Archivo para Octubre 2008

El Primer Cristo XVI.

Si existe, como parece que existe, una unanimidad en que el sentido figurativo del Antiguo Testamento es en última instancia una educación de la humanidad para que se ejercite en los caminos de Dios[1]. Lo que no se puede pretender es que el instrumento místico de una religión para llevar a los suyos hacia la palabra de su señor, y hacia las leyes más benignas para el momento concreto de su evolución, sólo sea un paso hacia una concreta forma de ver la vida, sin pensar que existen varios pasos en cada tramo de río, según las características del camino que se pretende escoger en cada momento, y que convertir un paso en el único es mentirse a sí mismo. 

 

            La noción histórica permite a lreneo resolver la antinomia de los dos Testamentos: «Todas las cosas vienen de un solo y mismo Padre, de un solo y mismo Dios. No nos ha enseñado el Señor que el uno sacaba de su tesoro cosas viejas y el otro cosas nuevas, sino que es el mismo. Dios es el Padre de familia que reina sobre toda la casa del Padre. A los servidores a.ún indisciplinados les ha dado una Ley que les convenía; a los hombres libres y justificados por la fe les ofrece unos preceptos adaptados; a los hijos les da su herencia» (iv,9,1).

 

La Ley ha precedido porque el hombre no podía cargar con más: Los apóstoles nos enseñan que los dos Testamentos han sido dispuestos por un mismo Dios con vistas a la utilidad de los hombres. No fue dado antes el primer Testamento tnútilmente (otiose), sin razón (frustra), al azar (ut obvenit), sino que Dios, sometiendo a la servidumbre a aquellos mismos a los que se la daba, actuaba en su bien, mostrándoles la figura (typus) de las cosas celestes, pues el hombre no podía aún ver por sus propias fuerzas las cosas de Dios, y prefigurando las imágenes de las realidades de la Iglesia, a fin de que nuestra fe se afirmara“ (iv,32,2)[2]

 

           Pero todo esto no tiene nada que ver con la visión literalista u gnóstica de la vida y de la religión, tiene que ver con la capacidad de cada época paa asumir parte del conocimiento complejo que supone la creación de una nueva forma de existencia y una nueva relación con aquello que le trasciende, hasta, tal vez, convertirse en lo trascendido. Pero la explicación no justifica la exclusión gnóstica, justifica, simplemente, que la mente anterior al posible nacimiento del Mesías no estaba preparada para asumir la verdad en su integridad. 

 

            Ciertamente, la propia gnosis señala que las reglas entregadas a los hombres eran las mínimas indispensables, puesto que no habiendo conseguido que no se matara ningún ser vivo, Dios sólo tuvo la opción de ordenar a sus siervos que no mataran a otro hombre, como medida mínima que debía ser obedecida, pero no como medida real de la omnipresencia y omnisciencia del Señor.  

 

            Es pues la altura del conocimiento la que coloca al hombre en posición de comprender la verdad que le rodea, pero no la altura de su sumisión, que es lo pretendido por una Iglesia mentirosa y cruel, sino la altura de su propia fe, que el empuja a vivir una nueva relación con su Dios, comprendiendo la grandeza de la fuerza del verdadero creador por encima del falso demiurgo que pretende colocarse, sin saberlo, por encima del que lo creó.


[1] J. DANIÉLOU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglos I y III, Madrid 2002, ., pág. 221.

[2] J. DANIÉLOU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglos I y III, Madrid 2002, pág. 222.

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