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Los literalistas 8.
Vamos, un grupo entrañable de hombres de fe deciden, teniendo en cuenta sus propios pensamientos sin contar con los demás, que las ideas mejores para determinar la fe en Cristo es excluir las ideas que, en muchos casos, coinciden de forma radical, de otros, simplemente por el hecho de añadir nuevas versiones o situaciones que engrandecen el mensaje.
Escapar, dejar de lado lo que podría haber sido una iglesia multidisciplinaria, que contara con el visto bueno de todos los pensadores del momento, era la única vía que tenían los recalcitrantes para imponer su poder de tal forma que excluyeran ideas que ellos consideraban pecaminosas, como la prédica de las mujeres, por ejemplo, que fue, poco a poco, eliminada y obviada.
Ehrman[1] ya ha señalado que:
“El partido victorioso reescribió la historia de la controversia para que pareciera que nunca había habido realmente conflicto y que sus propias opiniones habían sido siempre las de la mayoría de los cristianos en todo tiempo y lugar, remontándose a la época de Jesús y sus apóstoles, y que su punto de vista, de hecho, siem- pre había sido «ortodoxo» (es decir, «correcta opinión») y que sus adversarios en el conflicto, y sus escrituras, habían sido siempre pequeñas facciones disidentes dedicadas a engañar a la gente y conducirla a la «herejía» (lo que literalmente significa «elección», un hereje es aquel que voluntariamente elige no creer en lo correcto)”.
Lo que el cristianismo ganó al final de esos primeros conflictos fue un sentimiento de confianza en que era y siempre había sido «correcto». También ganó un credo, que todavía recitan los cristianos de nuestros días, en el cual se afirman las creencias correctas en oposición a las heréticas y equivocadas. En este sentido, también ganó una teología, incluida la idea de que Cristo es completamente divino y completamente humano al mismo tiempo, y una doctrina de la Trinidad, que sostiene que Dios es tres personas -Padre, Hijo y Espíritu Santo- distintas en número pero idénticas en sustancia. Además, ganó una jerarquía de líderes eclesiásticos que dirigirían la Iglesia y garantizarían su fidelidad a las creencias y practicas apropiadas. y ganó un canon de Sagradas Escrituras, el Nuevo Testamento, que incluía veintisiete libros que apoyaban la imagen de la Iglesia de esos líderes y su entendimiento de la doctrina, ética y culto cristianos[2].
[1] B. D. EHRMAN, Cristianos perdidos. Los credos proscritos del Nuevo Testamento, Barcelona 2004, pág. 22.
[2] Ibidem.
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