Los literalistas 10.

Tenemos una idea algo sentimental del autosacrificio, cuya calidad es muy estimada por el vulgo y es la esencia del cristianismo popular. Es el sacrificio del fuerte ante el débil. Esto atenta totalmente contra las leyes de la evolución. Cualquier nación que haga esto sistemáticarnente y en un grado lo suficientemente amplio, simplemente se destruye. El sacrificio es en vano: los débiles no han de salvarse. Téngase en cuenta la acción de Zanoni al caminar sobre el andamio para salvar a la estúpida de su esposa. El gesto era magnífico, era una prueba de su gran valentía y fuerza moral, pero si todos actuásemos según dicho principio la raza se deterioraría y desaparecería[1].

He aquí un conflicto entre la moralidad privada y pública. No deberíamos proteger a los débiles ni a los viciosos de las consecuencias de su inferioridad. Al hacerlo, perpetuamos los elemen- tos de disolución en nuestro cuerpo social. Mejor deberíamos ayudar a la naturaleza sometiendo a cada recién llegado a las más rigurosas pruebas para determinar su capacidad de intervenir en su entorno. La raza humana creció en estatura e inteligencia tanto cuanto la capacidad individual ganó en seguridad, de modo que los más fuertes e inteligentes fueron capaces de reproducirse en las mejores condiciones. Pero cuando la seguridad fue general, mediante el altruismo los más bajos fueron a menudo el linaje de los más fuertes[2].

La vida se convierte en una lotería en la que el hombre, por ser el mejor, no va a conseguir, ni por asomo, en ningún momento, algo importante para él o para su familia, porque lo que importa es que uno se entregue al sistema de equilibrio creado por las fuerzas morales y religiosas, fuerzas que acaban controlando todo, acaban entregando el poder a los débiles sobre los más fuertes y preparados.

            De esta forma, la vida más bella sólo parece asequible en el más allá, sólo puede ser un desprendimiento de todo lo terrenal[3]. El placer era pecaminoso, como lo sigue siendo ahora, como lo seguirá siendo mientras la gente se someta a la constante sumisión cristiana, que le lleva a dejar de desear y de sentir lo que, en verdad, los perfectos hombres podemos y debemos sentir.

            Desde otra perspectiva, los doctores de la Iglesia del siglo III tales como Clemente, Hipólito o Orígenes, se ocupan de forma fundamental de la rendición como victoria contra las potencias demoniacas que tienen cautivas a la humanidad. Se relaciona primeramente con la lucha contra el paganismo considerado como culto tributado a los demónios. Se enraíza luego en la liturgia bautismal considerada como ruptura con Satán, a modo de antítesis del pecado del primer Adán. Finalmente se concecta con ciertos motivos recurrentes del Nuevo Testamento. Así, por ejemplo, Clemente presenta la caída original a modo de una esclavitud por la que Adán, desde los orígenes, cayó bajo el poder del demonio. Inmediatamente después del a caída, el Verbo de Dios empieza a actuar con vistas a liberar al hombre cautivo[4].

            Todo el esquema es perfecto desde el punto de vista de la lógica cristiana. El mal, que es independiente del demiurgo, acecha al hombre porque Adán tomó la fruta del bien y del mal. Esto es una metáfora extraordinaria. El conocimiento del hombre supondría de esta forma su comunión con el maligno, pues ese es el sentido del propio árbol del bien y del mal, la obtención del conocimiento del hombre, la consecución de la capacidad racional del hombre. Con ello el literalismo niega de forma absoluta la posibilidad del hombre de ser racional, dado que la racionalidad ha nacido de un pecado, del primer pecado. Como ustedes comprenderan esto no es sino una barbaridad, un rechazo a la propia naturaleza humana, y una construcción ficticia para impedir que el hombre piense y siga investigando, cultivándose.

             Por eso Clemente[5] se atreve a decir:“El Señor nos rescata por su sangre preciosa, liberándonos de nuestros antiguos amos, los crueles pecados, por los que los espíritus de iniquidad reinaban sobre nosotros. Nos conduce a la libertad del Padre, a participar en su herencia como hijos y amigos”.           

De la misma forma, Hipólito señala, en un pasaje sobre Juan el Bautista:“Ha sido en todo precursor y heraldo de Nuestro Salvador, anunciando a todos los hombres la luz del cielo venida a este mundo. Fue su precursor en el seno de su madre y saltó de alegría al ver al Verbo de Dios concebido en el seno de la Virgen Santa; después de esto, en el Jordán, señala al salvador de Israel y dice: Este es el cordero de Dios. Fue también él quien primero evangelizó a los que están en el Hades, después de muerto por Herodes, precursor también en esto, significando que el Salvador estaba a punto de llegar allí también, para liberar a las almas de los justos del poder de la muerte”.


[1] A. CROWLEY, “Las confesiones de Aleister Crowley”, en El Continente perdido y otros ensayos, Madrid 2001, pág. 121.

[2] A. CROWLEY, “Las confesiones de Aleister Crowley”, en El Continente perdido y otros ensayos, Madrid 2001, pág. 121.

[3] J. HUZINGA, El otoño de la Edad Media, Madrid 2001, pág. 50.

[4] J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 181 – 182.

[5] CLEMENTE DE ALEJANDRÍA, Eclogae, 20.

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