Los literalistas 4.

En un principio, y tal como señala E. LEVI[1], la caridad es el resumen y el objetivo del cristianismo, según señala el propio apostor San Juan. 

Otra de las figuras importantes del naciente cristianismo fue sin duda alguna la de Clemente de Alejandría. Nacido en el seno de una familia pagana, dicha influencia no fue borrada del todo por su encuentro con el cristianismo; bien al contrario, sacó de ella todo lo que había de positivo, yeso se refleja en la trascendencia de su obra, que en gran medida es debido a lo mucho que contribuyó a que la filosofía fuese aceptada por la Iglesia. Platón, según él, se encontraba en el buen camino para encontrar a Dios. Éste fue el tema central de su primer escrito, el Protréptico, o «exhortación», una invitación a la conversión. Contrariamente a Ireneo, que adoptó una postura negativa con todo el paganismo y en especial con el gnosticismo, Clemente hace notar el valor de la filosofía pagana para el cristiano, pues aunque la filosofía no podrá remplazar, según él, a la Revelación, en cambio ha preparado al hombre para la venida de Cristo, de modo similar a como el Antiguo Testamento preparó a los judíos. Rechazando la falsa gnosis, sostiene que el cristiano es el verdadero gnóstico, es decir, el auténtico sabio. Resulta curioso comprobar cómo en dicha obra evoca el famoso episodio de Ulises (de la Odisea de Hornero) y su encuentro con las sirenas. Para Clemente, éstas representan las malas acciones cotidianas y una llamada a los placeres terrenales, mientras que el héroe, atándose a un mástil y tapándose las orejas, resulta un símil o símbolo del cristiano que triunfa abrazándose a la madera de la Cruz[2].

            Para Clemente de Alejandría[3], los Testamentos son dos en cuanto al número y de fecha, habiendo sido dados conforme a un sabio ordenamiento según el crecimiento y el progreso de la humanidad, y sin embargo son uno solo por su virtud, el antiguo y el nuevo, llegados por mediación del Hijo de Dios único[4].

            Pero esa idea es contradictoria con todo su planteamiento, primero porque si el Hijo de Dios hubiera establecido el Antiguo Testamento, estaríamos ante el propio Demiurgo, la primera creación de Dios, y no del Ungido; o, en otro caso, las contradicciones de ambos textos exigiría que el Hijo de Dios rompiera, como hizo, con el texto original en muchos casos, puesto que, además de ser simples alegorías, no alcanzaban la alianza posterior pretendida por el cristianismo y el propio gnosticismo.

            La realidad que nos debemos plantear es que el mayor número de errores en las aplicaciones debe suponer, al menos, confusión en la interpretación y transmisión del mensaje, so pena de considerar, en todo caso, que el error no es error porque la idea que estamos defendiendo es la idea que pretendemos imponer a los demás como  sistema de control del pueblo.

             Esta actitud es negar la racionalidad y el camino de la filosofía occidental, que pretendía explicar ciertos supuestos de hecho concretos constatados de forma natural, y que tienen una supuesta explicación real, que se puede conseguir a través del propio conocimiento humano, sin intervención posterior.


[1] E. LEVI, El mago, Barcelona 2005, pág. 31. 

[2] X MUSQUERA, El triunfo del paganismo, Madrid 2007, pág. 45. 

[3] C. DE ALEJANDRÍA, Los Stromata, ii,6,29,2. 

[4] J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 231. 

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