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Archivo para Septiembre 2008
El primer Cristo XV.
23. Septiembre 2008 por admin.
Cuando los gnósticos plantearon la creación de Jesús, la existencia de un Mesías espiritual que salvaba a los hombres cuando se sacrificaba como un criminal, eso si que era un buen golpe para los literalistas, todos aquellos, tanto judíos como cristianos nuevos que pretendían conseguir una visión más alta de su líder.
Al crear y popularizar el mito de Jesús, los gnósticos judíos hicieron lo que siempre hacen los gnósticos: enfrentarse al status quo y presentar su propia visión radicalmente alternativa de la vida como un viaje hacia la gnosis. En el corazón de la filosofía eterna del gnosticismo late una idea simple pero poderosa, las implicaciones de la cual exploraremos a lo largo de este libro. Se trata de la idea de que Dios es una gran mente que contiene el cosmos y que se va volviendo consciente a través de todos los seres conscientes que hay en el cosmos. El propósito de la iniciación gnóstica es despertar en nosotros el reconocimiento de nuestra esencia divina[1].
A nosotros esto nos sirve para darnos perfecta cuenta que la existencia de Jesús como tal no es, ni tan siquiera, fácil de probar, pues lo que se está discutiendo es la forma de ver la religión, como un camino recto dirigido por las palabras específicas de un Dios un poco dudoso, o a través del estudio hasta alcanzar la sabiduría suficiente como para llegar a formar parte de ese mismo Dios, un poco más etéreo.
Si esto es así, como parece que es, resulta lógico que la implantación de la figura tuviera tanta importancia para una parte de la iglesia cristiana, porque suponía crear un nuevo sistema de valores que ellos podían controlar de forma específica.
Justino había demostrado a los judíos en su Diálogo que las instituciones del Antiguo Testamento habían caducado en su letra con la venida de Cristo. De este modo sentó las bases de la tipología. Pero, con Marción y los gnósticos, aparecía un peligro Inverso. El primero rechazaba radicalmente el Antiguo Testamento; los segundos negaban que pudiera ser atribuido al verdadero Dios, aunque admitían que en él se hallaban escondidas algunas semillas de verdad y que era posible recuperadas mediante la alegoría. Filón, inspirándose en los exegetas alejandrinos de Homero, había aplicado este método. Lndependientemente de él, también lo adoptaron los gnósticos. No se trata de una correspondencia entre las etapas de la historia de la salvación, sino de la que se supone existir entre las cosas visibles y las invisibles. El mismo nuevo Testamento también será considerado alegórico. La versión del gnosticismo que combate sobre todo lreneo en el Adversus haereses es la de un discípulo de Valentín, Tolomeo, del que por suerte poseemos un escrito sobre la significación del Antiguo Testamento, la Carta a Flora. Tolomeo comienza diciendo que hasta entonces nadie ha comprendido la Ley de Moisés. Descarta dos hipósis extremas, la que lo atribuye a Dios Padre mismo y la que lo asigna al diablo. La primera opinión es la de los católicos; la segunda alude sin duda a Marción, pero constituye una caricatura de su pensamiento[2].
Se trata de discusiores que aparecen en otros lugares. Los ebionitas distinguían la Ley revelada a Moisés y otros elementos introducidos por los judíos que la pusieron por escrito, y que han caducado. En la parte revelada por Dios, distingue Tolomeo de nuevo tres elementos de valor desigual. Está en primer lugar la legislación pura, sin mezcla de mal alguno, que es sólo imperfecta y que tenía que ser completada por el Salvador. Está constituida esencialmente por el Decálogo. Viene luego otra parte con mezcla de bueno y malo, que el Salvador ha abolido. Tal es el caso, por ejemplo, del talión, ojo por ojo, que Cristo ha anulado en el Evangelio. Esta parte venía ciertamente de Dios, pero era el «resultado de una adaptación a las circunstancias». Finalmente hay una parte «típica y simbólica» (v.,2), establecida a ImItacIón de las realidades espirituales y trascendentes (v,8), que comprende las prescripciones relativas a los sacrificios, a la circuncisión, al sábado, al ayuno, al cordero pascual, a los panes sin levadura (v.,8). «Estos ritos han sido abolidos en su forma literal, pero, en su sentido espiritual, su significación se ha vuelto más profunda» (v.,9)[3].
Entonces, “Sólo nos queda decir qué Dios ha sido el que ha dado la Ley. Si no es ni el Dios perfecto ni el diablo, este legislador debe de ser un tercero que existe alIado de los otros dos. Este es el demiurgo, creador de este mundo entero y de todo cuanto contiene. Por ser en su esencia diferente de los otros dos y por situarse en medio de ellos se le podría llamar Intermediario. Y como no es ni bueno ni con seguridad malvado o injusto, podría ser calificado en propiedad de justo” (vii, 4-5). Esta es la tesis esencial del gnosticismo, la oposición entre el dios inferior de la creación y el Nuevo Testamento, que es el dios bueno[4].
Ireneo[5] acertó a delatar la impostura de esta exégesis: «Se esfuerzan por establecer sus demostraciones sobre la Ley y los Profetas, aprovechándose de que muchas cosas que habían sido dichas en forma de parábolas y alegorías pueden ser tomadas en distintos sentidos, a causa de la ambigüedad de la interpretacióll» (i, 3,,6). Los elementos utilizados por los gnósticos son válidos, pero ellos los recomponen en una síntesis extraña a la fe: “Agrupan palabras y expresiones tomadas de aquí y de allí y las hacen pasar de su sentido natural a otro sentido que no lo es. Es como si alguien, tomando el retrato de un rey hecho hábilmente con piedras precoosas por un artlsta, deshiciera el mosaico y reagrupara las piedras para formar con ellas la imagen de un zorro o de un perro, y pretendiera luego que eso fue lo que quiso el artista, mostrando las piedras que él mismo utilizó” (i,8,1)[6].
Se plantea así la cuestión hermenéutica escriturística. En este punto sienta Ireneo un principio capital. Este principio es la tradición común de la Iglesia: “El que tiene cerca de sí la regla inmutable de la verdad, que recibió por el bautismo, conocerá los términos, las expresiones, las Imágenes de la Escntura y percibirá la interpretación blasfematoria de aquéllos. Porque la Iglesia, extendida por el mundo entero, guarda celosamente la enseñanza que recibió de los apóstoles, como si no dejara de habitar siempre la misma morada. Aunque las lenguas sean diversas en el mundo, el poder de la tradición es uno y el mismo” (i,10,2). Los gnósticos introducen una doctrina extraña a esta tradición unánime y esto condena su exégesis[7].
Vamos, que uno que manipula constantemente cualquier escrito que llega a sus manos, tanto históricos como religiosos, luego es capaz de comprometer la seriedad de otros que predican su propia fe sin manupular los textos, porque consideran que la verdad es más importante que el convencimiento de los demás.
Sería cómimo si no fuera trágico. Pensar que el sistema creado por la Iglesia cristiana, montado en varias mentiras superpuestas y construidas a través de la transformación de algunos textos y la destrucción de otros sea la tradición unánime, y ello porque han sabido manipular a la gente con mayor habilidad, no deja de tener su gracia, y no deja de ser peligroso para la integridad de la verdad, que es algo que todo creyente debería buscar sobre todas las cosas, incluso sobre la supuesta fe falsa, creada sobre la obediencia a personas que no la merecen.
[1] T. FREKE y P. GANDY, Jesús y la Diosa Perdida, Barcelona 2006, pág. 32.
[2] J. DANIÉLOU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglos I y III, Madrid 2002, pág. 216.
[3] Ibidem., pág. 217.
[4] Ibidem., pág. 218.
[5] En Adversus Haerenses.
[6] J. DANIÉLOU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglos I y III, Madrid 2002, pág. 219.
[7] Ibidem., pág. 219 – 220..
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El primer Cristo XIV.
8. Septiembre 2008 por admin.
Si nos fijamos con detenimiento, los individuos que comprendían la gnosis o alcanzaban la iluminación, a menudo eran denominados conocedores: gnostikoi (pagana/cristiana), arifs (musulmana), gnanis (hindú) budas (budista)[1].
Habría, pues, una unión clara entre las creencias, porque todos buscaban lo mismo, y lo sucedía era que las culturas cambiaban los nombres pero mantenían el contenido. Pero eso no era interesante para los que querían conseguir el poder supremo sobre la tierra. Es de esta forma como un mundo que se dirigía hacia el mismo camino, se separaba, se odiaba, se eliminaba, con el fin de dar a unos pocos lo que creían merecer, el poder sobre los demás, la destrucción de los desconocidos, de los alejados del lenguaje oficial, pero nadie les paró el paso, porque eran un instrumento del poder político, igual que el poder político era un instrumento de ellos, en una simbiosis perfecta.
Un mito sumamente interesante es el del sacrifIcio del primogénito a los dioses, una costumbre que practicaban, entre otros, los pueblos semitas. Los fenicios, por ejemplo, sacrificaban a su hijo más querido al dios del fuego, Moloch, cuando sufrían grandes desgracias. Diódoro Sículo comenta que el dios se sintió molesto en una ocasión porque solamente le sacrificaban niños de familias de baja condición, pero se aplacó en cuanto las familias aristocráticas le entregaron a sus primogénitos. En las excavaciones de Megido, Jericó y Guezer se han encontrado restos de niños enterrados en los cimientos de los edificios, a los que se sacrificaba para garantizar la solidez de la edificación[2].
Las religiones, lejos de condenar tan bárbaros rituales, los sagraban, porque los pueblos antiguos consideraban que el mayor sacrificio que se podía ofrecer a la divinidad no era el de la propia vida, sino la del hijo mayor, el más querido[3].
El cristianismo, desde su advenimiento, combatió vigorosamente todos los cultos orientales y griegos que lo habían precedido, y tachó de abominables los ritos y creencias relacionados con ellos[4].
Durante la mayor parte de la historia, el simple hecho de estar en poder de obras cristianas consideradas inaceptables por la Iglesia establecida era punible con una muerte cruel. Aunque alguno de estos textos han sobrevivido[5], por lo que podemos comprobar como la historia de la verdad se ha ido escondiendo, se ha ido eliminando de cualquier sección de la historia para conseguir absorber el mayor poder posible, pues esa es la esencia del cristianismo dentro de regla, destruir la imagen de libertad que tenían los humanos y convertirles en esclavos de la jerarquía, que podía controlar todo su mundo sin que se pudiera sentir culpable.
Para erradicar el paganismo, los autores cristianos utilizaron la propaganda de lo maravilloso, oponiendo a los mitos paganos que referían las acciones de los dioses, vidas de santos en las que los hombres de la verdadera fe realizan fácilmente cuanto es imposible. El resultado inesperado fue la sustitición de las antiguas supersticiones por otras nuevas[6].
Los personajes más importantes de esos mitos de iniciación alegóricos eran las diosas perdidas y redimidas y el Dios-hombre que muere y renace. En todo el mundo antiguo se encuentran variaciones regionales sobre estas dos poderosas figuras[7]. En Egipto eran conocidas como lsis y Osiris; en Grecia, como Perséfone y Dionisos; en Siria, como Afrodita y Adonis; en Asia Menor, como Cibeles y Atis; en Mesopotamía, como Ishtar y Marduk; en Persia, como la Magna Mater y Mitra; en la zona de alrededor de Judea, como Asherah y Baal. Los gnósticos paganos eran conscientes de que todos estos dioses-hombre y diosas eran básicamente dos arquetipos míticos universales. A veces utilizaban el nombre general «Gran Madre» para referirse a la Diosa y «Osiris-Dionisos» para referirse al Dios-hombre[8].
Trifón da una respuesta a Justino respecto a la virginidad de María, señalando: “La escritura no dice: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, sino: He aquí que la muchacha concebirá y dará a luz un hijo. Toda la profecía se refiere a Ezequías” [9].
El espíritu de la verdad se destroza en las traducciones. Se coge los textos en griego y se traducen, pero en la traducción un traductor despistado, o mal intencionado, decide cambiar el concepto de muchacha por el de virgen, como hay pocos que se pueden dar cuenta de la diferencia la cosa queda ahí, pero es el principio de una mentira que perdurará durante muchos años, y que ha generado no pocas guerras, pues la virginidad de María ha sido una de las mayores causas de confrontación entre cristianos.
[1] T. FREKE y P. GANDY, Jesús y la Diosa Perdida, Barcelona 2006, pág. 18.
[2] A. MARTOS. Pablo de Tarso ¿Apóstol o hereje?, Madrid 2007, pág. 37.
[3] Ibidem., pág. 38.
[4] S. ALEXANDRIAN, Historia de la Filosofía oculta, Madrid 2003, pág. 21.
[5] T. FREKE y P. GANDY, Jesús y la Diosa Perdida, Barcelona 2006, pág. 11.
[6] S. ALEXANDRIAN, Historia de la Filosofía oculta, Madrid 2003, pág. 23.
[7] Ver B. QUIÑONES RODRÍGUEZ, Falsas verdades de la Iglesia católica, Vigo 2006, pág. 36.
[8] T. FREKE y P. GANDY, Jesús y la Diosa Perdida, Barcelona 2006, pág. 30.
[9] J. DANIÉLOU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglos I y III, Madrid 2002, pág. 214.
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