Archivo para Noviembre 2009

Los literalistas 10.

Tenemos una idea algo sentimental del autosacrificio, cuya calidad es muy estimada por el vulgo y es la esencia del cristianismo popular. Es el sacrificio del fuerte ante el débil. Esto atenta totalmente contra las leyes de la evolución. Cualquier nación que haga esto sistemáticarnente y en un grado lo suficientemente amplio, simplemente se destruye. El sacrificio es en vano: los débiles no han de salvarse. Téngase en cuenta la acción de Zanoni al caminar sobre el andamio para salvar a la estúpida de su esposa. El gesto era magnífico, era una prueba de su gran valentía y fuerza moral, pero si todos actuásemos según dicho principio la raza se deterioraría y desaparecería[1].

He aquí un conflicto entre la moralidad privada y pública. No deberíamos proteger a los débiles ni a los viciosos de las consecuencias de su inferioridad. Al hacerlo, perpetuamos los elemen- tos de disolución en nuestro cuerpo social. Mejor deberíamos ayudar a la naturaleza sometiendo a cada recién llegado a las más rigurosas pruebas para determinar su capacidad de intervenir en su entorno. La raza humana creció en estatura e inteligencia tanto cuanto la capacidad individual ganó en seguridad, de modo que los más fuertes e inteligentes fueron capaces de reproducirse en las mejores condiciones. Pero cuando la seguridad fue general, mediante el altruismo los más bajos fueron a menudo el linaje de los más fuertes[2].

La vida se convierte en una lotería en la que el hombre, por ser el mejor, no va a conseguir, ni por asomo, en ningún momento, algo importante para él o para su familia, porque lo que importa es que uno se entregue al sistema de equilibrio creado por las fuerzas morales y religiosas, fuerzas que acaban controlando todo, acaban entregando el poder a los débiles sobre los más fuertes y preparados.

            De esta forma, la vida más bella sólo parece asequible en el más allá, sólo puede ser un desprendimiento de todo lo terrenal[3]. El placer era pecaminoso, como lo sigue siendo ahora, como lo seguirá siendo mientras la gente se someta a la constante sumisión cristiana, que le lleva a dejar de desear y de sentir lo que, en verdad, los perfectos hombres podemos y debemos sentir.

            Desde otra perspectiva, los doctores de la Iglesia del siglo III tales como Clemente, Hipólito o Orígenes, se ocupan de forma fundamental de la rendición como victoria contra las potencias demoniacas que tienen cautivas a la humanidad. Se relaciona primeramente con la lucha contra el paganismo considerado como culto tributado a los demónios. Se enraíza luego en la liturgia bautismal considerada como ruptura con Satán, a modo de antítesis del pecado del primer Adán. Finalmente se concecta con ciertos motivos recurrentes del Nuevo Testamento. Así, por ejemplo, Clemente presenta la caída original a modo de una esclavitud por la que Adán, desde los orígenes, cayó bajo el poder del demonio. Inmediatamente después del a caída, el Verbo de Dios empieza a actuar con vistas a liberar al hombre cautivo[4].

            Todo el esquema es perfecto desde el punto de vista de la lógica cristiana. El mal, que es independiente del demiurgo, acecha al hombre porque Adán tomó la fruta del bien y del mal. Esto es una metáfora extraordinaria. El conocimiento del hombre supondría de esta forma su comunión con el maligno, pues ese es el sentido del propio árbol del bien y del mal, la obtención del conocimiento del hombre, la consecución de la capacidad racional del hombre. Con ello el literalismo niega de forma absoluta la posibilidad del hombre de ser racional, dado que la racionalidad ha nacido de un pecado, del primer pecado. Como ustedes comprenderan esto no es sino una barbaridad, un rechazo a la propia naturaleza humana, y una construcción ficticia para impedir que el hombre piense y siga investigando, cultivándose.

             Por eso Clemente[5] se atreve a decir:“El Señor nos rescata por su sangre preciosa, liberándonos de nuestros antiguos amos, los crueles pecados, por los que los espíritus de iniquidad reinaban sobre nosotros. Nos conduce a la libertad del Padre, a participar en su herencia como hijos y amigos”.           

De la misma forma, Hipólito señala, en un pasaje sobre Juan el Bautista:“Ha sido en todo precursor y heraldo de Nuestro Salvador, anunciando a todos los hombres la luz del cielo venida a este mundo. Fue su precursor en el seno de su madre y saltó de alegría al ver al Verbo de Dios concebido en el seno de la Virgen Santa; después de esto, en el Jordán, señala al salvador de Israel y dice: Este es el cordero de Dios. Fue también él quien primero evangelizó a los que están en el Hades, después de muerto por Herodes, precursor también en esto, significando que el Salvador estaba a punto de llegar allí también, para liberar a las almas de los justos del poder de la muerte”.


[1] A. CROWLEY, “Las confesiones de Aleister Crowley”, en El Continente perdido y otros ensayos, Madrid 2001, pág. 121.

[2] A. CROWLEY, “Las confesiones de Aleister Crowley”, en El Continente perdido y otros ensayos, Madrid 2001, pág. 121.

[3] J. HUZINGA, El otoño de la Edad Media, Madrid 2001, pág. 50.

[4] J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 181 – 182.

[5] CLEMENTE DE ALEJANDRÍA, Eclogae, 20.

Los literalistas 9.

Una estrategia comúnmente empleada por los falsificadores del mundo antiguo consistía en afirmar que se había “encontrado” un viejo escrito que ahora reproducían y divulgaban por primera vez. Semejantes afirmaciones eran, por lo general, imposibles de confirmar y, por tanto, ésta era una forma bastante razonable de presentar el propio trabajo como obra de algún otro[1].

 

            Cerinto, cuya escuela estaba emparentada con la de Satornilo, establece la distinción propia de la Gnosis entre Jesús y Christós. Jesús, decía, fue un hombre especialmente justo y sabio, al que se unió en su edad adulta Christós, una de las inteligencias del Dios extraño. Esta opinión no es una extravagancia, sino una original solución a las contradicciones de la cristología del siglo II, que comprendía la herejía de los docetas (que no creían en la persana humana de Jesús) y las tres doctrinas que dividían a la misma Iglesia, el adopcionismo (que veía en Jesús al hijo adoptivo de Dios), el modalismo (que se negaba a incluido en una Trinidad y lo tenía por un modo de aparición del Dios único) y la teología del Verbo encarnado. Ésta, sostenida por Tertuliano y Orígenes, prevaleció e hizo que se rechazasen como herejes a Teódoto el zurrador, que profesaba el adopcion.ismo, ya Sabelio que defendía el modalismo. Cristianos, gnósticos y herejes se parecen tanto ma para distinguirlos[2].

            Los literalistas eran, además, esencialmente apocalípticos en todos sus pensamientos y en todas sus acciones, podemos encontrar miles de ejemplos, tal como veremos más tarde en nuestra recreación apocalíptica, pero es interesante ver como en el siglo XV el pesimismo cristiano llenaba los corazones de todos, DESCHAMPS[3] escribe:

    “Ahora el mundo es cobarde, ruin y débil,

Viejo, codicioso y maldiciente;

Yo no veo más que locas y locos …

En verdad, el fin se acerca …

Todo va mal…”

             Es, pues, el pensamiento de hombres que no son felices porque la religión no les deja serlo, porque se encuentran perseguidos por una idea de culpa que envuelve cada pedazo de su alma hasta llevarlos a la destrucción misma. Resulta, así, más facil controlar a las masas, destruyendo su sentido de la felicidad y entregándolos a la tragedia constante de una vida sin esperanza.


[1] . B. D. EHRMAN, Cristianos perdidos. Los credos prohibidos del Nuevo Testamento, Barcelona 2004, pág, 60.

[2] S. ALEXANDRIAN, Historia de la Filosofía oculta, Madrid 2003, pág. 61.

[3] Versos de EUSTACHE DESCHAMPS, Oeuvres complètes. 

Los literalistas 8.

Vamos, un grupo entrañable de hombres de fe deciden, teniendo en cuenta sus propios pensamientos sin contar con los demás, que las ideas mejores para determinar la fe en Cristo es excluir las ideas que, en muchos casos, coinciden de forma radical, de otros, simplemente por el hecho de añadir nuevas versiones o situaciones que engrandecen el mensaje. 

          Escapar, dejar de lado lo que podría haber sido una iglesia multidisciplinaria, que contara con el visto bueno de todos los pensadores del momento, era la única vía que tenían los recalcitrantes para imponer su poder de tal forma que excluyeran ideas que ellos consideraban pecaminosas, como la prédica de las mujeres, por ejemplo, que fue, poco a poco, eliminada y obviada.

            Ehrman[1] ya ha señalado que:

El partido victorioso reescribió la historia de la controversia para que pareciera que nunca había habido realmente conflicto y que sus propias opiniones habían sido siempre las de la mayoría de los cristianos en todo tiempo y lugar, remontándose a la época de Jesús y sus apóstoles, y que su punto de vista, de hecho, siem- pre había sido «ortodoxo» (es decir, «correcta opinión») y que sus adversarios en el conflicto, y sus escrituras, habían sido siempre pequeñas facciones disidentes dedicadas a engañar a la gente y conducirla a la «herejía» (lo que literalmente significa «elección», un hereje es aquel que voluntariamente elige no creer en lo correcto)”.

 

             Lo que el cristianismo ganó al final de esos primeros conflictos fue un sentimiento de confianza en que era y siempre había sido «correcto». También ganó un credo, que todavía recitan los cristianos de nuestros días, en el cual se afirman las creencias correctas en oposición a las heréticas y equivocadas. En este sentido, también ganó una teología, incluida la idea de que Cristo es completamente divino y completamente humano al mismo tiempo, y una doctrina de la Trinidad, que sostiene que Dios es tres personas -Padre, Hijo y Espíritu Santo- distintas en número pero idénticas en sustancia. Además, ganó una jerarquía de líderes eclesiásticos que dirigirían la Iglesia y garantizarían su fidelidad a las creencias y practicas apropiadas. y ganó un canon de Sagradas Escrituras, el Nuevo Testamento, que incluía veintisiete libros que apoyaban la imagen de la Iglesia de esos líderes y su entendimiento de la doctrina, ética y culto cristianos[2].


[1] B. D. EHRMAN, Cristianos perdidos. Los credos proscritos del Nuevo Testamento, Barcelona 2004, pág. 22. 

[2] Ibidem.

Los literalistas 7.

En el literalismo, la encarnación se situa en el centro de la visión de la historia de la salvación, cuya culminación representa. La existencia real de un Jesús que es el hijo de Dios y se encarna en hombre para luego sacrificar su vida y resucitar al tercer día, la integración en la historia del hombre de dicho mito, es el centro mismo de la religión cristiana, lo que conlleva que, al final, el hombre debe aceptar cosas que no ve en base a una fe que ni siquiera conoce.

            Cristo aparece como la culminación de todo cuanto le ha precedido y que él resume[1]: “La economía del Señor es cuádruple, y por ello fueron otorgadas cuatro alianzas a la raza humana: una antes del diluvio, bajo Adán; la segunda después del diluvio bajo Noé; la tercera es la Ley bajo Moisés; la cuarta renueva al hombre y recapitula todo en sí misma: es el Evangelio”[2].

            Se construye la idea de que la historia está predeterminada por Dios, que ha establecido un guión del que el hombre parece no poder salir. En ese guión el personaje supuestamente histórico de Jesús es el que culmina la evolución de la creación, llenando los vacíos que había desde el origen de la historia, y creando una nueva doctrina que arrastra a muchos hombres.

            No es, por tanto, valadí, enfrentarse a esta realidad, responder lo que nos han metido con clazador en nuestra mente, desde la infancia. Desde que nacemos la Iglesia nos “enseña” la supuesta realidad que debemos creer, y nos facilitan todo de tal forma que ya no podemos pensar por nosotros mismos, “somos pensados” por otros, por los que controlan nuestra propia vida.

            Justino distingue en la Ley ante todo las prescripciones de la moral natural, que son inmutables, y luego, las prescripciones legales (Dial., xliv,2; lxvii,10). Estas no son nesarias. Justino aduce para probarlo numerosas razones. Incluso valo

la Ley tuvieron excepciones. Así, en cuanto al sábado: “¿Iba a querer Dios que pecaran los sacerdotes que ofrecen los sacrificios en día de sábado?”. Aquí se retoma el argumento de Cristo. Lo que sucede es que Dios, viendo que eran incapaces de soportar una Ley espiritual, les dio una Ley externa[3].

            Se ampara el cambio de Ley en la intransigencia de la anterior, y en la incapacidad de los judíos deentender la Ley espiritual. Lo que se busca es confundir a los pobres lectores que intenten comprender tal argumento, pues el fin último de toda esta historia es introducir dudas respecto de las leyes anteriores, con el fin de poder establecer las propias leyes, más adaptables a los deseos de la jerarquía, que puede mover así a los cristianos a su voluntad sin crear dudas.

             De entre el gran número de escrituras cristianas que exixsten, los literalistas escogieron cuatro evangelios para formar el canon del Nuevo Testamento. Estos evangelios fueron declarados los únicos auténticos y todas las demás escrituras cristianas fueron denunciadas como heréticas[4].


[1] J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 174.

[2] IRENEO, Adversus Haereses, iii,11,8.

[3] J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 198 – 199.

[4] T. FREKE y P. GANDY, Jesús y

la Diosa Perdida, Barcelona 2006, pág. 62

Los literalistas 6.

Una de las preguntas recurrentes sobre

la Biblia hace referencia al carácter sagrado de los textos: ¿cuándo, quién y cómo se decidió que los escritos fueron revelados por Dios? Es evidente que la revelación divina los convierte en un libro inspirado y sagrado. El tema es complejo y suele dividir a los expertos. Por lo pronto, entre los judíos y en las iglesias cristianas -tanto la católica como la protestante-, la llamada «revelación», no se entiende como si Dios hubiese dictado sus textos a los autores de

la Biblia, a diferencia, por ejemplo, del islamismo. Los musulmanes sí defienden que el Corán, que es su Biblia, fue dictado palabra por palabra por Alá a su profeta Mahoma. Por eso no se puede modificar ni corregir ni una coma del texto. El concepto de revelación y de inspiración con respecto a

la Biblia judía ya la católica es más amplio. Ni siquiera los rabinos o los teólogos católicos más conservadores son hoy capaces de imaginarse a Dios sentado en una nube dic- tando a los autores de

la Biblia sus textos. Los autores eran hombres que escribían sin saber si estaban inspirados o no. Sólo en algunos casos -los profetas, por ejemplo- afirmaban que escribían bajo cierto influjo divino, pero ni aun en esos casos admitieron nunca recibir sus palabras al dictado de ningún Dios
[1].

 

            En el ambiente literalista imperante, la obra de Cristo al venir a la tierra consiste principalmente en liberar a la humanidad de la tiranía que el demonio le hacía sufrir desde Adan[2], que se expresaba principalmente a través de la idolatría. Es esencialmente la pasión de Cristo la que destruye la potencia del demonio. Es éste un tema fundamental enJustino: «El Padre de Cristo le otorgó un poder tal que los demonios quedan sometidos a su nombre y a la economía de su pasión»[3],[4].

 

            Al aceptar el cristianismo como una realidad, también es necesario que asumamos que, para que «su» importante mensaje surtiera efecto, «Dios» vino a la tierra en un área remota del mundo antiguo y habló el muy oscuro idioma arameo, en vez del griego o latín, más utilizados universalmente. También debemos estar preparados para creer que ahora hay un hombre invisible de una etnia particular flotando omnipresente en el cielo. Además, se nos pide que ridiculicemos y despreciemos como ficciones las leyendas e historias casi idénticas de muchas otras culturas, mientras recibimos alegremente la fábula cristiana como un hecho[5].

 

            Todo es cuestión de fe. Para Jung, se está de acuerdo, en general, en que la fe incluye un sacrificium intellectus (sacrificio del intelecto), siempre, claro está, que exista un intelecto que sacrificar[6].

 

            Se plantea que Cristo nació por voluntad de Dios Padre para la salvación de los creyentes y la ruina de los demonIos. Hay en todo el mundo y en vuestra demonio en el nombre de Jesucristo crucificado bajo Poncio Pilato, hemos curado y seguimos curando todavía hoya muchos, expulsando a los demonios de los hombres a los que poseen[7].

 

            De esta forma, de forma incoherente, el hombre debe soportar la elección de unos pocos sobre su futuro, sin poder elegir la idolatría como sistema, idolatría que no es tal, sino creencia en algo diferente, porque el concepto de idolatría pretende determinar que el hombre que cree en lo diferente sabe que está equivocado, cuando la verdad es muy distinta, el hombre que cree diferente puede o no puede estar equivocado, pero ese no es el problema del cristiano, es el problema del hombre libre.

             Se pretende imponer una religión a base de golpes, a base de limitaciones innecesarias y abusivas, y, además, se convierte a todo el que piensa diferente en materia religiosa e, incluso, política, en un idólatra que debe ser convertido o, necesariamente, destruido.


[1] J. ARIAS,

La Biblia y sus secretos, Madrid 2004, pág. 97.

 

[2] JUSTINO, Diálogo, xlv.4.

 

[3] JUSTINO, Diálogo, xxx.3.

 

[4] J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 164.

 

[5] ACHARYA S., La conspiración de Cristo, Madrid 2005, pág. 47. 

[6] S. A. HOELLER, Jung y los evangelios perdidos, Barcelona 2005, pág. 26. 

[7] JUSTINO, II Apología,vi.5.

 

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