Archivo para Diciembre 2009

Los literalistas 12.

No obstante lo anterior, todavía había valientes, veamos un caso curioso que nos obrece BOIS[1]

            “El 15 de agosto de 1503, un «escolar» (un estudiante), Hémon du Fossé, de 22 años e, nacido en Abbeville, ayuda en una misa en la Saint-Chapelle, en el centro de París. En el momento que el sacerdote eleva la hostia, el joven se la arranca de las manos y la lanza al suelo, antes de huir. Atrapado al pie de las escaleras, es conducido a la Conciergerie. Allí es interrogado por «varios destacados doctores en teología» y después lo conducen ante l’ officialié de París (tribunal eclesiástico). Ante sus jueces, Hémon du Fossé repite que no se arrepiente de su acción y que está edispuesto a renovarla, «que no tenía ni quería tener la fe y la ley de Jesucristo y que había renunciado a ella hacía seis años, aunque había simulado ser un buen cristiano». Detenido durante trece días en la Conciergerie, rechaza «desistir de sus palabras». Entonces es condenado como hereje y entregado a la justicia secular (el Parlamento de París), que decide su pena: de entrada es arrastrado sobre un cañizo, desde la prisión hasta las escaleras de la Sainte-Chapelle; alli, dspués de haberlo instalado en una carreta, le cortan la mano derecha, antes de conducirlo al mercado de los cerdos donde es huemado vivo “sin querer detractarse de ninguna manera”. El relato que nos ha dejado el escribano encargado de las cuentas de la cofradía de Saint-Jacques, ciertamente, no debe tomarse al pie de la letra. Sin duda, no es del cristianismo de lo que el joven Hémon abjura con ocasión de este trágico episodio. Una vez más, el verdadero blanco es la función del sacerdote en su práctica sacramental. Y el gesto, extremo por su alcance simbólico, es revelador de la gravedad de las fracturas provocadas por la imagen cada vez más degradada de una Iglesia duramente afectada por la tormenta del final de la Edad Media e incapaz de reformarse”.

            

¿Nos podemos confiar de un sistema que impide a la gente criticar a los que lo dirigen? Ciertamente, la religión es una interioridad que se exterioriza, es una comunicación con un Ser que no se Conoce pero que se admite su existencia por un impulso interior de eternidad que el hombre ha conservado desde que creó los primeros dioses para explicar los hechos terribles o felices de su vida. A las alturas de la historia, el hecho básico es que la iglesia, durante prácticamente toda su historia, ha sido incapaz de adaptarse a la evolución del hombre, y lo ha sido porque era una iglesia claramente literalista, que utilizó una historia concreta de un momento concreto, una historia que no tenía ninguna fundamentación real, para convertir a la gente en esclavos.

            Rompemos los dogmas, buscamos una verdad común, y nuestro lastre universal, la iglesia que excluyó textos espirituales de los textos elegidos para ser el mensaje del Cristo entendido como una idea conceptualmente espiritual, decide convertir en hombre a Dios y mantener la farsa hasta el punto de acabar con aquellos que dan a entender los problemas que genera dicha actuación. Es más, incluso se llega a acabar con todos aquellos que admitiendo la base fundamental, no están de acuerdo con el ejericico del poder que están realizando los ministros de la iglesia.

            En un Estado democrático, cuando el pueblo no está deacuerdo con la ideología o con la forma de ejercer el gobierno de un partido elegido democráticamente, en las siguientes elecciones no le votan, y toman otra opción política que les permita ir hacia donde la gente quiere llegar. Pero en la iglesia la cosa es más complicada. Allí, aunque muchos cristianos de corazón ven que el ejercicio del ministerio y del poder están acabando con la propia filosofía y la palabra de Cristo, no pueden cambiar a los dirigentes, y son ellos los que deben salirse de la congregación.

            Vamos, lo más normal del mundo. Estamos diciendo que los accionistas de una empresa, aunque sean mayoría, no pueden hacer nada para cambiar al Consejo de Administración o al Presidente. Como todo el mundo puede comprender, ese es el gran problema actual de la iglesia. Por eso cada vez tiene menos practicantes, porque, utilizando términos economicistas, al final, uno invierte su dinero donde quiere, y cuando se le dice que su inversión no producirá ningún rendimiento, y que a partir de ese momento deberá respetar todo lo que digan los directivos, entonces, cualquier accionista vendería sus acciones de inmediato para acudir a una empresa que se gestionase mejor.

             Lo más graves es que, a fecha de hoy, no parece que haya habido un intento de cambio por parte de nadie, y menos aún por parte de la iglesia católica apostólica y romana, que se lleva la palma a la hora de establecer limitaciones y extrañas reglas que sólo se pueden romper cuando ellos lo desean.


[1] G. BOIS, La Gran depresión medieval Sglos XIV y XV, Valencia 2001, pág. 141.

Los literalistas 11.

Si seguimos de esta forma, y como vemos cuando hablamos de la manipulación de textos de contenido religioso, a la Iglesia católica no le duelen prendas de mentir, engañar y falsificar diferentes documentos al objeto de conseguir sus objetivos, concretamente al objeto de conseguir que toda la historia dirija a los hombres a la creencia de la existencia de un Dios encarnado que se transfiguró para convertirse en el salvador de un pecado original que era cargado sobre los hombros de cualquier ser humano recien nacido por el hecho de nacer, con independencia de su propia bondad o maldad.

            Estamos ante la mentira más grande jamás contada, una mentira que se ha ido agrandando según se han ido uniendo personajes a la trama. Al principio se crea el pecado original para someter a la gente, luego los descendientes de los pecaminosos son pecadores no se sabe muy bien el motivo, y luego el pecado sigue campando por el mundo dado que los que representan la liberación califican todo de pecado. Formidable.

            Resulta curioso el discurso propio de la Iglesia desde su nacimiento. Para ella la humanidad pecadora sólo cosecha lo que merece. El hombre es malo, el mundo es malo: éstas son las verdaderas razones de las desdichas. Así se estableció un proceso de culpabilización de los fieles que continuó hasta el fin de las guerras de religión. Las órdenes mendicantes, especialmente los dominicos, fueron los principales protagonistas de esta repesión espiritual centrada en la indispensable penitencia. Constituían un verdadero cuerpo de profesionales de la palabra. Su arma favorita, la predicación. Llamados por los curas, intervenían cada vez más a menudo en las iglesias parroquiales. Tambien solicitados y retribuidos por la autoridad urbana, emprendían giras de predicación extraordinarias, dando libre curso a su elocuencia inflamada. El otro insturmento es la introducción del sacramento de la penitencia. Uno nunca se culpabilizaría bastante para escapar del castigo de un Dios tan implacable. Los manuales de confesión, un género que invade la literatura clerical, apelan a un examen de conciencia siempre más riguroso, preciso en la identificación de los pecados cometidos, en delimitar las circunstancias que los han envuelto, en desbaratar las múltiples trampas del Maligno. Asimismo se generaba una clara dramatización de la muerte. Las famosas “danzas macábras”, pintadas en tantos muros en el momento más duro de la crisis (siempre a iniciativa de los mendicantes), participaban de esa pastoral de terror al mantener bajo la mirada de los fieles la imagen horrorosa de la muerte. El segundo gran tema concierne al pecado, o más bien a los pecados. Estos son analizados, clasificados, jerarquizados: el sistema de los siete pecados capitales ocupa entonces un lugar preferente en las mentalidades colectivas y se convierte en un tema iconográfico. Finalmente, están las sanciones sin las que esta ofensiva perdería su carácter operativo. Con el infierno en el centro, invadido por el fuego, tan insoportable corporal como físicamente. El mismo purgatorio es infernalizado[1].

            Imaginemos a personas sin apenas cultura, que trabajan de sol a sol obteniendo apenas para comer, y presionadas por todas partes, por sus señores que les piden más dinero, por el Rey y sus impuestos, por la iglesia y la cantidad de pecados y de prohibiciones que iba añadiendo a la vida diaria. Lo raro es que no hubiera habido más suicidios en aquella época de horror. Ante tanta presión externa no había resistencia posible, sólo admitir la culpa de manera genérica y aceptar la penitencia y las obligaciones impuestas.



 


[1] G. BOIS, La Gran Depresión Medieval: Siglos XIV-XV, Valencia 2001, pág. 138 – 139.

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