprimidos. Una de las respuestas populares la dieron los antiguos profetas judíos, incluidos aquellos cuyos escritos entraron más tarde en el canon de la Biblia hebrea, profetas como Isaías, Jeremías, Amós y Oseas. Según estos autores, Israel continuaba sufriendo reveses militares y políticos porque había desobedecido a Dios. Él era aún su Dios y seguía siendo el rey todopoderoso del mundo, capaz de determinar el curso de los acontecimientos humanos. Pero el pueblo de Israel había pecado contra él y las derrotas militares y los desastres económicos representaban el castigo de Dios por sus pecados. Según los profetas, si el pueblo volvía a los caminos de Dios y de nuevo guardaba piadosamente su Ley, él se arrepentiría y los establecería de nuevo como un poder soberano en su propia tierra[5].
[1] ACHARYA S., La conspiración de Cristo, Madrid 2005, pág. 92.
[2] Ibidem., pág. 98.
[3] Ver, J. ARIAS, La Biblia y sus secretos, Madrid 2004, pág. 28 ss.
[4] ACHARYA S., La conspiración de Cristo, Madrid 2005, pág. 159.
[5] B. D. EHRMAN, Jesús, el profeta judío apocalíptico, Barcelona 2001, pág. 155 – 156.
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El primer Cristo X.
4. Julio 2008 por admin.
Una caracterización excelente de la actitud mental de la época en la que surgió el cristianismo la realiza Schlosser, en su Weltgeschichte, al hablar de Plotino, el más famoso filósofo neoplatónico del siglo III de nuestra era. “Plotino, que nació en 205 en Lycópolis, en Egipto, y que murió en 270 en Campania, fue durante once años un alumno diligente de Ammonio, pero se dejó dominar tanto por la idea de la naturaleza divina y humana que, no satisfecho Con las enseñanzas místicas grecoegipcias de su predecesor y maestro, buscó también la sabiduría persa e india; se agregó al ejército deI joven Gordiano y fue a Persia Con él [ …]. Plotino fue posteriormente a Roma donde encontró, muy a su propósito, la dominante inclinación para el misticismo oriental, y desempeñó durante veinticinco añoS, hasta poco antes de su muerte, el papel de profeta. El emperador Galiano y su esposa lo consideraron Con tal supersticiosa veneración, que se dice que hasta tuvieron la intención de establecer un estado filosófico en una de las ciudades de Italia, para ser gobernado de acuerdo con los principios de Plotino. Igualmente grande fue la aprobación que Plotino recibió de las más respetables familias de Roma; algunos de los hombres más prominentes de la ciudad se hicieron sus más celosos partidarioS y recibieron sus enseñanzas como un mensaje del Cielo. “La debilidad espiritual y moral en el mundo romano y la general inclinación prevaleciente hacia el éxtasis histérico, hacia la moralidad monástica y hacia las cualidades proféticas y sobrenaturales no se expresaron en ningún lugar Con tanta claridad como en la impresión producida por Plotino y en el respeto que recibió su doctrina por la simple razón de que era incomprensible. “Los medios usados por Plotino y sus discípulos para diseminar la nueva filosofia fueron los mismos usados al final del siglo XVIII por Mesmer y Cagliostro, en Francia, para mistificar a la decadente nobleza, y por rosacrucianos, espíritus hechiceros; y los mismos usados en Alemania para mistificar a un piadoso rey prusiano. Plotino practicó la magia; ordenaba a los espíritus que aparecieran ante él y hasta descendía a la actividad que sólo practicaba en el país una clase despreciada, la de descubrir a los culpables de pequeños robos, cuando se lo pedían sus amistades. “Los escritos de Plotino eran también concebidos en el estilo profético; pues, de acuerdo Con el testimonio de su más famoso discípulo, escribía sus inspiraciones sin dignarse echar una ojeada siquiera a ellas, ni aun para corregir el lenguaje. ¡Ni las obras maestras de la antigua Grecia fueron escritas así! Las más rudimentarias reglas del pensamiento, lo que estamos acostumbrados a llamar ‘ método’, faltan tanto en los escritos como en los discursos orales de este hombre, que exigía de cada uno que quisiera alcanzar el conocimiento filosófico, como primera condición, un desprendimiento de su propia naturaleza o una emersión del estado natural del pensamiento y del sentimiento[1].
Existe cierto acuerdo popular a la hora de leer los últimos acontecimientos trascendentes de la vida de Jesús y proponer que sucedieron todos en una sola semana, desde la entrada en Jerusalén en el llamado Domingo de Ramos hasta el domingo siguiente, el de su resurrección. y como además en medio de esos días se supone que Jesús celebra la Pascua judía, los hechos debían haber sucedido en los bostezos de la primavera. Sin embargo, y he aquí el primer error notable: la fiesta que congregaba a miles de judíos en Jerusalén y en el transcurso de la cual los peregrinos llevaban palmas y ramos es la fiesta de los Tabernáculos, que no se celebra en primavera, sino a comienzos de otoño. Por tanto, los evangelistas reflejan mallos tiempos en que todo tuvo lugar, yeso comienza a restar cierta credibilidad a su crónica. Juan (12, 12) asegura que al día siguiente la numerosa muchedumbre que había venido a la fiesta, habiendo oído que Jesús llegaba a Jerusalén, tomaron ramos de palmera y salieron a su encuentro gritando: IHosanna. Bendito el que viene en nombre del Señor y el Rey de Israel. No estamos en primavera, sino en otoño, y no es cierto que la multitud llevase palmas por el hecho de que Ilegaba Jesús, sino porque forma parte de la fiesta mencionada y de la que ahora añadiremos un par de datos más. Sin embargo, sí debiera mover a reflexión la aclamación que algunos hacen al paso de Jesús viéndolo como Rey de Israel ¿Se postuló Jesús como tal? ¿Pretendía hacerlo con su entrada en Jerusalén?[2].
[1] K. KAUTSKY, El cristianismo. Sus orígenes y fundamentos, Barcelona 2006, pág. 137 – 139.
[2] M. F. URRESTI, La vida secreta de Jesús de Nazaret, Madrid 2005, pág. 139.
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