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Los literalistas 11.
Si seguimos de esta forma, y como vemos cuando hablamos de la manipulación de textos de contenido religioso, a la Iglesia católica no le duelen prendas de mentir, engañar y falsificar diferentes documentos al objeto de conseguir sus objetivos, concretamente al objeto de conseguir que toda la historia dirija a los hombres a la creencia de la existencia de un Dios encarnado que se transfiguró para convertirse en el salvador de un pecado original que era cargado sobre los hombros de cualquier ser humano recien nacido por el hecho de nacer, con independencia de su propia bondad o maldad.
Estamos ante la mentira más grande jamás contada, una mentira que se ha ido agrandando según se han ido uniendo personajes a la trama. Al principio se crea el pecado original para someter a la gente, luego los descendientes de los pecaminosos son pecadores no se sabe muy bien el motivo, y luego el pecado sigue campando por el mundo dado que los que representan la liberación califican todo de pecado. Formidable.
Resulta curioso el discurso propio de la Iglesia desde su nacimiento. Para ella la humanidad pecadora sólo cosecha lo que merece. El hombre es malo, el mundo es malo: éstas son las verdaderas razones de las desdichas. Así se estableció un proceso de culpabilización de los fieles que continuó hasta el fin de las guerras de religión. Las órdenes mendicantes, especialmente los dominicos, fueron los principales protagonistas de esta repesión espiritual centrada en la indispensable penitencia. Constituían un verdadero cuerpo de profesionales de la palabra. Su arma favorita, la predicación. Llamados por los curas, intervenían cada vez más a menudo en las iglesias parroquiales. Tambien solicitados y retribuidos por la autoridad urbana, emprendían giras de predicación extraordinarias, dando libre curso a su elocuencia inflamada. El otro insturmento es la introducción del sacramento de la penitencia. Uno nunca se culpabilizaría bastante para escapar del castigo de un Dios tan implacable. Los manuales de confesión, un género que invade la literatura clerical, apelan a un examen de conciencia siempre más riguroso, preciso en la identificación de los pecados cometidos, en delimitar las circunstancias que los han envuelto, en desbaratar las múltiples trampas del Maligno. Asimismo se generaba una clara dramatización de la muerte. Las famosas “danzas macábras”, pintadas en tantos muros en el momento más duro de la crisis (siempre a iniciativa de los mendicantes), participaban de esa pastoral de terror al mantener bajo la mirada de los fieles la imagen horrorosa de la muerte. El segundo gran tema concierne al pecado, o más bien a los pecados. Estos son analizados, clasificados, jerarquizados: el sistema de los siete pecados capitales ocupa entonces un lugar preferente en las mentalidades colectivas y se convierte en un tema iconográfico. Finalmente, están las sanciones sin las que esta ofensiva perdería su carácter operativo. Con el infierno en el centro, invadido por el fuego, tan insoportable corporal como físicamente. El mismo purgatorio es infernalizado[1].
Imaginemos a personas sin apenas cultura, que trabajan de sol a sol obteniendo apenas para comer, y presionadas por todas partes, por sus señores que les piden más dinero, por el Rey y sus impuestos, por la iglesia y la cantidad de pecados y de prohibiciones que iba añadiendo a la vida diaria. Lo raro es que no hubiera habido más suicidios en aquella época de horror. Ante tanta presión externa no había resistencia posible, sólo admitir la culpa de manera genérica y aceptar la penitencia y las obligaciones impuestas.
[1] G. BOIS, La Gran Depresión Medieval: Siglos XIV-XV, Valencia 2001, pág. 138 – 139.
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