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Los literalistas 12.
No obstante lo anterior, todavía había valientes, veamos un caso curioso que nos obrece BOIS[1]:
“El 15 de agosto de 1503, un «escolar» (un estudiante), Hémon du Fossé, de 22 años e, nacido en Abbeville, ayuda en una misa en la Saint-Chapelle, en el centro de París. En el momento que el sacerdote eleva la hostia, el joven se la arranca de las manos y la lanza al suelo, antes de huir. Atrapado al pie de las escaleras, es conducido a la Conciergerie. Allí es interrogado por «varios destacados doctores en teología» y después lo conducen ante l’ officialié de París (tribunal eclesiástico). Ante sus jueces, Hémon du Fossé repite que no se arrepiente de su acción y que está edispuesto a renovarla, «que no tenía ni quería tener la fe y la ley de Jesucristo y que había renunciado a ella hacía seis años, aunque había simulado ser un buen cristiano». Detenido durante trece días en la Conciergerie, rechaza «desistir de sus palabras». Entonces es condenado como hereje y entregado a la justicia secular (el Parlamento de París), que decide su pena: de entrada es arrastrado sobre un cañizo, desde la prisión hasta las escaleras de la Sainte-Chapelle; alli, dspués de haberlo instalado en una carreta, le cortan la mano derecha, antes de conducirlo al mercado de los cerdos donde es huemado vivo “sin querer detractarse de ninguna manera”. El relato que nos ha dejado el escribano encargado de las cuentas de la cofradía de Saint-Jacques, ciertamente, no debe tomarse al pie de la letra. Sin duda, no es del cristianismo de lo que el joven Hémon abjura con ocasión de este trágico episodio. Una vez más, el verdadero blanco es la función del sacerdote en su práctica sacramental. Y el gesto, extremo por su alcance simbólico, es revelador de la gravedad de las fracturas provocadas por la imagen cada vez más degradada de una Iglesia duramente afectada por la tormenta del final de la Edad Media e incapaz de reformarse”.
¿Nos podemos confiar de un sistema que impide a la gente criticar a los que lo dirigen? Ciertamente, la religión es una interioridad que se exterioriza, es una comunicación con un Ser que no se Conoce pero que se admite su existencia por un impulso interior de eternidad que el hombre ha conservado desde que creó los primeros dioses para explicar los hechos terribles o felices de su vida. A las alturas de la historia, el hecho básico es que la iglesia, durante prácticamente toda su historia, ha sido incapaz de adaptarse a la evolución del hombre, y lo ha sido porque era una iglesia claramente literalista, que utilizó una historia concreta de un momento concreto, una historia que no tenía ninguna fundamentación real, para convertir a la gente en esclavos.
Rompemos los dogmas, buscamos una verdad común, y nuestro lastre universal, la iglesia que excluyó textos espirituales de los textos elegidos para ser el mensaje del Cristo entendido como una idea conceptualmente espiritual, decide convertir en hombre a Dios y mantener la farsa hasta el punto de acabar con aquellos que dan a entender los problemas que genera dicha actuación. Es más, incluso se llega a acabar con todos aquellos que admitiendo la base fundamental, no están de acuerdo con el ejericico del poder que están realizando los ministros de la iglesia.
En un Estado democrático, cuando el pueblo no está deacuerdo con la ideología o con la forma de ejercer el gobierno de un partido elegido democráticamente, en las siguientes elecciones no le votan, y toman otra opción política que les permita ir hacia donde la gente quiere llegar. Pero en la iglesia la cosa es más complicada. Allí, aunque muchos cristianos de corazón ven que el ejercicio del ministerio y del poder están acabando con la propia filosofía y la palabra de Cristo, no pueden cambiar a los dirigentes, y son ellos los que deben salirse de la congregación.
Vamos, lo más normal del mundo. Estamos diciendo que los accionistas de una empresa, aunque sean mayoría, no pueden hacer nada para cambiar al Consejo de Administración o al Presidente. Como todo el mundo puede comprender, ese es el gran problema actual de la iglesia. Por eso cada vez tiene menos practicantes, porque, utilizando términos economicistas, al final, uno invierte su dinero donde quiere, y cuando se le dice que su inversión no producirá ningún rendimiento, y que a partir de ese momento deberá respetar todo lo que digan los directivos, entonces, cualquier accionista vendería sus acciones de inmediato para acudir a una empresa que se gestionase mejor.
Lo más graves es que, a fecha de hoy, no parece que haya habido un intento de cambio por parte de nadie, y menos aún por parte de la iglesia católica apostólica y romana, que se lleva la palma a la hora de establecer limitaciones y extrañas reglas que sólo se pueden romper cuando ellos lo desean.
[1] G. BOIS, La Gran depresión medieval Sglos XIV y XV, Valencia 2001, pág. 141.
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