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Los literalistas 7.

En el literalismo, la encarnación se situa en el centro de la visión de la historia de la salvación, cuya culminación representa. La existencia real de un Jesús que es el hijo de Dios y se encarna en hombre para luego sacrificar su vida y resucitar al tercer día, la integración en la historia del hombre de dicho mito, es el centro mismo de la religión cristiana, lo que conlleva que, al final, el hombre debe aceptar cosas que no ve en base a una fe que ni siquiera conoce.

            Cristo aparece como la culminación de todo cuanto le ha precedido y que él resume[1]: “La economía del Señor es cuádruple, y por ello fueron otorgadas cuatro alianzas a la raza humana: una antes del diluvio, bajo Adán; la segunda después del diluvio bajo Noé; la tercera es la Ley bajo Moisés; la cuarta renueva al hombre y recapitula todo en sí misma: es el Evangelio”[2].

            Se construye la idea de que la historia está predeterminada por Dios, que ha establecido un guión del que el hombre parece no poder salir. En ese guión el personaje supuestamente histórico de Jesús es el que culmina la evolución de la creación, llenando los vacíos que había desde el origen de la historia, y creando una nueva doctrina que arrastra a muchos hombres.

            No es, por tanto, valadí, enfrentarse a esta realidad, responder lo que nos han metido con clazador en nuestra mente, desde la infancia. Desde que nacemos la Iglesia nos “enseña” la supuesta realidad que debemos creer, y nos facilitan todo de tal forma que ya no podemos pensar por nosotros mismos, “somos pensados” por otros, por los que controlan nuestra propia vida.

            Justino distingue en la Ley ante todo las prescripciones de la moral natural, que son inmutables, y luego, las prescripciones legales (Dial., xliv,2; lxvii,10). Estas no son nesarias. Justino aduce para probarlo numerosas razones. Incluso valo

la Ley tuvieron excepciones. Así, en cuanto al sábado: “¿Iba a querer Dios que pecaran los sacerdotes que ofrecen los sacrificios en día de sábado?”. Aquí se retoma el argumento de Cristo. Lo que sucede es que Dios, viendo que eran incapaces de soportar una Ley espiritual, les dio una Ley externa[3].

            Se ampara el cambio de Ley en la intransigencia de la anterior, y en la incapacidad de los judíos deentender la Ley espiritual. Lo que se busca es confundir a los pobres lectores que intenten comprender tal argumento, pues el fin último de toda esta historia es introducir dudas respecto de las leyes anteriores, con el fin de poder establecer las propias leyes, más adaptables a los deseos de la jerarquía, que puede mover así a los cristianos a su voluntad sin crear dudas.

             De entre el gran número de escrituras cristianas que exixsten, los literalistas escogieron cuatro evangelios para formar el canon del Nuevo Testamento. Estos evangelios fueron declarados los únicos auténticos y todas las demás escrituras cristianas fueron denunciadas como heréticas[4].


[1] J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 174.

[2] IRENEO, Adversus Haereses, iii,11,8.

[3] J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 198 – 199.

[4] T. FREKE y P. GANDY, Jesús y

la Diosa Perdida, Barcelona 2006, pág. 62

Los literalistas 5.

La rama judío-esenia dio paso al gnóstico cristiano, cuya progenie espiritual fueron los místicos cristianos monásticos que hubo en el seno de la Iglesia, así como los alquimistas, los magos ceremoniales, los cátaros, los rosacruces, los cabalistas y, ya en los tiempos modernos, los teosofistas y otros movimientos relacionados de espiritualidad alternativa. La corriente alternativa nunca dejó de existir, pero sus manifestaciones externas fueron espasmódicas y jamás tuvieron fuerza suficiente para desafiar seriamente las ortodoxias de la corriente principal (autodeclaradas como tales)[1].  

 

Como dice Wheless, cuando los cristianos eran débiles y no tenían poder y estaban sometidos a persecuciones ocasionales como «enemigos de la especia humana», eran clamorosos e insistentes abogados de la libertad de conciencia y de culto para adorar al dios que uno eligiera; las «Apologías» cristianas a los emperadores abundan en elocuentes argumentaciones a favor de la tolerancia religiosa; y ésta les fue garantizada, a ellos ya todos, por el edicto de Milán y otros decretos imperiales. Pero cuando, por el favor de Constantino, entraron en las posiciones de mando del Estado, tomaron de una vez por todas la espada y empezaron a asesinar y robar a todos los que no querían creer lo que los sacerdotes católicos les ordenaban creer[2].

 

En un momento dado, a alguien se le ocurre una idea genial. ¿Por qué no personificamos la idea y creamos al hijo del Creador? Obviamente dicha solución es mucho más sencilla de explicar a los demás, siendo una forma de acercar Dios a los hombres, que, en algunos casos, no se identificaban adecuadamente con la historia que se les quería explicar, por lo que cualquier insturmento de comprensión era bueno.

        Justino, forzado a presentar el acontecimiento de Cristo a la vez ante el mundo pagano y ante el mundo judío, demuestra que no es extraño ni al uno ni al otro, sino que representa el momento decisivo de un designio de Dios que abarca la totalidad de la historia. Nunca ha existido sino una sola verdad que tiene su mente en el Verbo de Dios. Pero esta verdad se despliega conforme a un orden determinado. Nunca fue conocida sino parcialmente por griegos y judios hasta manifestarse plenamente en Cristo. La Iglesia la difunde por todo el mundo, hasta que tenga cumplimiento con la parusía[3].

[1] . S. A. HOELLER, Jung y los evangelios perdidos, Barcelona 2005, pág. 24.

[2] ACHARYA S., La conspiración de Cristo, Madrid 2005, pág. 32. 

[3] J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 157 – 158.

Los literalistas 3.

La nueva Iglesia se transformó rápidamente en una institución con una fuerte estructura jerárquica y burocrática, con aspiraciones mundiales, con una ideología marcadamente conservadora del orden social y con una notoria ambigüedad, en base a la cual construye su poder. Comienza a desarrollarse la teología, que recurre enseguida a una fórmula que le ha dado excelentes resultados: redactar sus escritos de forma enigmática y ambigua, dejando todo sin resolver, lo que permite dar interpretaciones para todos los gustos y para todas las circunstancias. La Iglesia oficial sostiene que Jesús resucitó como un ser humano físico y no como una figura fantasmal irreconocible, lo que contradice a los evangelios donde se dice que ninguno de los discípulos, ni siquiera María Magdalena, le reconoce, porque “tenía otra figura”. Para la Iglesia el dios-hombre había muerto y resucitado una sola vez, por lo tanto sólo se vive una vez, el premio o castigo serán eternos y, al fin de los tiempos, los hombres también resucitarán. Hemos visto que el ansiado Mesías no llegaba, por lo que la ida se transforma en la de un Dios que sufre por los hombres y ofrece su vida para redimirles, aunque lógicamente se le hace resucitar, pues resulta demasiado fuerte que un Dios pueda morir. No se han parado a pensar que un Dios no puede sufrir ni morir, ya que admitirlo es reconocer que hay algo superior a ese Dios que le hace sufrir y morir. Por otra parte, está demostrado que nunca existió una primera pareja, luego tampoco pudo existir un “pecado original”, por consiguiente la misión redentora de Jesús no tuvo razón de ser[1].  

 

Cada vez se hacía sentir más la necesidad de una doctrina que sostuviese la inmortalidad del individuo, no como una sombra sin cuerpo, sino como un espíritu gozoso. Pronto no se buscó la felicidad en los goces de esta vida, ni aun en la virtud terrenal, sino en el logro de una situación mejor, para la cual esta vida era meramente una preparación. Este concepto encontró un apoyo poderoso en la doctrina de Platón, y ésa fue también la dirección que tomó la escuela estoica[2].


[1] F. DE ORBANEJA, Historia impía de las religiones, Madrid 2003, pág. 210.

[2] K. KAUTSKY, El cristianismo. Sus orígenes y fundamentos, Barcelona 2006, pág. 115.

La vía cristiana de los literalistas 2.

Una vez ubicado el mito de Jesús en un contexto histórico, sólo era cuestión de tiempo que un grupo de cristianos empezara a interpretarlo como un testimonio de hechos reales. A mediados del siglo II empezó a emerger en Roma una escuela literalista del cristianismo, con portavoces autócratas como Ireneo[1].

Hemos visto que la época en que se originó el cristianismo era de completa desintegración del Estado y de las formas tradicionales de producción. De acuerdo con esto, las formas tradicionales de pensamiento se hallaban también más o menos moribundas. Había una búsqueda general de nuevos modos de pensamiento, un tanteo a ciegas de nuevas ideas. El individuo sentía que era una unidad en sí, porque todo el fondo social que anteriormente había poseído en su comunidad o en su clan, y el panorama moral que ofrecía, ahora se había disuelto. Por consiguiente, uno de los aspectos más sobresalientes del nuevo modo de pensamiento es el individualismo. Por supuesto, el individualismo no puede nunca envolver un completo aislamiento del individuo, de sus conexiones sociales, eso sería completa- mente imposible. El individuo humano puede existir únicamente en sociedad y por medio de la sociedad. Pero el individualismo puede llegar hasta hacer que pierda su fuerza el lazo social, en el cual ha crecido el individuo, y que, por consiguiente, parece como natural y evidente, colocando así al individuo ante la tarea de abrirse camino sin las anteriores relaciones sociales. El individuo puede alcanzar esto únicamente uniéndose a otros individuos con intereses y necesidades iguales, fonnando nuevas organizaciones sociales. La naturaleza de estas organizaciones se detennina, por supuesto, por las circunstancias existentes y no por el capricho de los individuos interesados. Pero semejantes instituciones no se acercan al individuo en la fonna de una organización tradicional ya hecha, sino que deben ser creadas por él en sociedad con otros de iguales aspiraciones, que pueden ir acompañados de numerosos errores y de las mayores diferencias posibles de opinión, hasta que finalmente surgen, del conflicto de opiniones y experimentos, nuevas organizaciones, las que, como corresponden a nuevas condiciones, duran y ofrecen a las siguientes generaciones una seguridad tan finne como la que ofrecían las organizaciones que las precedieron. En esos períodos de transición puede aparecer que no es la sociedad la que condiciona al individuo, sino que es el individuo el que condiciona a la sociedad; que las fonnas sociales, sus problemas y aspiraciones dependen enteramente de la voluntad del individuo[2].

 

                Es claro que, durante el siglo II y III había, por supuestos, cristianos que creían en un solo Dios. Sin embargo, había otros que insistían en la existencia de dos. Algunos decían que los dioses eran treinta. Otros aseguraban que eran 365. En los siglos II y III había cristianos que creían que Dios había creado el mundo. Pero otros pensaban que este mundo había sido creado por una divinidad subordinada e ignorante. (Si no era así, ¿por qué estaba entonces el mundo lleno de tantas miserias y padecimientos?) Otros cristianos, por su parte, pensaban que la situación era aún peor y que este mundo había sido un error cósmico, creado por una divinidad malévola como prisión para encerrar a los humanos y someterlos al dolor y el sufrimiento. En los siglos II y III había cristianos que creían que las Escrituras judías (el Antiguo Testamento de los cristianos) habían sido inspiradas por el único Dios verdadero. Otros creían que habían sido inspiradas por el Dios de los judíos, que no eran el único Dios verdadero. Otros creían que habían  sido inspiradas por una deidad maligna. Otros no creían que hubieran sido inspiradas en ningún sentido[3].

 


[1] T. FREKE y P. GANDY, Jesús y la Diosa Perdida, Barcelona 2006, pág. 60.

[2] K. KAUTSKY, El cristianismo. Sus orígenes y fundamentos, Barcelona 2006, pág. 110 – 111.

[3] B. D. EHRMAN, Cristianos perdidos. Los credos proscritos del Nuevo Testamento, Barcelona 2004, pág. 18 19. 

Los otros hombres milagro II

El misterio está expuesto, para quien sepa comprenderlo, en las siguientes palabras de Krishna[1]:

 “Muchos nacimientos he dejado yo tras Mí, y muchos dejaste tú, ioh Arjuna! Pero yo los recuerdo todos; pero tú no recuerdas los tuyos, ioh Parantapa!

Aunque soy el nonato e imperecedero Ser. el Señor de todos los seres y cobijo la natttraleza, que es mi dominio, también nazco por virtud de mi propio poder.

Cuando quiera que la rectitud desmaya, ioh. Bharata!, y cobra bríos la iniquidad, entonces renazco.

Para proteger a los buenos, confundir a los malos y restaurar firmemente la justicia. De edad en edad renazco Yo con este intento en cada yuga.

Quien así conozca en su esencia Mi divino nacimiento y Mis acciones divinas, ya no volverá a nacer cuando deje el ctterpo, sino que a Mí se unirá, ¡oh Arjuna![2].

          De modo que todos los avataras son uno y el mis- mo; son los Hijos de su “Padre” en directa descendencia; El Padre, o una de las siete Llamas, llega a ser con el tiempo el Hijo y, en consecuencia, uno con el Padre desde toda la eternidad, ¿Qué es el Padre? ¿Es la absoluta Causa de todo? ¿Es el impenetrable Eterno? No por cierto, Es Karanatma, el “Alma Causal”, llamada por los indos Ishvara, el Señor, y por los cristianos “Dios”, el Único, el Solo, Desde el punto de vista de la unidad es así; pero, entonces, también podríamos considerar como “el Único y el Solo” al elemental más ínfimo, Todo ser humano tiene, además, su propio divino espíritu o dios individual. Esa divina Entidad o Llama, de la cual emana Buddhi, está con el hombre, aunque en plano inferior, en la misma relación que el Dhyalii Buddha con su humano Buddha, De aquí que sea posible conciliar el monoteísmo con el politeísmo ; pues existen en la Naturaleza. Verdaderamente, vinieron al mundo en su respectiva época personalidades que como Gautama, Shankara, Jesús y unos pocos más, tenían por misión”’salvar el bien y destruir el mal”. Así se dijo: “Yo nazco en cada yuga”. Y todos nacieron por el mismo Poder[3].


[1] H. P. BLAVATSKY, La doctrina secreta, Tomo VI, Málaga 2000, pág. 4.

[2] Bhagavad Gita, 9ª edición.

[3] H. P. BLAVATSKY, La doctrina secreta, Tomo VI, Málaga 2000, pág. 4 – 5.

Los otros hombres milagro.

 

            En otro orden de cosas, debemos indicar que en los tiempos de Jesús había numerosos predicadores y líderes taumatúrgicos, según parece[1].

 

            La duplicidad es un elemento necesario para la credulidad y el amor a los milagros. Hasta ahora solamente hemos ofrecido ejemplos en los cuales los informadores relatan milagros concemientes a muertos, pero no faltaban personas que también informasen las mayores maravillas de sí mismas, como Apión de Alejandría, el judío atormentador, “el ‘azuzador del mundo’ (cymbalum mundi}, como el emperador Tiberio lo llamaba, lleno de muchas palabras y de las mayores mentiras, de la más segura omnisciencia e ilimitada fe en sí mismo; conocedor, si no de los hombres, al menos de su falta de valor, un celebrado maestro en el discurso lo mismo que en el arte de desorientar, listo para la acción, ingenioso, descarado e incondicionalmente leal”[2].

 

Un farsante aún mayor era Alejandro de Abonuteicos (nacido alrededor de 105 de n. e. y muerto aproximadamente en 175 de n. e.), que practicaba la magia con los medios más rudos, por ejemplo, matando animales, y que ahuecaba imágenes de los dioses, en las que se ocultaban seres huinanos. Este hombre estableció un oráculo que daba informaciones mediante el pago de unas cuotas, y Luciano estimaba las entradas de este negocio en unos quince mil dólares al año. Logró obtener influencia por medio del cónsul Rutiliano sobre el filosófico emperador Marco Aurelio. Este charlatán murió rico y lleno de honores, ya una estatua que se levantó en su memoria se le atribuyen cuatro profecías después de su muerte. Otra impostura bien manipulada parece haber sido la siguiente: “Dio Casio relata que en 220 un espíritu, que decía ser el de Alejandro el Grande, apareciéndosele exactamente en forma y en caracteres y vistiendo un traje similar, marchaba con una comitiva de cuatrocientas personas vestidas como bacantes, del Danubio al Bósforo, donde desaparecieron; no atreviéndose nadie a detenerlos, sino que por el contrario por dondequiera se le ofrecían habitaciones y alimentos a expensas del público”[3].

 

Pero no solamente los charlatanes y saltimbanquis se dedicaban a la práctica del embuste y el engaño; hasta los más serios pensadores y otras personas sensatas hacían frecuente uso de ellos. La literatura histórica de

la Antigüedad nunca se caracterizó por un método crítico excesivamente severo; no era todavía una ciencia en el estrecho sentido de la palabra, no se usaba en la investigación de las leyes de la evolución de la sociedad, sino con propósitos pedagógicos y políticos. Su objeto era formar al lector o demostrarle la corrección de las tendencias políticas favorecidas por el historiador. Los grandes hechos de sus predecesores deben presentarse para elevar las mentes de las generaciones venideras y para inspirarles hechos similares; esto hacía de la historia un simple eco en prosa de la épica heroica[4].

 

Con la declinación de la sociedad antigua, el trabajo del historiador cambió. La gente cesó de demandar instrucción política, porque la política le era cada vez más indiferente, cada vez más repulsiva. Ni tenían ya necesidad de ejemplos de actos viriles y de devoción al país; lo que querían era diversión, un nuevo estímulo para sus cansados nervios, chismes y sensaciones, milagro[5].

 A los hombres se los impresionaba ahora no con verdaderas pruebas, sino con autoridades; y cualquiera que desease producir una impresión no tenía más que sacar en su apoyo las necesarias autoridades. Si estas autoridades no ofrecían los requeridos pasajes, se hacía necesario alterarlas un poquito o crear una autoridad del tipo deseado. Ya hemos tenido ocasión de notar autoridades de esta clase en los casos de Daniel y de Pitágoras. Jesús era una autoridad de esa clase, también sus apóstoles, Moisés, las sibilas, etcétera.[6].


[1] M. F. URRESTI, La vida secreta de Jesús de Nazaret, Madrid 2005, pág. 119.

 

[2] K. KAUTSKY, El cristianismo. Sus orígenes y fundamentos, Barcelona 2006, pág. 140.

 

[3] Ibidem., pág. 140 – 141.

 

[4] K. KAUTSKY, El cristianismo. Sus orígenes y fundamentos, Barcelona 2006, pág. 141.

 

[5] Ibidem., pág. 142.

 

[6] Ibidem., pág. 143.

 

El primer Cristo XX.

Los saduceos de los manuscritos constituían una parte principal del edificil final cristiano, sin embargo, como también se ha demostrado, había muchas otras religiones y sectas, incluyendo especialmente, los gnósticos, cuyos primeros esfuerzos por crear una nueva religión fueron en realidad no historiadores ni judaizantes, de forma que el cristianismo no nació solamente del judaísmo. Fue, en realidad, creación de la hermandad pagana, con una capa de judaísmo[1].

 

            La cuestión es por qué carnalizar y hacer histórico el mito solar.

 

                Cuando se estaba formulando el mito cristiano, sus defensores, como se dijo antes, fueron ridiculizados y rechazados por la inteligencia pagana, de forma que se vieron obligados a crear texos falsos y largas refutaciones para responder a las diversas impuraciones que se hacían contra ellos. De esre modo, el producro crisriano se fue hisrorizando cada vez más por una diversidad de razones, una de las cuales era debido a las acusaciones de que los conspiradores simplemente habían plagiado miros y leyendas más antiguos. En efecro, converrir en hisrórico a su hombre dios permirió a los crisrianos disringuirlo de es ros personajes mirológicos más antiguos. Por ejemplo, cuando se les enfrentaba al hecho de que diversos dioses, como Krishna, Horus, er ál., renían una hisroria idéntica a la de Jesús, los apologisras crisrianos argumenraban que, aunque «realidades vivientes» diabólicas, es ros «dio- ses» no eran encarnaciones en carne y hueso y podían por eso ser rechazados, mientras que Crisro era hisrórico y, por ramo, se le debía aceprar como quien decía que era:., Un ejemplo de esra usurpación lo proporciona la hisroria del mirraísmo, que era ran imporranre en Roma que en el 307 el emperador designó a Mirra prorecror del Imperio. Sin embargo, el mirraísmo no pudo resistir el asalro del crisrianismo[2].

 

            Como él realmente vino en la carne, seguía el argumento, Jesús era el único válido de estos hombres dioses, mientras que los otros no eran más que fantasmas, plantados en las cabezas de las masas ignorantes, siglos y milenios antes de la supuesta venida de Cristo, con el fin de confundirles e inducirles a rechazarlo. Por supuesto, este argumento es casuístico y ridículo, pero ha funcionado para aquellos que han sido confundidos por la historia bíblica. Debe recordarse que, a lo largo de milenios, Krishna, Buda y otros también han sido considerados personas reales por un gran número de gente[3].

             La encarnación se estableció como doctrina en uno de los más importantes concilios cristianos, evidentemenre celebrado en Alejandría en el año posterior a la muerte del lider gnóstico Marción, en 161, en el que el docetismo, o la no creencia en el Jesús histórico fue condenado como herejía[4].


[1] ACHARYA S., La conspiración de Cristo, Madrid 2005, pág. 501. 

[2] Ibidem., pág. 525 – 526. 

[3] Ibidem., pág. 526. 

[4] ACHARYA S., La conspiración de Cristo, Madrid 2005, pág. 530. 

El Primer Cristo XIX.

La elaboración de una doctrina del Verbo es una tarea esencial de la teologóa patrística desde los apologistas hasta el Concilio de Nicea. Pero la formulación correcta de las relaciones del Padre con el Verbo y el Espírituo Santo era una tarea compleja que no quedaría reematada hasa el siglo IV[1].

 

            Teófilo señala que “Dios, que tenía su Verbo inmanente en su seno, lo engendró con su Sabiduría (= el Espíritu Santo) antes de todas las cosas. Tuvo a este Verbo como ministro de todas sus obras y por él lo hizo todo (ii,10). Y más adelante: «El Verbo de Dios es también su Hijo, no en el sentido en que los poetas dicen que los hijos de dios nacen de uniones carnales, sino conforme a lo que la verdad enseña del Verbo que existe siempre inmanente en el corazón del Padre. Antes de que nada existiera, el Padre lo tenía como consejero, pues es su espíritu y su pensamiento. Pero cuando Dios quiso realizar lo que tenía decidido, engendró este Verbo exteriormente como primogénito de toda criatura, sin quedar él mismo priva- do del Verbo y sin dejar nunca de conversar con el Verbo» (ii,22)[2].

 

            Ahora bien, el Hijo no salió de la nada, como el resto de las criaturas, sino que fue engendrado de la sustancia del Padre. Es llo que dice Justino: “El Verbo de Dios, es engendrado de Dios dem manera propia, de modo distinto que la creación ordinaria”[3].

 

            Y esta es la síntesis de la idea, En una evolución ideológica, colocar al Cristo como Dios provoca que deba emanar del propio Dios, y exige un tratamiento desigual con el resto de las criaturas, a la vez que produce enormes quebraderos de cabeza a todos los pensadores y apologetas del cristianismo, que deben equilibrar su conocimiento con el absoluto problema de determinar lo uno en trino y lo trino en uno.

 

            De esta forma, el Verbo nace porque Dios es incognoscible (Clemente) y es necesario un acercamiento hacia el hombre, creando un intermedio que cierre la teoría sin que nadie quede con el culo al aire.

 

            Pero la creación o concepción del hijo hace que dicho acto sea el primer acto porque el que Dios limita su infinitud (Clemente). Entonces rompemos el sistema para introducir un extraño en el sistema. Nos volvemos locos, nos dejan sin palabras. El Hijo de Dios supone la primera limitación de Dios que, por esencia, es ilimitado. Entonces quíen es ese Dios que acaba limitado, el Creador, y el ilimitado Universo donde queda. ¿El conocimiento también se limita?.

 

            Para Origenes el Hijo es la imagen del Dios invisible. Esta imagen comprende la unidad de la naturaleza y de la sustancia del Padre y del Hijo[4]. Esto, en esencia, puede tener un poco más de sentido, porque el Hijo sería el reflejo de la imagen en la pared de la cueva, única forma de comprender la imagen de un Dios que es invisible para los hombres. Siendo, asimismo, una realidad que se cuela dentro de la irrealidad de las imágenes para que el hombre llegue donde no ha llegado nunca.

 

            Pero se siguen produciendo problemas de interreralación entre el sistema descrito y el pensamiento consciente humano, de aquella época y de la nuestra. Por eso tantas herejías, tantos pensamientos fuera de contexto, porque uno y lo mismo no son lo mismo, al quedar diferenciados por el lugar esencial donde colocan sus efectos directos, dentro y fuera del mundo del hombre.

  

            Lo peor es que, al final, el espíritu de Dios no está en todos, sino que ha descendido sólo sobre algunos, los que viven justamente, a cuyas almas se ha unido y ha anunciado a las demás almas mediante sus predicciones de cosas ocultas[5].

 

            Al final la igualdad desaparece de forma absoluta, porque no interesa a nadie. Se pretende crear una élite específica que determine lo que es Dios, lo que supone creer, y hasta donde se puede llegar, y que también determine quien es más cercano al Señor por formar parte de él al tener alma, cosa que no pertenece a casi nadie.

 

            En el fondo, la doctrina debe ser la contraria, porque la base de una creencia absoluta en una divinidad creadora se basamente específicamente en que todo lo que hay en el universo forma parte de esa creación, por lo que aquellos seres susceptibles de tener alma la tienen, y comparten su centro con el alma del Creador. Si esto no es así, entonces rompemos la baraja, porque creamos élites a base de crear personas con más derechos que otras al controlar el conocimiento.

 

            En este estrado de las ideas, el Espíritu Santo sería el nexo entre el Alma del Creador y el alma de los hombres, espero que de todos los hombres, aunque, entonces, complicamos la trinidad y unidad de forma sospechosa. Necesitamos de forma urgente que una idea sea la idea esencial, la idea de un esquema creacional en la que no se mezclen fuerzas y personajes para explicar lo inexplicado.

 

            La cuestión es que se puede explicar la realidad de Jesún de una forma más mundana, algo que, tal vez, suponga la destrucción total de la mentira creada por

la Iglesia.

 

El encargo de helenización bajo Antíoco fue liderado por el Jesús zadokita «modernista», un «sabio de Jerusalén», y se opuso a ella el Matatías asmoneo/macabeo y sus hijos, uno de los cuales se llamaba Judas. Esta historia sirvió como prototipo para el drama del Evangelio, con un Jesús que intentaba revocar la religión de Judea introduciendo una influencia «extranjera» y que fue detenido por Judas en alianza con los tradicionalistas. En esta historia y en el relato del Evangelio, de hecho, se encuentra la rivalidad continua ente Israel y Judá. Además, después del destronamiento por parte de los macabeos, muchos de los zadokitas restantes de Jerusalén se esparcieron, algunos por Siria, Galilea y Samaria y otros por Egipto, donde el sumo sacerdote zadokita Onias IV, «en directa infracción de la ley bíblica erigió un templo judío en Leontópolis con la bendición del rey Ptolomeo Filómetro (182- 146 a.C.)»[6] un acto que evidentemente escandalizó al sacerdocio palestino y amplió las desavenencias[7].

 

En la historia de la sublevación macabea hay de hecho un Jesús que puede considerarse el «maestro de rectitud» encontrado en los manuscritos zadokitas. Sin embargo, el término «maestro de rectitud» es un título que podría aplicarse a una serie de individuos, pasados, presentes y futuros. «Maestro de rectitud» podría también traducirse como el «maestro de Zadok», o «Zedek» y, viceversa, los «hijos de Zadok» podtían llamarse hijos de la rectitud” [8].

 

Como se señaló antes, los «hijos de Zadok» eran los sumos sacerdotes, los únicos a los que se les permitía ir a la parte norte del templo para ofrecer la quema de ofrendas. La ofrenda de fuego es una maca del culto de Zadok, que, como hemos visto, se reivindica en el documento zadokita. Se ha demostrado que el culto de Molech era el mismo que el de la orden de Melquisedec, cuyo nombre «Rey de Rectitud» también podría escribirse como «rey de Zadok». Como era de esperar, Melquisedec tiene un importante papel en la literatura zadokita. En uno de los manuscritos (II QMelch), se representa a Melquisedec como el «rey salvador que llevará la paz y la salvación a los creyentes y el merecido castigo a los malvados y quien también mediará por el perdón divino para los primeros en el Día del Juicio Final»[9]:

 

“Y Melquisedec vindicará la venganza de los juicios de Dios… los reinos de tus Elohim… y Tu Elohim es Melquisedec….”.

  

En sus escritos, los zadokitas están seguros de la venida de la era mesiánica y el advenimiento de un «niño prodigioso» que sería precoz a la edad de dos o tres años y deslumbraría a los ancianos, lo mismo que se cuenta tradicionalmente de Jesús. Como dice Gaster del tratado que él llama «El Niño Prodigioso»[10]:

 

            Es una predicción (un erudito la ha llamado un horóscopo) del nacimiento de un niño prodigioso, caracterizado como «el elegido de Dios», y de eventos que sobre vendrían después. El niño tendría (como Krishna y Buda) marcas especiales en su cuerpo, y se distinguiría por su sabiduría e inteligencia precoces. Sería capaz de demostrar los secretos de todas las criaturas vivientes, y ninguna treta contra él tendría éxito”[11].

            

La conexión entre los zadokitas y el cristianismo también se hace evidente por una serie de conceptos y términos, tales como el «Espíritu Santo», «Salvación», «hijos de la Luz», y <dos Elegidos», un término usado también por los mandeístas/nazarenos. Hay igualmente una conexión entre el libro de Juan el Bautista de los mandeístas y el Génesis apócrifo encontrado en el Mar Muerto[12].  

 

           Unos pocos años después de la supuesta muerte de Jesús, encontramos comunidades cristianas por todo el Mediterráneo oriental, siendo desconocidos sus fundadores. Pablo posiblemente no podría contar todos los centros cristianos a lo largo del Imperio; muchos existían ya antes de que él llegara allí. ..Una forma de fe cristiana posteriormente declarada herética, el gnosticismo, precedió claramente al establecimiento de creencias e iglesias orto- doxas en áreas completas como el norte de Siria y Egipto. En efecto, la absoluta variedad de expresiones cristianas y su competitividad en el siglo I, como se revela en docu- mentos tanto del Nuevo Testamento como de fuera, es inexplicable si todo procediese de un solo movimiento misionero que empezó de una sola fuente. ..Pablo encuentra rivales en cada esquina que interfieren con su trabajo, cuyas opiniones él intenta combatir. Los «falsos apóstoles» a los que vitupera en 2 Corintios 10 y 11 están «proclamando a otro Jesús», y ciertamente no son del grupo de Pedro. ¿De dónde vienen todos y de dónde proceden sus ideas? La respuesta parece inevitable: el cristianismo nació en mil lugares, en el fértil suelo del judaísmo helenístico. Brotó en muchas comunidades y sectas independientes, expresándose en una gran diversidad de doctrinas[13].


[1] J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 335.[2] Ibidem., pág. 343.

[3] J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 344.

[4] Ibidem., pág. 364.

[5] Ibidem., pág. 377.

[6] G. VERMES, Los manuscritos del Mar Muerto, 1980, pág. 22. 

[7] ACHARYA S., La conspiración de Cristo, Madrid 2005, pág. 488. 

[8] Ibidem. 

[9] ACHARYA S., La conspiración de Cristo, Madrid 2005, pág. 489. 

[10] Ibidem., pág. 494. 

[11] T. GASTER, The

Dead Sea Scriptures, 1976.

 

[12] ACHARYA S., La conspiración de Cristo, Madrid 2005, pág. 495. 

[13] The Jesus Puzzle, Net.Cfr., ACHARYA S., La conspiración de Cristo, Madrid 2005, pág. 500 – 501. 

El primer cristo XVIII

Cuando Pablo[1] nos revela «el secreto» del cristianismo, este no tiene nada que ver con un Jesús histórico. El secreto que desvela es la revelación mística de «Cristo en ti», la conciencia de Dios en todos nosotros. Su Jesús es una figura mítica cuya historia enseña a los iniciados el camino que han de seguir para comprender al Cristo que llevan dentro. Los únicos elementos narrativos del mito de Jesús importantes para Pablo son el bautismo de Cristo, la muerte y la resurrección, que entiende como símbolos de las fases de iniciación. Al identificarse con el bautismo de Jesús, los iniciados se limpian su pasado y empiezan la búsqueda de la gnosis. Al compartir la muerte y la resurrección de Jesús, su «antiguo yo» muere simbólicamente y resucitan “en Cristo”[2].

            En este punto, la resurrección general no es la física del hombre llamado Jesús, enlazando con la variada gama de esperanzas que iría del Reino de la Alianza al Reino escatológico y por fin al Reino apocalíptico del Dios. La resurrección es un concepto a todas luces escatológico-apocaliptico. De hecho, es el momento último y el grandioso final de esa esperanza. Y no tiene nada que ver con nuestra supervivencia, o la de Cristo, sino con la justicia de Dios. La cuestión no es ¿es que yo soy eterno?, sino: ¿es que Dios es justo? El himno que la caracteriza es “Dios vencerá un día”[3].

 

Sólo con posterioridad, cuando la iglesia había crecido lo suficiente, a alguien se le ocurrió personificar al hijo de Dios, resucitando a Jesús de entre los muertos, pues hasta ese mismo instante el tema de la resurrección era un tema generalista, referido al final de los días, cuando todos los existentes hubieran alcanzado su lugar en el mundo nuevo creado por y para mayor gloria de Dios.

            Decir que Dios Resucitó a Jesús de entre los muertos era afirmar que a partir de ese momento había empezado la resurrección general. Sólo si se pretendiera afirmar algo así habría sido correcta la utilización del término resurrección o la expresión resucitar de entre los muertos. Ello es evidente cuando leemos 1 Corintios, XV, que es el comentario que hace Pablo de un texto anterior a él, presumiblemente tradicional[4].

            La cuestión esencial es ¿cómo es posible que se le ocurriera a nadie hacer semejante afirmación? ¿Dónde estaban las pruebas? En vez de una profecía futura, semejante afirmación suponía un desafío presente. ¿Dónde, pues, estaban las pruebas, las evidencias, los indicios de una Eutopía divina en una tierra como de costumbre impía, violenta e injusta? ¿Cómo, por ejemplo, podía sostener Pablo de Tarso semejane pretensión angte un pagano del siglo I y cómo habría podido sostenerla Santiago de Jerusalén ante un fariseo? No es una cuestión de pruebas innegables o de evidencias irrefutables. Se trata simplemente de lo que un Pablo o un Santiago habrían podido decir a unas personas de mente abierta para defender mínimamente su pretensión de que Dios ya había iniciado la vindicación de los mártires y la justificación del mundo[5].

            Pablo afirmaba en 1 Corintios que «si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación. Vana nuestra fe» (XV, 14). Formulado de esa manera, semejante comentario· es válido para el cristianismo, pero también lo es su contrario. Si la fe cristiana es vana, esto es, no ha actuado para transformarse a sí misma y a este mundo en la justicia de Dios, y si la predicación cristiana es vana, esto es, no ha hecho hincapié en que ésa es la vocación de la Iglesia, es que Cristo no resucitó. Por supuesto el cristianismo podía seguir afirmando que Jesús había sido exaltado y había ascendido a los cielos para sentarse a la diestra de Dios. Pero la resurrección, repitiendo una vez más el argumento que sostenemos, presupone el inicio de la transforma ción cósmica, y no sólo prometerla, no sólo esperada., no sólo hablar de ella, y no sólo proclamar una teología sobre ella. La iglesia del Santo Sepulcro puede contemplaIse en su pasado revestido de mármol y en su disputado presente en la Jerusalén actual. Pero la iglesia de

la Bendita Resurrección sólo puede verse en un mundo en plena transformación debido a la colaboraclon de los cristianos con la justicia divina y a la participación de esos mismos cristianos en dicha justicia[6].

             El problema se plantea porque, en contra de la rama gnóstica del cristianismo, que considera que el conocimiento de Dios es patrimonio de unos pocos privilegiados, la rama literalista busca extender el conocimiento mismo a todos los hombres, por lo que la figura de Cristo es esencial, al establecerse[7], de esta forma, que “todo hombre puede llegar al conocimiento del padre y creador de este universo”[8].


[1] Cfr., M. F. URRESTI, La vida secreta de Jesús de Nazaret, Madrid 2005.

[2] T. FREKE y P. GANDY, Jesús y la Diosa Perdida, Barcelona 2006, pág. 34.

[3] J. D. CROSSAN y J. L. REED, Jesús desenterrado, Barcelona 2006, pág. 317.

[4] Ibidem., pág. 319.

[5] Ibidem., pág. 323.

[6] J. D. CROSSAN y J. L. REED, Jesús desenterrado, Barcelona 2006, pág. 331.

[7] Ver J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 114.

[8] ORÍGENES, Contra Celso, vii,43.

El primer Cristo XVII

En la manipulación, se acude, como sucede con Justino, a los profetas del Antiguo Testamento como demostración de que Cristo ha cumplido el designio de Dios y no se ha limitado a ser testigo de una verdad intemporal. No obstante, esto es un supuesto excepcional. Taciano tiene un punto de vista opuesto[1].

 

El contenido de esta tipología es el mismo que en Justino e Ireneo. El Antiguo Testamento es a la vez profecía y figura[2]: «Los patriarcas no sólo profetizaron por la palabra lo que había de suceder, sino que además realizaron en acción lo que se ha cumplido en Cristo. Estas cosas estaban preparadas por adelantado, pero al final de los tiempos, Cristo vino al mundo como quien cumple la Ley y los profetas, él que es verdaderamente el redentor de todos… ¿Cómo no entender que espiritualmente estas cosas han sido prefiguradas por el bienaventurado David y luego cumplidas por el redentor?»[3].

 

En ese camino, por ejemplo, Melitón de Sardes, en su Homilía sobre la Pasión, busca concomitancias entre el Antiguo y el Nuevo Testamento con fines precisos. Así pretende y subraya el nexo histórico existente entre la Pascua antigua y la Pascua nieva. Melitón vuelve sobre esta idea más adelante, considerando que la primera Pascua tuvo lugar como figura, y la segunda como realidad (2,1-2)[4].

 

Con todo esto nos dirigimos, de una forma loca y sin sentido, a construir una relación real entre una figura ficticia y otra figura más ficticia todavía, porque la creación de Jesús, dentro de los innumerables Jesús que había en la época, era una metáfora de la llegada de una nueva realidad, que, por supuesto, no debía ser tomada al pie de la letra. Pues, si nos ponemos en ese plan, igual consideración debió tener Apolonio de Tiana, cuyos hechos, mejor documentados, parecen asemejarse a los efectuados por el Cristo del Nuevo Testamento, lo que podría hacer que parecieran hermanos. 

 

El problema que se genera es grande, sobre todo si se tiene en cuenta el tenor de las palabras de los propios evangelistas. En las cartas de Pablo se dice “Si Jesús hubiera estado en la Tierra, no habría sido sacerdote”[5], pero la construcción debería haber sido “Cuando Jesús estaba en la Tierra, no  era sacerdote”[6]. 

 

Claramente estamos contemplando una brecha en la historia propia de la existencia real de Jesucristo, y vemos como lo que antes era una figura histórica, ahora se transforma en una figura alegórica, una figura que debe conducir, en su caso, a los hombres, pero que no es, en realidad, existente y esencial.


[1] J. DANIÉLOU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglos I y III, Madrid 2002, pág. 32 – 33.[2] J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 254 – 255.

[3] David et Goliat 3. 

[4] J. DANIÉLOU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglos I y III, Madrid 2002, pág. 227.

[5] Hebreos 8.4.

[6] T. FREKE y P. GANDY, Jesús y la Diosa Perdida, Barcelona 2006, pág. 34.