Los literalistas 6.

Una de las preguntas recurrentes sobre

la Biblia hace referencia al carácter sagrado de los textos: ¿cuándo, quién y cómo se decidió que los escritos fueron revelados por Dios? Es evidente que la revelación divina los convierte en un libro inspirado y sagrado. El tema es complejo y suele dividir a los expertos. Por lo pronto, entre los judíos y en las iglesias cristianas -tanto la católica como la protestante-, la llamada «revelación», no se entiende como si Dios hubiese dictado sus textos a los autores de

la Biblia, a diferencia, por ejemplo, del islamismo. Los musulmanes sí defienden que el Corán, que es su Biblia, fue dictado palabra por palabra por Alá a su profeta Mahoma. Por eso no se puede modificar ni corregir ni una coma del texto. El concepto de revelación y de inspiración con respecto a

la Biblia judía ya la católica es más amplio. Ni siquiera los rabinos o los teólogos católicos más conservadores son hoy capaces de imaginarse a Dios sentado en una nube dic- tando a los autores de

la Biblia sus textos. Los autores eran hombres que escribían sin saber si estaban inspirados o no. Sólo en algunos casos -los profetas, por ejemplo- afirmaban que escribían bajo cierto influjo divino, pero ni aun en esos casos admitieron nunca recibir sus palabras al dictado de ningún Dios
[1].

 

            En el ambiente literalista imperante, la obra de Cristo al venir a la tierra consiste principalmente en liberar a la humanidad de la tiranía que el demonio le hacía sufrir desde Adan[2], que se expresaba principalmente a través de la idolatría. Es esencialmente la pasión de Cristo la que destruye la potencia del demonio. Es éste un tema fundamental enJustino: «El Padre de Cristo le otorgó un poder tal que los demonios quedan sometidos a su nombre y a la economía de su pasión»[3],[4].

 

            Al aceptar el cristianismo como una realidad, también es necesario que asumamos que, para que «su» importante mensaje surtiera efecto, «Dios» vino a la tierra en un área remota del mundo antiguo y habló el muy oscuro idioma arameo, en vez del griego o latín, más utilizados universalmente. También debemos estar preparados para creer que ahora hay un hombre invisible de una etnia particular flotando omnipresente en el cielo. Además, se nos pide que ridiculicemos y despreciemos como ficciones las leyendas e historias casi idénticas de muchas otras culturas, mientras recibimos alegremente la fábula cristiana como un hecho[5].

 

            Todo es cuestión de fe. Para Jung, se está de acuerdo, en general, en que la fe incluye un sacrificium intellectus (sacrificio del intelecto), siempre, claro está, que exista un intelecto que sacrificar[6].

 

            Se plantea que Cristo nació por voluntad de Dios Padre para la salvación de los creyentes y la ruina de los demonIos. Hay en todo el mundo y en vuestra demonio en el nombre de Jesucristo crucificado bajo Poncio Pilato, hemos curado y seguimos curando todavía hoya muchos, expulsando a los demonios de los hombres a los que poseen[7].

 

            De esta forma, de forma incoherente, el hombre debe soportar la elección de unos pocos sobre su futuro, sin poder elegir la idolatría como sistema, idolatría que no es tal, sino creencia en algo diferente, porque el concepto de idolatría pretende determinar que el hombre que cree en lo diferente sabe que está equivocado, cuando la verdad es muy distinta, el hombre que cree diferente puede o no puede estar equivocado, pero ese no es el problema del cristiano, es el problema del hombre libre.

             Se pretende imponer una religión a base de golpes, a base de limitaciones innecesarias y abusivas, y, además, se convierte a todo el que piensa diferente en materia religiosa e, incluso, política, en un idólatra que debe ser convertido o, necesariamente, destruido.


[1] J. ARIAS,

La Biblia y sus secretos, Madrid 2004, pág. 97.

 

[2] JUSTINO, Diálogo, xlv.4.

 

[3] JUSTINO, Diálogo, xxx.3.

 

[4] J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 164.

 

[5] ACHARYA S., La conspiración de Cristo, Madrid 2005, pág. 47. 

[6] S. A. HOELLER, Jung y los evangelios perdidos, Barcelona 2005, pág. 26. 

[7] JUSTINO, II Apología,vi.5.

 

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