Archivo para Febrero 2009

El primer cristo XVIII

Cuando Pablo[1] nos revela «el secreto» del cristianismo, este no tiene nada que ver con un Jesús histórico. El secreto que desvela es la revelación mística de «Cristo en ti», la conciencia de Dios en todos nosotros. Su Jesús es una figura mítica cuya historia enseña a los iniciados el camino que han de seguir para comprender al Cristo que llevan dentro. Los únicos elementos narrativos del mito de Jesús importantes para Pablo son el bautismo de Cristo, la muerte y la resurrección, que entiende como símbolos de las fases de iniciación. Al identificarse con el bautismo de Jesús, los iniciados se limpian su pasado y empiezan la búsqueda de la gnosis. Al compartir la muerte y la resurrección de Jesús, su «antiguo yo» muere simbólicamente y resucitan “en Cristo”[2].

            En este punto, la resurrección general no es la física del hombre llamado Jesús, enlazando con la variada gama de esperanzas que iría del Reino de la Alianza al Reino escatológico y por fin al Reino apocalíptico del Dios. La resurrección es un concepto a todas luces escatológico-apocaliptico. De hecho, es el momento último y el grandioso final de esa esperanza. Y no tiene nada que ver con nuestra supervivencia, o la de Cristo, sino con la justicia de Dios. La cuestión no es ¿es que yo soy eterno?, sino: ¿es que Dios es justo? El himno que la caracteriza es “Dios vencerá un día”[3].

 

Sólo con posterioridad, cuando la iglesia había crecido lo suficiente, a alguien se le ocurrió personificar al hijo de Dios, resucitando a Jesús de entre los muertos, pues hasta ese mismo instante el tema de la resurrección era un tema generalista, referido al final de los días, cuando todos los existentes hubieran alcanzado su lugar en el mundo nuevo creado por y para mayor gloria de Dios.

            Decir que Dios Resucitó a Jesús de entre los muertos era afirmar que a partir de ese momento había empezado la resurrección general. Sólo si se pretendiera afirmar algo así habría sido correcta la utilización del término resurrección o la expresión resucitar de entre los muertos. Ello es evidente cuando leemos 1 Corintios, XV, que es el comentario que hace Pablo de un texto anterior a él, presumiblemente tradicional[4].

            La cuestión esencial es ¿cómo es posible que se le ocurriera a nadie hacer semejante afirmación? ¿Dónde estaban las pruebas? En vez de una profecía futura, semejante afirmación suponía un desafío presente. ¿Dónde, pues, estaban las pruebas, las evidencias, los indicios de una Eutopía divina en una tierra como de costumbre impía, violenta e injusta? ¿Cómo, por ejemplo, podía sostener Pablo de Tarso semejane pretensión angte un pagano del siglo I y cómo habría podido sostenerla Santiago de Jerusalén ante un fariseo? No es una cuestión de pruebas innegables o de evidencias irrefutables. Se trata simplemente de lo que un Pablo o un Santiago habrían podido decir a unas personas de mente abierta para defender mínimamente su pretensión de que Dios ya había iniciado la vindicación de los mártires y la justificación del mundo[5].

            Pablo afirmaba en 1 Corintios que «si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación. Vana nuestra fe» (XV, 14). Formulado de esa manera, semejante comentario· es válido para el cristianismo, pero también lo es su contrario. Si la fe cristiana es vana, esto es, no ha actuado para transformarse a sí misma y a este mundo en la justicia de Dios, y si la predicación cristiana es vana, esto es, no ha hecho hincapié en que ésa es la vocación de la Iglesia, es que Cristo no resucitó. Por supuesto el cristianismo podía seguir afirmando que Jesús había sido exaltado y había ascendido a los cielos para sentarse a la diestra de Dios. Pero la resurrección, repitiendo una vez más el argumento que sostenemos, presupone el inicio de la transforma ción cósmica, y no sólo prometerla, no sólo esperada., no sólo hablar de ella, y no sólo proclamar una teología sobre ella. La iglesia del Santo Sepulcro puede contemplaIse en su pasado revestido de mármol y en su disputado presente en la Jerusalén actual. Pero la iglesia de

la Bendita Resurrección sólo puede verse en un mundo en plena transformación debido a la colaboraclon de los cristianos con la justicia divina y a la participación de esos mismos cristianos en dicha justicia[6].

             El problema se plantea porque, en contra de la rama gnóstica del cristianismo, que considera que el conocimiento de Dios es patrimonio de unos pocos privilegiados, la rama literalista busca extender el conocimiento mismo a todos los hombres, por lo que la figura de Cristo es esencial, al establecerse[7], de esta forma, que “todo hombre puede llegar al conocimiento del padre y creador de este universo”[8].


[1] Cfr., M. F. URRESTI, La vida secreta de Jesús de Nazaret, Madrid 2005.

[2] T. FREKE y P. GANDY, Jesús y la Diosa Perdida, Barcelona 2006, pág. 34.

[3] J. D. CROSSAN y J. L. REED, Jesús desenterrado, Barcelona 2006, pág. 317.

[4] Ibidem., pág. 319.

[5] Ibidem., pág. 323.

[6] J. D. CROSSAN y J. L. REED, Jesús desenterrado, Barcelona 2006, pág. 331.

[7] Ver J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 114.

[8] ORÍGENES, Contra Celso, vii,43.

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