Archivo para Octubre 2009

Los literalistas 5.

La rama judío-esenia dio paso al gnóstico cristiano, cuya progenie espiritual fueron los místicos cristianos monásticos que hubo en el seno de la Iglesia, así como los alquimistas, los magos ceremoniales, los cátaros, los rosacruces, los cabalistas y, ya en los tiempos modernos, los teosofistas y otros movimientos relacionados de espiritualidad alternativa. La corriente alternativa nunca dejó de existir, pero sus manifestaciones externas fueron espasmódicas y jamás tuvieron fuerza suficiente para desafiar seriamente las ortodoxias de la corriente principal (autodeclaradas como tales)[1].  

 

Como dice Wheless, cuando los cristianos eran débiles y no tenían poder y estaban sometidos a persecuciones ocasionales como «enemigos de la especia humana», eran clamorosos e insistentes abogados de la libertad de conciencia y de culto para adorar al dios que uno eligiera; las «Apologías» cristianas a los emperadores abundan en elocuentes argumentaciones a favor de la tolerancia religiosa; y ésta les fue garantizada, a ellos ya todos, por el edicto de Milán y otros decretos imperiales. Pero cuando, por el favor de Constantino, entraron en las posiciones de mando del Estado, tomaron de una vez por todas la espada y empezaron a asesinar y robar a todos los que no querían creer lo que los sacerdotes católicos les ordenaban creer[2].

 

En un momento dado, a alguien se le ocurre una idea genial. ¿Por qué no personificamos la idea y creamos al hijo del Creador? Obviamente dicha solución es mucho más sencilla de explicar a los demás, siendo una forma de acercar Dios a los hombres, que, en algunos casos, no se identificaban adecuadamente con la historia que se les quería explicar, por lo que cualquier insturmento de comprensión era bueno.

        Justino, forzado a presentar el acontecimiento de Cristo a la vez ante el mundo pagano y ante el mundo judío, demuestra que no es extraño ni al uno ni al otro, sino que representa el momento decisivo de un designio de Dios que abarca la totalidad de la historia. Nunca ha existido sino una sola verdad que tiene su mente en el Verbo de Dios. Pero esta verdad se despliega conforme a un orden determinado. Nunca fue conocida sino parcialmente por griegos y judios hasta manifestarse plenamente en Cristo. La Iglesia la difunde por todo el mundo, hasta que tenga cumplimiento con la parusía[3].

[1] . S. A. HOELLER, Jung y los evangelios perdidos, Barcelona 2005, pág. 24.

[2] ACHARYA S., La conspiración de Cristo, Madrid 2005, pág. 32. 

[3] J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 157 – 158.

Los literalistas 4.

En un principio, y tal como señala E. LEVI[1], la caridad es el resumen y el objetivo del cristianismo, según señala el propio apostor San Juan. 

Otra de las figuras importantes del naciente cristianismo fue sin duda alguna la de Clemente de Alejandría. Nacido en el seno de una familia pagana, dicha influencia no fue borrada del todo por su encuentro con el cristianismo; bien al contrario, sacó de ella todo lo que había de positivo, yeso se refleja en la trascendencia de su obra, que en gran medida es debido a lo mucho que contribuyó a que la filosofía fuese aceptada por la Iglesia. Platón, según él, se encontraba en el buen camino para encontrar a Dios. Éste fue el tema central de su primer escrito, el Protréptico, o «exhortación», una invitación a la conversión. Contrariamente a Ireneo, que adoptó una postura negativa con todo el paganismo y en especial con el gnosticismo, Clemente hace notar el valor de la filosofía pagana para el cristiano, pues aunque la filosofía no podrá remplazar, según él, a la Revelación, en cambio ha preparado al hombre para la venida de Cristo, de modo similar a como el Antiguo Testamento preparó a los judíos. Rechazando la falsa gnosis, sostiene que el cristiano es el verdadero gnóstico, es decir, el auténtico sabio. Resulta curioso comprobar cómo en dicha obra evoca el famoso episodio de Ulises (de la Odisea de Hornero) y su encuentro con las sirenas. Para Clemente, éstas representan las malas acciones cotidianas y una llamada a los placeres terrenales, mientras que el héroe, atándose a un mástil y tapándose las orejas, resulta un símil o símbolo del cristiano que triunfa abrazándose a la madera de la Cruz[2].

            Para Clemente de Alejandría[3], los Testamentos son dos en cuanto al número y de fecha, habiendo sido dados conforme a un sabio ordenamiento según el crecimiento y el progreso de la humanidad, y sin embargo son uno solo por su virtud, el antiguo y el nuevo, llegados por mediación del Hijo de Dios único[4].

            Pero esa idea es contradictoria con todo su planteamiento, primero porque si el Hijo de Dios hubiera establecido el Antiguo Testamento, estaríamos ante el propio Demiurgo, la primera creación de Dios, y no del Ungido; o, en otro caso, las contradicciones de ambos textos exigiría que el Hijo de Dios rompiera, como hizo, con el texto original en muchos casos, puesto que, además de ser simples alegorías, no alcanzaban la alianza posterior pretendida por el cristianismo y el propio gnosticismo.

            La realidad que nos debemos plantear es que el mayor número de errores en las aplicaciones debe suponer, al menos, confusión en la interpretación y transmisión del mensaje, so pena de considerar, en todo caso, que el error no es error porque la idea que estamos defendiendo es la idea que pretendemos imponer a los demás como  sistema de control del pueblo.

             Esta actitud es negar la racionalidad y el camino de la filosofía occidental, que pretendía explicar ciertos supuestos de hecho concretos constatados de forma natural, y que tienen una supuesta explicación real, que se puede conseguir a través del propio conocimiento humano, sin intervención posterior.


[1] E. LEVI, El mago, Barcelona 2005, pág. 31. 

[2] X MUSQUERA, El triunfo del paganismo, Madrid 2007, pág. 45. 

[3] C. DE ALEJANDRÍA, Los Stromata, ii,6,29,2. 

[4] J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 231. 

Los literalistas 3.

La nueva Iglesia se transformó rápidamente en una institución con una fuerte estructura jerárquica y burocrática, con aspiraciones mundiales, con una ideología marcadamente conservadora del orden social y con una notoria ambigüedad, en base a la cual construye su poder. Comienza a desarrollarse la teología, que recurre enseguida a una fórmula que le ha dado excelentes resultados: redactar sus escritos de forma enigmática y ambigua, dejando todo sin resolver, lo que permite dar interpretaciones para todos los gustos y para todas las circunstancias. La Iglesia oficial sostiene que Jesús resucitó como un ser humano físico y no como una figura fantasmal irreconocible, lo que contradice a los evangelios donde se dice que ninguno de los discípulos, ni siquiera María Magdalena, le reconoce, porque “tenía otra figura”. Para la Iglesia el dios-hombre había muerto y resucitado una sola vez, por lo tanto sólo se vive una vez, el premio o castigo serán eternos y, al fin de los tiempos, los hombres también resucitarán. Hemos visto que el ansiado Mesías no llegaba, por lo que la ida se transforma en la de un Dios que sufre por los hombres y ofrece su vida para redimirles, aunque lógicamente se le hace resucitar, pues resulta demasiado fuerte que un Dios pueda morir. No se han parado a pensar que un Dios no puede sufrir ni morir, ya que admitirlo es reconocer que hay algo superior a ese Dios que le hace sufrir y morir. Por otra parte, está demostrado que nunca existió una primera pareja, luego tampoco pudo existir un “pecado original”, por consiguiente la misión redentora de Jesús no tuvo razón de ser[1].  

 

Cada vez se hacía sentir más la necesidad de una doctrina que sostuviese la inmortalidad del individuo, no como una sombra sin cuerpo, sino como un espíritu gozoso. Pronto no se buscó la felicidad en los goces de esta vida, ni aun en la virtud terrenal, sino en el logro de una situación mejor, para la cual esta vida era meramente una preparación. Este concepto encontró un apoyo poderoso en la doctrina de Platón, y ésa fue también la dirección que tomó la escuela estoica[2].


[1] F. DE ORBANEJA, Historia impía de las religiones, Madrid 2003, pág. 210.

[2] K. KAUTSKY, El cristianismo. Sus orígenes y fundamentos, Barcelona 2006, pág. 115.

La vía cristiana de los literalistas 2.

Una vez ubicado el mito de Jesús en un contexto histórico, sólo era cuestión de tiempo que un grupo de cristianos empezara a interpretarlo como un testimonio de hechos reales. A mediados del siglo II empezó a emerger en Roma una escuela literalista del cristianismo, con portavoces autócratas como Ireneo[1].

Hemos visto que la época en que se originó el cristianismo era de completa desintegración del Estado y de las formas tradicionales de producción. De acuerdo con esto, las formas tradicionales de pensamiento se hallaban también más o menos moribundas. Había una búsqueda general de nuevos modos de pensamiento, un tanteo a ciegas de nuevas ideas. El individuo sentía que era una unidad en sí, porque todo el fondo social que anteriormente había poseído en su comunidad o en su clan, y el panorama moral que ofrecía, ahora se había disuelto. Por consiguiente, uno de los aspectos más sobresalientes del nuevo modo de pensamiento es el individualismo. Por supuesto, el individualismo no puede nunca envolver un completo aislamiento del individuo, de sus conexiones sociales, eso sería completa- mente imposible. El individuo humano puede existir únicamente en sociedad y por medio de la sociedad. Pero el individualismo puede llegar hasta hacer que pierda su fuerza el lazo social, en el cual ha crecido el individuo, y que, por consiguiente, parece como natural y evidente, colocando así al individuo ante la tarea de abrirse camino sin las anteriores relaciones sociales. El individuo puede alcanzar esto únicamente uniéndose a otros individuos con intereses y necesidades iguales, fonnando nuevas organizaciones sociales. La naturaleza de estas organizaciones se detennina, por supuesto, por las circunstancias existentes y no por el capricho de los individuos interesados. Pero semejantes instituciones no se acercan al individuo en la fonna de una organización tradicional ya hecha, sino que deben ser creadas por él en sociedad con otros de iguales aspiraciones, que pueden ir acompañados de numerosos errores y de las mayores diferencias posibles de opinión, hasta que finalmente surgen, del conflicto de opiniones y experimentos, nuevas organizaciones, las que, como corresponden a nuevas condiciones, duran y ofrecen a las siguientes generaciones una seguridad tan finne como la que ofrecían las organizaciones que las precedieron. En esos períodos de transición puede aparecer que no es la sociedad la que condiciona al individuo, sino que es el individuo el que condiciona a la sociedad; que las fonnas sociales, sus problemas y aspiraciones dependen enteramente de la voluntad del individuo[2].

 

                Es claro que, durante el siglo II y III había, por supuestos, cristianos que creían en un solo Dios. Sin embargo, había otros que insistían en la existencia de dos. Algunos decían que los dioses eran treinta. Otros aseguraban que eran 365. En los siglos II y III había cristianos que creían que Dios había creado el mundo. Pero otros pensaban que este mundo había sido creado por una divinidad subordinada e ignorante. (Si no era así, ¿por qué estaba entonces el mundo lleno de tantas miserias y padecimientos?) Otros cristianos, por su parte, pensaban que la situación era aún peor y que este mundo había sido un error cósmico, creado por una divinidad malévola como prisión para encerrar a los humanos y someterlos al dolor y el sufrimiento. En los siglos II y III había cristianos que creían que las Escrituras judías (el Antiguo Testamento de los cristianos) habían sido inspiradas por el único Dios verdadero. Otros creían que habían sido inspiradas por el Dios de los judíos, que no eran el único Dios verdadero. Otros creían que habían  sido inspiradas por una deidad maligna. Otros no creían que hubieran sido inspiradas en ningún sentido[3].

 


[1] T. FREKE y P. GANDY, Jesús y la Diosa Perdida, Barcelona 2006, pág. 60.

[2] K. KAUTSKY, El cristianismo. Sus orígenes y fundamentos, Barcelona 2006, pág. 110 – 111.

[3] B. D. EHRMAN, Cristianos perdidos. Los credos proscritos del Nuevo Testamento, Barcelona 2004, pág. 18 19. 

La vía cristiana de los literalistas

En todas las antiguas religiones, a lo largo de su evolución a través de la historia, han existido luchas internas, revoluciones teológicas, alternativas filosóficas, cismas, etc. Aunque en la mayoría existen patrones comunes[1].

Durante siglos, a nadie se le ocurrió pensar que algo de lo narrado en la Biblia pudiera no ser verdad. Esos escritos, que cuentan la alianza del pueblo de Israel con su Dios, fueron considerados tanto por el judaísmo como por el cristianismo como revelados o inspirados por Dios. Por tanto, tenían que ser verdad y en caso de conflicto, por ejemplo, entre lo narrado en la Biblia y lo descubierto por la ciencia, era la ciencia, que, necesariamente, estaba en el error. Sólo con la llegada de la revolución industrial y tecnológica, a principios del siglo XVIII, y con la diferenciación entre lo secular y lo religioso, hubo estudiosos de la Biblia -fuera y dentro de los confines de la Iglesia- que comenzaron a ver dichos escritos con otros ojos, prescindiendo de su carácter sagrado. Se estudió la Biblia como cualquier otra obra histórico-literaria, aplicando criterios del análisis crítico. El monumento histórico de la Biblia, lo que en ella se narraba, su lenguaje, su pensamiento, los personajes de los que está poblada, todo ello fue analizado con la lente de la modernidad. ¿Cuál fue el resultado? Que no podía tratarse de libros históricos según los criterios de la historiografía moderna, por la simple razón de que los más de cuarenta autores que escribieron la Biblia no tenían la intención de hacer un trabajo estrictamente histórico[2].  

 

Si aceptamos la cronología tradicional de la vida de Jesús y la posterior difusión de las comunidades cristianas, parece casi imperativo aceptar que ya debía de existir una estructura organizativa que fue utilizada por los primeros cristianos para construir su iglesia. El tiempo transcurrido entre la fecha habitualmente supuesta de la crucifixión de Jesús y la escritura de las primeras epístolas paulinas es demasiado corto como para permitir el desarrollo de una red altamente compleja de comunidades organizadas, dotadas de métodos bien desarrollados de comunicación, financiación y de una estructura de autoridad como la que se le presenta al lector de las epístolas de Pablo. Sólo existía una organización que hubiera podido servir como fundamento para esta estructura en rápido desarrollo y era la de la orden de los esenios. La organización esenia, centrada en su cuartel general monástico junto al mar Muerto, pero que se extendía por toda Judea y muy probablemente por Egipto, Roma y Asia Menor, sirvió como una matriz ya preparada sobre la que pudo construirse la nueva asociación de comunidades cristianas. Si, tal como sugerimos, los esenios fueron los que hincharon las cifras de conversos a la nueva alianza cristiana durante los primeros años formativos de la Iglesia, entonces resulta mucho más plausible el crecimiento milagrosamente rápido y la organización de la red cristiana[3].


[1] M. CARBALLAL, El Secreto de los Dioses, Madrid 2005, pág. 44.

[2] J. ARIAS, La Biblia y sus secretos, Madrid 2004, pág. 25.

[3] S. A. HOELLER, Jung y los evangelios perdidos, Barcelona 2005, pág. 59.

Los otros hombres milagro II

El misterio está expuesto, para quien sepa comprenderlo, en las siguientes palabras de Krishna[1]:

 “Muchos nacimientos he dejado yo tras Mí, y muchos dejaste tú, ioh Arjuna! Pero yo los recuerdo todos; pero tú no recuerdas los tuyos, ioh Parantapa!

Aunque soy el nonato e imperecedero Ser. el Señor de todos los seres y cobijo la natttraleza, que es mi dominio, también nazco por virtud de mi propio poder.

Cuando quiera que la rectitud desmaya, ioh. Bharata!, y cobra bríos la iniquidad, entonces renazco.

Para proteger a los buenos, confundir a los malos y restaurar firmemente la justicia. De edad en edad renazco Yo con este intento en cada yuga.

Quien así conozca en su esencia Mi divino nacimiento y Mis acciones divinas, ya no volverá a nacer cuando deje el ctterpo, sino que a Mí se unirá, ¡oh Arjuna![2].

          De modo que todos los avataras son uno y el mis- mo; son los Hijos de su “Padre” en directa descendencia; El Padre, o una de las siete Llamas, llega a ser con el tiempo el Hijo y, en consecuencia, uno con el Padre desde toda la eternidad, ¿Qué es el Padre? ¿Es la absoluta Causa de todo? ¿Es el impenetrable Eterno? No por cierto, Es Karanatma, el “Alma Causal”, llamada por los indos Ishvara, el Señor, y por los cristianos “Dios”, el Único, el Solo, Desde el punto de vista de la unidad es así; pero, entonces, también podríamos considerar como “el Único y el Solo” al elemental más ínfimo, Todo ser humano tiene, además, su propio divino espíritu o dios individual. Esa divina Entidad o Llama, de la cual emana Buddhi, está con el hombre, aunque en plano inferior, en la misma relación que el Dhyalii Buddha con su humano Buddha, De aquí que sea posible conciliar el monoteísmo con el politeísmo ; pues existen en la Naturaleza. Verdaderamente, vinieron al mundo en su respectiva época personalidades que como Gautama, Shankara, Jesús y unos pocos más, tenían por misión”’salvar el bien y destruir el mal”. Así se dijo: “Yo nazco en cada yuga”. Y todos nacieron por el mismo Poder[3].


[1] H. P. BLAVATSKY, La doctrina secreta, Tomo VI, Málaga 2000, pág. 4.

[2] Bhagavad Gita, 9ª edición.

[3] H. P. BLAVATSKY, La doctrina secreta, Tomo VI, Málaga 2000, pág. 4 – 5.

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